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MEDIOS/La estupidez al poder

2023, el año en que los locos tomaron el asilo

¿Es usted partidario del mérito para prosperar en la vida, de dar prioridad a los más capaces para llenar un puesto, de comprobar las aptitudes mediante un examen y tomar el color de piel como asunto de cada quién? Entonces usted califica como homofóbico, racista, promotor del patriarcado y es candidato a la "cancelación" por sus aberrantes ideas. Es así como cierra 2023 en lo que hasta hace poco conocíamos como mundo civilizado

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DICIEMBRE, 2023. Hay una frase ciertísima que describiría este año que está a días de concluir: los pacientes han secuestrado al hospital psiquiátrico.

El "discurso" actual, es decir, esa corriente mundial que se nos ha impuesto donde unilateralmente se establece lo que "está bien" y lo que "está mal", deja en evidencia cómo la mesura, lo obvio y lo coherente han pasado a ser valores que merecen ser destruidos. Si yo me veo frente al espejo no voy a ver el rostro de alguien que nació hombre o nació mujer, sino a un producto que solo existe en mi imaginación y por tanto me obsesiono enfermizamente con que quienes me rodean me perciban del mismo modo. Y si esos alguien no lo lo perciben aun si se trate de gente que jamás he tratado, son unos intolerantes que merecen toda serie de calificativos desde "racistas", "homofóbicos" y "simpatizantes de Donald Trump".

Es el equivalente --como se ve, algo que el surrealismo de André Breton jamás se hubiera atrevido a insinuar-- a que el mundo esté obligado a detectar lo que tengo en la cabeza simplemente por mis vestimentas y el color de mi cabello, y si responden equivocadamente, son ellos , y no yo, quien no tiene la razón.

Sin embargo esa idea no es tan nueva como se pudiera suponer. Ferdinand de Sausurre, un lingüista de origen suizo que publicó sus ideas a fines del siglo XIX, llamó "semiótica" la que básicamente establece que el lenguaje ha servido como forma de mantener las reglas del poder establecido y, por tanto, el decir que alguien sufre de gordura está forzando a esa persona a percibirse como tal sin tomar en cuenta la opinión de la persona. En otras palabras, si digo que sufres obesidad no es tanto un hecho real sino un concepto establecido que yo te quiero imbuir en la cabeza.

 

Sausurre y otros intelectuales, entre ellos el conocido psiquiatra Carl Jung, coincidían en que los medios manejados por los "poderes fácticos" los utilizaban para imbuir entre la población su condición de explotada, todo esto mediante el uso de estereotipos tanto en medios impresos y, más adelante, el cine y la televisión. Fue así como ese "poder fáctico" estableció que el sitio de la mujer se limitaba a la cocina y a tener hijos, que los bebés vistieran de azul y las bebés de rosa, que las modas de la población blanca son más glamorosas, etcétera. El arma para imbuir esas ideas, naturalmente, es el lenguaje, construido e impuesto por ese mismo poder dominante.

Esta idea, por supuesto, también la han manejado otros lingüistas como Noam Chomsky, un favorito de las universidades norteamericanas y europeas para quienes el lenguaje es una imposición y una fuerza opresora. Hasta el Nóbel Gabriel García Márquez compartía algunos de esos conceptos, entre ellos la "innecesaria y absurda" obligación de utilizar las reglas ortográficas si al final se conseguía transmitir el mensaje deseado como, por ejemplo, acentuar la palabra "lápiz" por ser innecesaria.

(Contra este argumento tan ridículo que sorprende como el gran Gabo se tomó en serio, gente como Fernando Savater respondieron magistralmente: "decir que 'me voy de caza" puede sonar a crueldad animal o dar buenas noticias a tu cónyuge mientras no dejes en claro que la casa a que te refieres es con s y no con z'").

Los efectos de la "semiótica" en la cultura actual, ahora aplicados en sentido contrario, son clarísimos y evidentes. Por ello, el que un "artista" ponga en exposición una caca de vaca o que otro "artista" haya creado una imagen de la Virgen de Guadalupe bañada en orines son celebrados por los críticos y ostentan sitio de honor en los museos: van contra la idea de que una obra de arte debe hacerse con buen gusto y digna de ser admirada por las generaciones venideras.

Un repaso riguroso a la "semiótica" arroja un juicio implacable: se trata de una estupidez. Desafortunadamente, esa estupidez es la que ha invadido a Hollywood, a las editoriales, los planteles escolares y el modo en que vemos el mundo que nos rodea. Se trata de destruir la lengua como la conocemos y, ya desde ahí, destruir a lo que conocemos como civilización occidental. Si las palabras, lo que expresamos, ya no tienen significados absolutos ¿cómo podemos proponer ideas? (Otro claro ejemplo lo tenemos con el modo en que movemos las manos, una señal que hacemos con los dedos. No se dude que, de seguir adelante este asalto al raciocinio, saludar a alguien con la mano extendida pasará a ser una "microagresión" o una idiotez parecida.

Lo que hoy ha pasado a ser mainstream hasta hace poco se le consideraba meros disparates o ideas propias de gente alucinada. A principios de los 80 las feministas hicieron un escándalo porque en la portada del álbum Some Girls de los Rolling Stones, además del rostro de bellas mujeres, aparecía la cara de los miembros del grupo, pintados de colorete (igual escándalo se armó cuando todos fueron fotografiados desnudos con indumentaria de mujer allá en los 60). Según un artículo de Rolling Stone, las feministas de ese entonces exigieron el retiro de esa portada porque "hace abierta mofa de la dignidad de las mujeres". ¡Pero esas mismas feministas celebran que hoy no solo un hombre se ponga colorete sino exigen que se le considere como mujer! Aparentemente, las mujeres ya no son tan dignas como lo eran en 1980.

Hace menos de una década todo hombre que entrara a un baño de mujeres alegando que se percibía como tal sería señalado como un pervertido sexual del mismo modo que se autorizara a los hombres competir en la categoría femenil utilizando el mismo argumento. Permitir que unos tipos vestidos de mujer fueran admitidos en las escuelas para contar cuentos a los niños donde les advierten que nadie tiene derecho a decirles que se comporten como niños o niñas habría sido motivo suficiente para internar a esos sujetos en un hospital mental, pero ahora es la norma; anteriormente tachar a una empresa fabricante de maniquíes de "racista" porque solo los vendía de color blanco pálido se limitaba a la anecdótica nota en un periódico y redactada en tomo jocoso.

Igualmente, no hace mucho tiempo el acreditarse un pronombre personal especial era visto como la peor forma de socializar, aparte de representar un ego descomunal.

El que una persona se considerara a sí misma un perro, una ballena, dijera estar enamorada de un árbol o un bebé aunque tuviera 25 años de edad nos provocaba carcajadas y nos hacía preguntarnos, divertidos, hasta dónde había llegado el mundo. En nuestros días, cualquier burla hacia estas situaciones que reflejan desórdenes mentales serios, bastan para recibir toda suerte de apelativos y la eventual "cancelación" del infractor.

Pero lo realmente indignante es que esa misma gente que hoy se dice defensora de las minorías tanto raciales como sexuales y los estereotipos es la misma que por décadas las difundió en todos los medios de comunicación. Por décadas no hubo mayor promotor de los estereotipos que Hollywood, el mismo que financió películas donde actores blancos hacían papeles de nativoamericanos para así llenar las cuotas sindicales, el que ponía música de mariachis como fondo cada vez que aparecía una escena de México y la que filmó películas donde a los negros se les veía sonriendo a la cámara comiendo sandías.

Y cuando la locura se adueña del poder en el asilo, los resultados no pueden ser buenos.

Allá por 1992 trabajaba yo en una revista local cuando la subdirectora viajó a un congreso feminista realizado en El Salvador. A su regreso la subdirectora nos mostró un paquete con paquete lleno de imágenes de las asistentes: casi todas tenían marcado sobrepeso, con tatuajes, piercings --excepción de la subdirectora, muy guapa y de cuerpo envidiable-- fachas que iban de la mezclilla raída a camisetas con frases hiperbolizadas. En las fotos tomadas al final del congreso y donde se les ve juntas, recuerdo que del casi centenar de asistentes, si mucho tres o cuatro estaban sonriendo a la cámara: el resto mostraban rostros agriados, rencorosos, e incluso de asco.

En la sala de redacción nos reímos buen rato de esas feministas --incluso la directora aceptó que muchas de ellas "venían de otro planeta"-- y recuerdo que una de ellas, con el cabello pintado de morado y verde, alguien la expandió a tamaño póster y la colgamos de una pared, lo cual provocaba carcajadas a los visitantes, incluso políticos locales y, sí, declaradas feministas de ese entonces.

La subdirectora incluso aceptó que en su visita muchas de ellas compañeras sufrían desórdenes mentales y que en los cinco días que duró el congreso "solo escuché quejas, reclamos y muchas veces discutiendo pendejadas". Claro que el texto que la directora publicó al respecto, el congreso había sido un "éxito rotundo" con mesas redondas llenas de camaradería en búsqueda de la justicia social. (Sí, no existen mayor racismo, discriminación y burlas contra los "progres" que dentro de las salas de redacción de las revistas y periódicos. Luego de haber trabajado en tres medios "progres", tengo evidencias de sobra).

Tres décadas después, colgar un póster de una de esas mujeres puede incluso llevarnos a una sanción administrativa, si no es que a prisión. En ese tiempo nos carcajeábamos de esa gente, nos burlábamos de su desconexión con la realidad. Jamás imaginamos que esos grupos recibirían el abierto espaldarazo de los grandes medios que, si bien siempre les habían dado foros, no los apoyaban abiertamente ni convertían a esos planteamientos ridículos en el modo en que el resto de la sociedad debía pensar de ellos. De hecho, fueron estos medios --con un gran apoyo de políticos como Barack Obama-- los que permitieron que estas turbas tomaran el poder del hospital psiquiátrica. Ahora será muy difícil, quizá imposible, sacarlos de ahí.
 

 

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