
| "En los dedos de Dios" Savetti, 2003 IV Déborah pasaba horas conversando con Diego, se habían convertido en amigos entrañables. Ella se había olvidado del sexo y como él se comía hasta las piedras, pudo practicar sus habilidades gastronómicas. Una tarde, Diego tenía una cita. Déborah no supo porqué, pero sintió una especie de celo, sin embargo decidió no darle importancia y salir a conocer a un chico nuevo. Una conquista levantaría su ánimo. Aun era temprano para salir a un bar y como hacía tanto que no se tomaba un capuchino entró a un café, donde pudo observar en una de las mesas del fondo a una extraña con semblante triste fumando tranquilamente. Decide acercarse a la extraña y pedirle un cigarro. A Danielle le pareció conocida, pero de inmediato descartó la idea. Sin saber porqué, en su búsqueda mental le viene la imagen del accidente con Diego, episodio del cual no había comentado con nadie. En ese momento sintió el impulso por contarle a la extraña acerca del chico al que había atropellado y toma a Déborah súbitamente del brazo. Déborah se sorprende y atemoriza un poco, pero decide sentarse a charlar con la chica, un buen cigarrillo lo valía. Aquella noche, Déborah ganó una amiga y Danielle un refugio. Las tardes en el café se repitieron constantemente. Se convirtió en una dependencia sin haberlo planeado. Había tardes y noches en que Déborah dejaba a Diego a media charla o inclusive no terminaba de cocinarle a causa de una llamada a su celular. Se disculpaba y salía corriendo al café. Déborah nunca hablaba con Diego acerca de Danielle. Él solo sabía que la chica tenía una nueva amiga, pero en el fondo todo le parecía un misterio. Con el paso del tiempo, la intriga fue apoderándose de su mente. Se le ocurrió que la “amiga” bien podría ser “amigo” y que se lo ocultaba por pensar que él pudiera estar enamorado. Esa misma noche, Déborah regresó muy tarde y Diego la esperaba despierto. Su curiosidad estaba a tope y la sorprendió con una serie de preguntas acerca de la supuesta “amiga”. A Déborah le pareció gracioso al principio, pero luego se incomodó asumiendo que Diego estaba celoso y que las cosas podían tornarse desagradables. A pesar de tener a Diego tan cercano, decidió irse a vivir con Danielle. Solo había un problema: necesitaba dinero. Dudó un poco, pero aprovechó que Diego dormía para hurgar en sus cajones. Ahí encontró la tarjeta que Danielle le dejó el día del accidente. Le asaltó la duda de dónde se conocían. A fin de cuentas, Déborah se marchó con lo poco que le quedaba a Diego. También se llevó algo de dinero. |
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