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Era hermosa la doncella.
Edad muy poca tendría
y en su corazón latía
el fuego de una ilusión.
Él era un mozo valiente,
alto y fuerte como un roble;
su corazón era noble
y repleto de valor.
Ella se llamaba Aurora,
pues la misma parecía.
Él se llamaba García
y era un mísero gañán.
Ella sus padres tenía,
acomodados burgueses
que vivían de las mieses
que producía el lugar.
Él su cariño buscaba
con la mente tras un velo,
torturándole los celos,
con otros, al verla hablar.
Ella su amor conocía
e indiferente no era,
mas tras la pasión primera
notaba desigualdad.
Como muchacho, García
valía como el que más,
pero no es lo principal
el valor y la nobleza,
pues este mundo malvado
y podrido de ambición
no admite más ley ni Dios
que el poder y la riqueza.
Y así, Aurora, desdeñaba
su cariño bueno y puro
y levantábase un muro
más espeso por momentos:
El mozo la perseguía,
para volver desdeñado
y maldiciendo a su Hado
con atroces juramentos.
Ella prendada quedose
de otro muchacho vecino
que a la aldea poco ha vino
de bulliciosa ciudad.
Su nombre era Javier
y libertina su vida,
pero el cariño se olvida
de pensar con claridad.
Aurora, de esta manera,
sin conocer a Javier,
a solas mucho con él
todos los días estaba.
Iban al campo de día
a pasear por el valle;
en las noches, por las calles,
muy juntos ambos erraban.
Al principio no accedió
a sus deseos eróticos
que como planes diabólicos
brotaban del libertino.
Pero más tarde, la fuerza
que ejercía le hizo mella,
dejando de ser doncella
junto al borde del camino.
Al principio muy dichosa
la muy infeliz se encontraba
cuando el placer la asaltaba
en medio de la maleza.
Y juguetona reía
al contemplar a Javier,
ansioso de la mujer,
gozando de su belleza.
Así pasaron los días
en alegre ofensa al cielo,
revolcando por el suelo
a la familia de Aurora.
Mas un día, Dios Bendito
castigó a los dos amantes.
Javier, que viene anhelante,
contempla a su amor que llora.
- ¿Qué te pasa, por qué lloras?.
Ella baja la cabeza.
- Pero dime con franqueza,
¿por qué sollozando estás?
La muchacha le contesta
con voz débil, temblorosa:
- Ha sucedido una cosa
que me viene a avergonzar.
-¿Y qué es ello? ¡Dime presto,
pues como alguno te ofenda
voy a devolverte en prenda
la sangre de ese taimado!
- Nadie ha sido sino yo.
- ¿Pero qué ocurre, mujer?
- Que el hijo que engendraré,
hijo será del pecado.
El joven quédase frío,
sin saber qué contestar.
Ella le miró a la faz,
viendo en ella turbación.
- ¿Qué vamos a hacer, Javier?
Aún mis padres no lo saben,
pero, al saberlo, que lave
querrán con sangre mi honor.
¡Si pudiésemos casarnos!
En este momento. ¡Ahora!
- Eso es imposible, Aurora,
porque yo ya estoy casado.
La muchacha exhala un grito,
le golpea la sorpresa
y en sus gemidos no cesa
al ver el amor truncado.
El malvado se levanta
y con el alma muy dura
se burla: - De esta aventura
no sacas más consecuencias
y, además, me sedujiste:
Tan sólo tú eres culpable.
El disgusto de tus padres
sopórtalo con paciencia.
Y abandonada la deja
en el borde del camino,
sollozando su destino
de despreciada del mundo,
pensativa en qué engañosa
es la conducta del hombre,
despertándose a su nombre
un sentimiento iracundo.
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Y así pasaron dos días,
dos días de largas horas
en los cuales siempre llora
su desdicha la infeliz.
Ya no sabía qué hacer,
pues tenía solución
mas contraria al corazón:
Tan solamente morir.
Una tarde que, llorosa,
contemplaba el manantial
que corre por el lugar
sintió que a su lado estaba
un muchacho conocido
y que antaño pretendía
su cariño. Era García
quien así la interpelaba.
- ¿Por qué lloras, damisela?
- Con burla dijo el gañán.-
¿Ya no ves a tu galán
que hacia su casa partió,
sin despedir de ti?
Por eso lloras, seguro.
- ¡Era un malvado perjuro!-.
Dijo Aurora con pasión.
- ¿Pues qué te juró, mujer?
Que me daría su amor.
Y me deja en deshonor
y con vergüenza el impuro.
- ¡En deshonor? Dime. ¿Cómo?
Que si es verdad lo que dices
le lleno de cicatrices.
¡Por mi cariño lo juro!
- Prometiéndome cariño,
hablando de matrimonio
y tentándome el Demonio
accedí a sus peticiones.
Y quiso la mala suerte,
o quizás la Providencia,
que a un hijo dé la existencia
en medio de maldiciones.
- ¡Dios mío! ¿Qué es lo que dices?
¿Que a ese loco calavera
que corre tras la primera
que encuentra, te has entregado?
- Sí, García, estaba loca,
no comprendo como pude...
- ¿Y qué fue de tus virtudes?
- Se trocaron en pecados.
-¡Desgraciada! ¿Quién lo sabe?
- De este mundo, sólo tres:
A quien hablo, yo y Javier.
Y del otro, el confesor.
Si mis padres lo supieran
yo no sé qué pasaría
mas supongo que sería
terrible para los dos.
- Hay un medio de lavar
esta ofensa a tu vergüenza
Es necesario que venza
a ese malvado en un duelo.
- Y después, ¿qué de mi hijo
sería más adelante?
- ¡Por ahora he de vengarte!
- La venganza no es consuelo.
- Pero ayuda a consolar,
aunque imagino que no,
pues se calma la pasión
recrudeciéndola más.
- ¿Y por qué tu sangre arriesgas?
- Mi vida nada me importa.
Además, la vida es corta
y la muerte ha de llegar.
Y para morir en cama,
conociendo que me muero,
la muerte pronta prefiero
combatiendo con furor.
Así defenderme puedo
y, desde luego, Javier,
como pueda, ha de morder
el polvo, si quiere Dios.
-Ten cuidado, te lo ruego.
- Lo tendré. No temas nada.
En la punta de mi espada
llevo prendido tu honor.
- Él es persona importante...
- No me importa que sea noble.
¡A golpes de mi mandoble
te habrá de pedir perdón!
Pero, dímelo, ¿le quieres
a pesar de su maldad?
-¿Cómo no le habré de amar
cuando mi amor le entregué?
- Si quieres... le traigo vivo.
- ¿Para a su lado vivir
desgraciada e infeliz?
Mejor será fenecer.
- ¿Tú morir? ¿Por qué razón?
- De desprecio y de desdicha.
- En este mundo la dicha
y la pena son fingidas,
pues un día sonreímos
cuando la vida observamos
y al otro día lloramos
también de observar la vida.
Y yo lucharé con brío
si me esperas amorosa.
Y mi sangre, generosa,
si es necesario daré.
Pero si pienso que has muerto,
columna de mi existencia
y de mi vida la esencia,
¿con qué ilusión lucharé?
Aurora, ¿me esperarás?
- Yo esperaré, mas la muerte...
- ¡Por Dios, Aurora, sostente!
Tú muerta nunca has de estar.
- Lucha con brío, García,
por conseguir mi cariño,
pero piensa que este niño
hijo de Javier será...
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