
| "En los dedos de Dios" Savetti, 2003 II Un joven recibe unas cajas de licor en la bodega de un bar. Es hijo único. Sus padres murieron hace cuatro años en un accidente automovilístico y un abogado sin escrúpulos lo dejó sin herencia. Desde entonces Domingo trabaja como mesero en este bar. Hace un par de días lo ascendieron a gerente auxiliar. Sus ambiciones de ser hombre de negocios que se habían apagado al desaparecer su estabilidad económica, surgieron de nuevo tras el nombramiento. Esta noche el cantinero se ha reportado enfermo y Domingo tiene que reemplazarlo. Es lo menos que puede hacer para responder al flamante puesto. Es una noche tranquila y sabe como preparar los tragos. Quizá hasta puedan cerrar temprano y le queden un par de horas para salir a bailar en algún club, su afición favorita. Una señorita se sienta en la barra y ordena un trago. Es Déborah quien no encontró nada interesante en las mesas y prefirió esperar en el aparador. Al terminar el segundo trago se presenta con Domingo. En medio de una charla trivial, suena el celular. Es Alicia, quien está furiosa por la irresponsabilidad de su hermana. Déborah de pronto está hecha un mar de lágrimas. Domingo trata de consolarla sin conseguirlo. Finalmente le acerca una servilleta y seca su cara. Déborah le obsequia una sonrisa insinuante. Diego recuerda el lugar donde le festejaron su llegada al periódico. Es un bar que se encuentra cerca de la oficina. Esta remembranza le altera aun más y camina cada vez con mayor prisa, sin prestarle mucha atención a los automóviles. Todas las tiendas están cerradas a estas horas. Danielle desespera por un cigarrillo. A lo lejos un bar. Acelera y una cuadra antes de llegar se pasa un alto, atropellando a un joven. Es Diego. Por un momento queda pasmada, baja rápido del auto y como puede sube al extraño. Decide llevarlo a un hospital, pero él insiste que se encuentra bien. Danielle se orilla. No está muy segura de qué hacer, por lo que a Diego no le cuesta trabajo convencerla de que sólo necesita una cerveza. Entran al bar, no hay mesas disponibles. Se sientan junto a una mujer que llora desconsoladamente. No le prestan importancia. Danielle sin embargo, queda deslumbrada con el cantinero, quien le pregunta si desea algo de beber. Si por ella fuera botaba Diego ahora mismo, pero el compromiso moral y los documentos pendientes en la oficina la hicieron desistir de esta idea. Una sola cerveza y Danielle lo lleva de regreso al edificio del diario. Antes de que Diego baje del auto, le deja su tarjeta por si llega a presentarse algún problema secundario debido al accidente. Domingo abre los ojos y voltea a ver a Déborah que duerme profundamente. Apenas dejó a Diego, Danielle se olvidó de él y el accidente. Esa noche en el trabajo se encargó de todo. Le dieron las cuatro de la madrugada, le quedaron dos cigarrillos y un dolor de cabeza descomunal. De regreso a casa, al pasar por el bar le vino la imagen del apuesto cantinero. Así como vino se fue. Muy temprano por la mañana, Domingo observa a la mujer en su cama, siempre ha pensado que algún día llegará la mujer de su vida y se sentará en la barra del bar. La idea le entusiasma y sale a comprar algunas cosas que le hacen falta para preparar el desayuno. Unos minutos después, Déborah se despierta y se marcha sin dejar rastro alguno. Diego pasa el día entero en casa, pensando qué hacer con su vida. Aun le queda dinero, pero no ambiciones. Su único sueño es refugiarse en la novela que pretende escribir. Las paredes de la habitación lo asfixian, entonces un antojo: le encanta la comida china y manejar en carretera. Estómago lleno y aire de campo para despejarse un poco. Apenas abre la puerta, Déborah es reprendida por Alicia. Encima del incidente con la información para el juicio, no llegó a dormir. No era la primera vez que esto sucedía y Alicia no tenía el tiempo ni la paciencia para convertirse en madre. Déborah tampoco creía necesitar una. Esta tarde Déborah empacó. Horas después intentó telefonear a algunos conocidos, pero ninguno le contestó. No tenía donde pasar la noche. Entonces pensó en Domingo. Nunca antes había regresado a buscar a ningún acostón, pero esta vez se trataba de no dormir en la calle. Sin embargo pudo más el orgullo y no lo hizo. A Danielle se le fue el día en el mismo documento que la noche anterior. Se dio cuenta que la oficina ya estaba vacía como de costumbre, al igual que su vida. Hizo una pausa en su trabajo y esta afirmación asaltó su cabeza. Una profunda tristeza le hizo derramar un par de lágrimas. Ya no tenía ánimo de seguir revisando papeles. La tarde se extinguía a la par de los cigarrillos mientras caminaba en el parque. Necesitaba dimensionar su vida. ¿Hace cuanto que no reía a carcajadas? ¿Hace cuanto que no hacía el amor? Sus últimas relaciones habían terminado antes de tres semanas. Danielle no soportaba la incompetencia en ningún sentido. Tampoco en los hombres. Su carácter duro a veces la hace petulante y engreída ante la vista de otros. Ella piensa que esto es una exageración de la gente de la oficina. Domingo no hace otra cosa que pensar en Déborah. Quedó muy confundido al regresar con dos bolsas repletas para prepararle desayuno y ver que se había marchado sin dejar una nota siquiera. De inmediato trató de justificarla. Tal vez su hermana la había llamado por alguna emergencia o algo así. Tal vez aparecería por la noche en el bar. |
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