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CINE

Gran Clint Eastwood
El otrora Harry el Sucio logra uno de sus mejores filmes, que ya es decir, y refleja una realidad norteamericana despojada de máscaras políticamente correctas, es decir, la que Hollywood, que lo relegó de los Óscares, se obstina en desdeñar. Una magnífica obra a la altura de
Unforgiven
Gran Torino
Clint Eastwood, Bee Vang, Ahney Her
Dirigida por Clint Eastwood
Paramount/2008
FEBRERO, 2008. Hace algunos años leí un artículo donde se comentaba la paradoja de cómo Francia tiene entre sus actores favoritos a Clint Eastwood --ya es incluso ciudadano distinguido-- quien en sus películas ha representado todo aquello que los galos juran detestar de Norteamérica,
como la "actitud fascista" de Harry el Sucio. Y es que Eastwood es de esos actores que la
élite liberal hollywoodense ha tenido que aprender a respetar, y quien gracias a su talento puede darse más libertad en sus guiones, lo que lo ha hecho perennemente taquillero, por cierto.
Con Gran Torino, su más reciente película, el ex detective Callahan ha vuelto a dar la campanada entre los espectadores norteamericanos. La Academia de los Óscares prefirió voltear hacia otro lado y escogió, de nuevo, películas inanes que nada le dicen a quienes van al cine a entretenerse o a buscar temas con que
identificarse. Eastwood lo sabe: la cinta aborda temas sobre la inmigración que ha cambiado el rostro étnico de Estados Unidos, la multiculturalización como un experimento fallido y la necesidad de asimilar el pasado con el presente de ese país si es que se quiere mantener el estatus de potencia mundial.
Eastwood caracteriza a Kowalski --apellido que lo identifica a sí mismo como hijo de inmigrantes--
un veterano de la guerra de Corea quien deja de verle sentido a la vida cuando muere su esposa, a lo que se agrega su jubilación de la planta Ford. En todo momento en director enfatiza cómo Kowalski vive en un mundo que
ya no es el suyo y por el que luchó en el frente: el barrio donde vive, en su mayoría de gente blanca hasta los setenta, hoy tiene vecinos procedentes de China, Laos, Corea y Filipinas. No es alguien que se lleve bien con los de su misma calle: los insulta con epítetos impolíticamente correctos donde no los baja de ratas.
Su único motivo de orgullo, y que le sirve como escape, es un Ford Torino 1972 que aprecia más que sus hijos mientras las noches las dedica a tomar cerveza sentado en su porche, donde la bandera norteamericana ondea a pleno. Lo que termina por colmarlo es el momento en que Thao (Bee Vang) intenta robarle su atesorado Torino; los personajes de Eastwood han matado por mucho menos que eso. Pero Kowalski no es un justiciero ni mucho menos un vigilante; es un hombre que ve en ese incidente la oportunidad de abordar el mundo, ya en el ocaso de su vida, desde otra perspectiva para sus hasta entonces desconocidos vecinos.
Durante varias décadas los Estados Unidos lograron asimilar a los recién llegados, quienes lo primero que hacían era dar a sus
nombres un sentido inglés. Cuando las políticas multiculturalistas comenzaron a imponerse, y que exigían respetar las creencias y costumbres de los recién llegados --algo que, genialmente, John Podoretz ha definido como "un ghetto mental"-- empezaron a agudizarse los prejuicios raciales; en vez que personas de diferentes orígenes étnicos trabajaran en un mismo objetivo, la tendencia es que cada quien mire únicamente hacia los suyos y a los demás los juzgue con desprecio. Eastwood no lo
expresa abiertamente, pero sin duda pone la idea en la trama, esto es, que esa multiculturalización y lo políticamente correcto han dado como resultado el aislamiento de los que llegan y los que ya estaban ahí.
En otras cintas de Eastwood se recalca al personaje solitario; en Gran Torino Kowalski busca la unidad comunitaria. Detrás de los insultos hay un hombre decente que no había querido jugar con las nuevas reglas. No sólo ayuda a Theo a regenerarse y a ser alguien útil a la sociedad sino que el protagonista descubre que su edad está muy lejos de convertirlo en una reliquia o, mucho peor, un inútil. Pero tampoco es ésta una historia de superación personal tipo el Profesor Escalante: es totalmente humana y bastante factible, lo que explicaría su alta taquilla y el desdén de Hollywood por nominarla a los Óscares pese a su alta calidad y el nivel de autoexigencia de su director.
Gran Torino, en síntesis, refrenda a Clint Eastwood como una de las piezas más valiosas del cine norteamericano. Sería (ahora sí que y en referencia a uno de sus clásicos) imperdonable dejar de ver
Gran Torino. Este no es un caso curioso, sino excepcional, el de un gran actor y excelente director que sigue haciendo su día.
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