"En los dedos de Dios"
Savetti, 2003

V

Dos semanas le tomó a Diego recuperarse un poco, estaba devastado. Se había dado cuenta del dinero faltante, pero eso no le importaba, la decepción de Déborah lo podía todo, excepto las cuentas por pagar. El no encontrar trabajo fue la gota que derramó el vaso. Entró en una profunda depresión.

Aun le quedaba la opción de recurrir a su padre, pero eso le significaba ejercer un puesto administrativo en su compañía, lo cual detestaba. En un arranque desesperado, gastó sus últimos centavos en una botella que vació en un par de horas. De ahí, al bar.

En la entrada, Domingo recibía los parroquianos. El negocio había prosperado gracias a las propuestas que sugirió a la gerencia. El lugar se había vuelto popular.

Domingo le negó el acceso a Diego por considerar que se encontraba en estado inconveniente. Este se montó en cólera, vociferando en contra del bar y sus los defectos que le encontraba al sitio. Domingo encuentra muy interesantes estos comentarios e invita al tipo a marcharse y regresar el día siguiente. Diego se va sin considerar siquiera la atención.

A la mañana siguiente, una tremenda jaqueca despierta a Diego. Apenas levanta la vista, observa una botella completamente vacía y al lado la tarjeta del anfitrión del bar. Con la cabeza un poco más despejada, pasa el día dando vueltas al asunto y decide ir a ver a Domingo. Este lo escucha atento y lo contrata como mesero.

Con el paso de los días, la facilidad de escucha de Diego hace que Domingo le tome un especial aprecio. Una noche, le platica de su vida, del accidente en el que murieron sus padres y de cómo un abogado sin escrúpulos lo dejó sin herencia. El tono sentimental de la conversación hace a Domingo contarle acerca de Déborah. No ha podido sacarla de su cabeza desde lo que considera “aquel maravilloso encuentro”. Diego asombrado no duda en contarle del tiempo que vivieron juntos.

Súbitamente, el semblante de Domingo empieza a cambiar y Diego se apresura a decirle, cómo ella lo abandonó y robó. Domingo cegado en su obsesión por aquella chica y por la desconfianza que la vida le ha inculcado, no le cree una sola palabra y lo echa del  bar.

La vida de Danielle se ha tornado distinta desde que Déborah vive con ella. Un par de plantas adornan una cocina que ha tomado vida con las recetas de la nueva habitante de la casa. Danielle que no cocina ni de broma, ahora cena todas las noches en casa, pero por momentos extraña su soledad.

Ya casi no lee, ahora ven televisión hasta quedar dormidas. A veces cuando llega tarde del trabajo, Déborah le deja una liga para el pelo en la perilla de la puerta de la recámara, avisándole de alguna conquista. Esas noches Danielle tiene que dormir en el sofá, lo cual le encanta, pero la invasión de espacio llega a ser molesta cuando sucede tan a menudo.

 

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