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LITERATURA/Obituario
Paul R. Ehlrich no le atinó a nada... pero, vaaamos, era un progre Hace 58 años publicó un libro que logró altísimas ventas e influyó en varios gobiernos para que intentaran reducir la natalidad. Todos sus vaticinios catastrofistas fracasaron pero nunca se disculpó y siguió siendo catedrático por muchos años. Fue un charlatán que dejó este mundo impune. Ojalá en otra dimensión rinda cuentas y, sobre todo, diga la verdad
ABRIL, 2026. Toda muerte de un
ser humano, se nos dice, es lamentable, siempre y cuando esa persona
no haya causado un enorme daño a la sociedad. Pero aparte de esos
alucinados que hoy ensalzan a Hitler o a
Stalin, podemos dilucidar
que el reciente fallecimiento de Carl R. Ehlrich, investigador y por
muchos años maestro emérito en la Universidad de Stanford, es
lamentable, pero lo que hizo, o más bien lo que desinformó,
difícilmente nos hará recordarlo con admiración. Que el talante de la tontería de libro que lo hizo millonario haya tenido tanto éxito sin duda encierra su mérito: incluso hoy, a casi 60 años que ese libraco se publicó por primera vez, hay quienes siguen recomendándolo o, al menos, consideran a su autor una especie de "pionero" en el activismo que sonaba la voz de alarma de hacia dónde nos llevaría el progreso de la humanidad. Porque esa fue la tesis central de Paul R. Ulrich, el autor en cuestión: la humanidad es un estorbo y hay que borrarla de la faz del planeta, no importa cómo. La reciente muerte de Paul R. Ehrlich ha sido motivo de diversos obituarios: en la mayoría se destaca su labor como "investigador" y "respetado profesor para varias generaciones" en la Universidad de Stanford, junto con otras loas y elogios. Curiosamente, ninguno de esos obituarios mencionó al vez en que Ehrlich perdió una apuesta que tuvo que pagar ante Julian Simon, quien lo exhibió como un farsante. Con todo, el obituario que más nos llamó al atención fue el de The New York Times, el cual refirió: "Su libro de 1968, un éxito en ventas, lo convirtió en líder del movimiento ambientalista. Sin embargo, fue objeto de críticas cuando sus predicciones resultaron prematuras". ¿Prematuras? ¿Por qué no emplear la palabra más correcta, en este caso, que sería fallidas? Porque prematuro infiere que algo aún no sucede o bien ocurrió antes de tiempo. En otras palabras, lo que busca ese pasquín que mucha gente toma en serio es hacernos creer que Ehlrich NO se equivocó; sus predicciones no ocurrieron en el momento que él lo dijo, pero ello no indica necesariamente que en el futuro no se vayan a cumplir. No, señores de The New York Times: Paul E. Ehlrich se equivocó, y no una vez sino en prácticamente todos sus vaticinios. Ninguno de ellos se ha cumplido, empezando por el que lo hizo célebre, el de la explosión demográfica, tesis que presentó en su libraco, originalmente llamado The Population Bomb. En su mamotreto, Ehlrich exhumó las viejas y desacreditadas teorías de Thomas Malthus, aquél clérigo inglés quien predijo que Gran Bretaña llegaría a tener 750 millones de habitantes y que habría espantosas hambrunas ante la incapacidad de alimentar a tanta gente. (Y entonces, como con Ehlrich, Malthus pasó por alto que la gente también muere, proceso que puede acelerarse con las epidemias, las guerras y los desastres naturales). Y como cerecita en sus fracasados vaticinios, Ehlrich advirtió que el promedio de vida en la humanidad bajaría a los 60 años en el futuro, pero él murió a los 93 años, una edad no precisamente prematura. Ehlrich predijo en su libraco un boom demográfico tan horrible, tan considerable que no solo afectaría a los países pobres sino también a los ricos; habría tanta gente en los Estados Unidos que la capacidad para producir alimentos quedaría sobrepasada, se registrarían masivas migraciones y categóricamente dijo que hacia 1980 Gran Bretaña ya no existiría como nación. Por lo que toca a los países pobres, Ehlrich propuso aplicar la esterilización donde se registraran altos índices demográficos. Ehlrich jamás escondió su desdén, odio incluso, hacia la humanidad: "Somos los intrusos en este planeta (...) sin nosotros, este mundos sería perfecto". Quizá sí, quizá no: las ratas y las cucarachas son igualmente indeseables pero si un día desaparecieran de la tierra, se rompería el equilibrio en la cadena alimentaria y las consecuencias serían impredecibles. Hay peores especies que la humana en este mundo, pero su presencia es igualmente necesaria. Paul R. Ehlrich fue un farsante, un mentiroso que ganó mucho dinero vendiendo paranoia. Cuando quedaba claro que no se cumpliría su predicción acerca de la hecatombe, originalmente propuesta para 1978, con toda la desvergüenza el autor cambió la fecha para 1988, y al no ocurrir tampoco la temida tragedia sobrepoblacional, Ehlrich simplemente borró ese renglón en las ediciones posteriores. Pese a sus fallidos vaticinios, Ehlrich mantuvo su puesto como profesor en Stanford, se le siguió invitando a conferencias en Estados Unidos, Canadá y Europa (también visitó México un par de ocasiones donde se le recibió como héroe). Fue "consultor" en varios guiones de cine y televisión, entre ellos la película Soylent Green (Cuando el Destino Nos Alcance, aquella cinta estelarizada por Charlton Heston y donde la única manera de calmar el hambre era consumiendo unas galletitas hechas con cadáveres humanos. Ehlrich achacaba las hambrunas en África al "colonialismo", pero cuando esos países se independizaron y la hambruna se agravó, Ehlrich responsabilizó a "las políticas de libre mercado". ¿Pero cómo, en qué momento de la historia esos flamantes países entraron en una dinámica realmente capitalista que los sumió en la pobreza? Tras la independencia, Kenia fue el único país en realizar tímidas reformas de mercado; los demás se hundieron en el fango socialistiode. Y es ahí donde radica el porqué Paul R. Ehlrich se salió con la suya en el rol de farsante: era un progre. Cuando falleció Milton Friedman, uno de los economistas más grandes del siglo XX, esos medios lo criticaron porque sus teorías "habían sido aplicadas durante la dictadura en Chile de Augusto Pinochet". Jamás recordaron a sus lectores cómo Friedman luchó hasta lo indecible para que Augusto Pinochet, receloso de la liberad económica, finalmente aceptara echarlas a andar, y cómo Friedman batalló igualmente para que el autócrata se abstuviera de meter sus narizotas en el proceso. Y, por supuesto, esos obituarios también se abstuvieron de mencionar que esas estrategias fueron exitosas y sacaron del pozo a la economía chilena, sumida en el desastre heredado del allendismo. Una de las predicciones más vergonzosas de Ehlrich se dio en 1985 cuando dijo a la revista TIME: "Para finales de esta década yo únicamente veo dos potencias en el mundo, Japón y la Unión Soviética". Su predicción fue tan errada que un lustro después desapareció la URSS y hoy queda claro que Japón aún está lejísimos de convertirse en una superpotencia mundial de primer orden. Descanse en paz Paul R. Ehlrich. Esperemos que donde ahora se encuentre, ahora sí, aprenda a decir la verdad de las cosas.
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