"En los dedos de Dios"
Savetti, 2003

I

Es mediodía, una atractiva mujer duerme plácidamente a lo ancho de su cama, de pronto una llamada interrumpe su letargo, se trata de Alicia su hermana mayor, quien es una exitosa abogada que se encuentra en medio de un proceso legal. Alicia le dice a Déborah que una persona llamará para dictarle unos datos y que alguien pasará a recoger esta información más tarde. Son datos vitales para evitar que el proceso vaya a juicio, pues esperan llegar a un arreglo.

Toda su vida la han hecho esperar. Déborah recién terminó la carrera de gastronomía en la universidad y desde el divorcio de sus padres vive con Alicia, quien es el ejemplo de la familia.

Esta noche Déborah quería salir a tomar un café. Hace tanto que no disfrutaba un capuchino. Tuvo que conformarse viendo televisión con una bolsa de las galletas de animalitos que tanto le gustaban. Nadie llamaba a la puerta. El reloj avanzaba velozmente. La opción de salida cambió, era tarde y estaría abierto algún bar. No tuvo que arreglarse, siempre vestía informal. No le preocupa mucho lo que la gente piensa. Prefiere la comodidad.

Es demasiado esperar. Toma su bolso y sale en busca de hacer algún amigo en el bar. Le fascina conocer gente nueva, aunque en ocasiones se le pasa la mano y despierta en la casa de algún extraño. Tampoco le preocupa demasiado.

Una torre de documentos está a punto de derrumbarse en un escritorio. Detrás y tecleando a velocidad luz está una mujer de aspecto impecable. Es Danielle, quien ha tenido un día terrible en la oficina. El trabajo no parece tener fin, así que la noche tampoco. Es la directora creativa de una agencia de marketing; hay que cumplir con las expectativas.

Este tipo de actitudes provocaban reacciones entre sus subalternos. Más de uno no entendía la necesidad que tiene la jefa de prácticamente vivir en la oficina. Y más de uno estaba seguro de que podría adueñarse de ese puesto y sacarlo adelante sin tanta flagelación.

Las luces de los cubículos se van apagando, hasta que solo queda Danielle revisando un archivo larguísimo y plagado de errores, lo que le impide darse cuenta que el último cigarro se consume en el cenicero. Necesitará un par de cajetillas para soportar la noche que le espera. Sin pensarlo dos veces toma las llaves del auto.

El equipo de casa ha perdido de nuevo. Ya son doce las derrotas consecutivas. Diego no sabe ya acerca de qué escribir en su columna deportiva semanal. Los aficionados están cansados de malas noticias y el editor le pide con urgencia una columna impactante.

A un par de horas del cierre en la redacción, Diego no encuentra tema. Papeles y papeles rodean el cesto. Abre y cierra su laptop cada cinco minutos. Cada vez que lo hace, se imagina presentando al público su primera novela, un sueño recurrente desde que estudiaba administración en la universidad, carrera que no ejerce desde hace un par de años cuando decidió dejar de complacer a sus padres y se marchó de casa.

Súbitamente, Diego siente que ahora a quién complace es al editor del diario y toma una decisión. Camina rápidamente a la oficina del jefe y después de una acalorada discusión presenta su renuncia. Deja la puerta abierta al salir y siente una energía desbordante que recorre su cuerpo. Necesita un par de cervezas para calmarse. Al dirigirse al estacionamiento se da cuenta de que ha dejado las llaves del auto en su escritorio, no importa, prefiere caminar pues no quiere entrar de nuevo.

 

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