| fasenlínea.com |
Versión impresión
El cementerio, camposanto,
mauseoleo... una reflexión
Aunque ahí yacen los responsables quienes, para bien, mal o peor, diseñaron el mundo en que vivimos hoy, los cementerios son también archivos históricos, muy a su modo, de la historia de nuestras comunidades. Un par de lápidas nos sirvieron para resucitar el historial de personas que vivieron en el anonimato total. Memoria y olvido al mismo tiempo
JULIO, 2026. Si bien difícilmente llegaré a
visitar un panteón por la noche, desde mi niñez me han fascinado
esos sitios donde reposan para siempre --bueno, la mayoría de las
veces-- aquellos que vivieron mucho tiempo antes que nosotros en
este planeta. El cementerio, hay que reconocerlo, es una tenebrosa,
aun macabra, máquina del tiempo; recorrer las lápidas y fechas
generalmente refieren tiempos lejanos pero que alguna vez fueron
importantes.
Quizá el año 1954 no nos diga nada a nosotros, pero hubo un momento
en que fueron los 12 meses más importante para millones de seres
humanos de los cuales hoy, 72 años después y a menos que entonces
hayan sido niños, sobreviven muy pocos.
Tres metros bajo tierra yacen los restos y las cenizas de personas
que tuvieron vidas ordinarias, grises y monótonas, así como las de
seres humanos que acumularon inconmensurable poder y fueron temidos
en vida. Como refirió Alonso Salazar en su libro La Parábola de Pablo,
una biografía del célebre capo, sus restos conviven hoy a unos
metros de otros narcotraficantes con los cuales convivió, detestó y
hasta ordenó matar, pero ahora todos se encuentran, por decirlo de
algún modo, en igualdad de circunstancias.
Con todo, las lápidas de gente ordinaria son la que menos suelen llamar la atención, seres anónimos que aportaron algo a la sociedad aunque de ello poco o nada se recuerde hoy; gente cuyo nombre vemos en la lápida sirvió para identificar a alguien, nombre con el cual alguien respondió en un salón de clase, en una convocatoria, en un enlace civil o que se portaba en un documento oficial, una licencia de manejo o un título universitario.
Todas esas lápidas guardan los restos de personas que amaron, que gozaron a plenitud su sexualidad, que riñeron, que fueron admirados o envidiados, con vidas cortadas tempranamente o que llegaron al máximo que lo permite lo especie humana; gente que trabajó en oficios que quizá hoy también ya desaparecieron, que utilizó aparatos igualmente descontinuados, y que vivió en un México paradójicamente distinto pero más que similar al actual.
Entre las lápidas que llamaron mí atención fueron las de un tal Ceferino Dávila, a quien se agregó al nombre las letras MN. Ceferino, indica la lápida, falleció el 27 de octubre de 1963 a los 33 años, es decir, nació en 1930. Tras indagar un rato, descubrí que las siglas MN significan "Maestro Normalista", título que supongo hace 63 años otorgaba enorme prestigio pero que dudo que un maestro normalista de hoy piense incluirlo en su lápida.
Dado que yo también soy profesor, aunque no normalista, sentí una extraña conexión con Ceferino Dávila, quien supongo permaneció dentro de los parámetros de la "educación socialista" de Lázaro Cárdenas, y probablemente de ello haya adquirido cierto gusto al aula de clases hasta el punto de dedicarse a la labor docente. Al momento de morir, Ceferino era muy joven, en plenas facultades. ¿Qué lo mato, acaso una enfermedad que apareció de súbito o tuvo un accidente? Rara vez un fallecimiento a los 33 años suele ser tranquilo y pacífico.
Ceferino murió en un mundo radicalmente distinto al nuestro: el asesinato de John F. Kennedy estaba a unas semanas se ocurrir, la carrera espacial Estados Unidos-URSS estaba en su apogeo y en México, en el sexenio de Adolfo López Mateos, el país se encontraba en situación inmejorable, un año en el cual la inflación no llegó ni al uno por ciento. Quizá Ceferino escuchó en los últimos días de su vida a los tríos, las canciones románticas de gente como César Costa y Angélica María, y tal vez jamás supo quiénes eran los Beatles.
Un maestro normalista de 1962 tenía una tendencia
política claramente inclinada a la izquierda. Quizá nuestro maestro
normalista era admirador de la revolución cubana, y quizá sus
abuelos hayan participado en la revolución mexicana. El nombre
ceferino, por cierto, indica una estirpe claramente española, por lo
que quizá nuestro catedrático era de piel morena clara.
Ya en este punto, y con su cuarteada lápida enfrente nuestro,
podemos configurar la imagen de Ceferino: alguien de mediana
estatura, pelo corto engominado, cabello rizado, anteojos,
pantalones formales, corbata y quizá un chaleco, y tal vez un bigote
cuidadosamente recortado, estilo "colita de alacrán". Jamás sabremos
si tenía esposa o hijos ya que su nombre es el único que aparece en
la lápida.
Emigramos a otra lápida, la de Mireya Santoscoy Ayoub. Se segundo
apellido explica su nombre de pila, de extracción árabe... así como
un hermoso nombre de pila, por lo demás. La lápida indica que Mireya
falleció el 21 de mayo de 1970 a los 20 años. Sin embargo, esta vez
escribimos el nombre y luego ingresamos a la hemeroteca electrónica
del periódico local. Consultamos la fecha y al siguiente día aparece
la esquela de Mireya Santoscoy A. mientras en la página de "nota
roja", vemos que la chica falleció en un accidente automovilístico
la tarde noche de ese 21 de mayo.
Aparentemente Mireya se dirigía a una fiesta cuando el auto fue
embestido por un autobús urbano; en el auto viajaban su novio y su
otro acompañante, quienes resultaron ilesos, agrega la nota. En una
esquela adicional del amarilloso periódico vemos la imagen de Mireya
pagada por amigos y conocidos que le dieron el adiós definitivo, con
fotografía de la chica. Mireya era un chica de transición
sesenta-setenta: delgada, de cabello lacioy mirada pícara, aunque
sus facciones denotan sus raíces étnicas en Medio Oriente. Muy guapa
la muchacha, y por lo visto muy popular en su escuela.
Supongo que en ese día de 1970, la noticia causó un
shock local en la comunidad dadas las variadas esquelas. La
muchacha nunca se casó pero su novio, poco después de asistir a su
sepelio y resignarse a su pérdida, sin duda buscó otra chica para
casarse con ella.
Mireya tenía 13 años cuando murió Ceferino, de modo que es poco
factible que se hayan encontrado en una ciudad relativamente
pequeña, ya no digamos en un salón de clase. Sin embargo, es
igualmente posible que Mireya haya tenido un profesor como Ceferino.
Igualmente nos da la idea de que Mireya fue una joven aplicada
aunque fiestera, quizá admiradora de los Beatles, o de los cantantes
mexicanos que ya pululaban en los 70. La imaginamos. La imaginamos
con un vestido de una pieza, con colores vibrantes, a punto de
entrar a una nueva década que, lamentablemente, ya no le tocó vivir,
y con una visión del futuro, igual o más pesimista de la que tenemos
hoy en México, en ese entonces por Tlatelolco y en nuestros días por
la amenaza del crimen organizado.
Toda esa gente que hoy yace en los cementerios, panteones, camposantos, mausoleos o nichés, en algún momento tuvo aspiraciones, sueños, desencantos, alegrías, corajes, relaciones íntimas y buena parte esas gente padeció enfermedades cuando sus vidas se acercaban al final. Pero sobre todo, quienes estamos aquí mantenemos de ellos no solo sus genes y sus creencias, así como muchos agradecimientos, aunque también muchos reproches. Se han ido pero lo que dejaron permanece aquí, y continuará aquí en los genes de nuestros hijos.
Las tumbas tanto de Ceferino como de Mireya, fallecidos uno del otro en menos de una década y con visiones distintas de la vida, lápidas denotan abandono, hasta cierto punto lógico si asumimos que sus padres --quien tuviera más de 40 años en 1970 prácticamente hoy ya abandonado este mundo-- se han unido a ambos en la experiencia del descanso eterno, y si asumimos que Mireya no tuvo descendencia, se explica el olvido de esa lápida. Es una paradoja que escuché por algún lado: la muerte es memoria, y al mismo tiempo es olvido.
Textos relacionados
Un cementerio singular para seguir siendo celebridad post-mortem [Agosto, 2021]
|
Cibernética |