| Domingo |
| Me despierto sorprendido por un fuerte sol, inusual hasta ahora en el trayecto. Miro con gran curiosidad por ver qué es Mongolia, uno de los países de los cuales no recuerdo haber visto más que alguna foto de jinetes cabalgando en las estepas. |
| La primera visión matutina desde la ventanilla de mi cuarto confirma por qué tenía esa imagen fotográfica. Sólo se ven planicies interminables, semidesérticas, y, cada tanto, manadas de caballos y algunos jinetes que podrían situarse cómodamente como miembros de las huestes de Genghis Kahn. Los siglos no hacen mucha diferencia en Mongolia, aparentemente. |
| Excepto cuando aparecen unas extrañas construcciones de cemento en pleno campo, rodeadas por evidentes instalaciones militares. Uno de los vietnamitas del Banco Central de Hanoi me advierte, con aire de saber más de armas que de política monetaria, lo que yo no había imaginado: |
| -Son silos de cohetes con cabezas atómicas. Mongolia es un estrecho aliado de la Unión Soviética y tiene muchas instalaciones militares conjuntas que apuntan hacia China, con la que tienen una vieja disputa fronteriza. |
| ¿Qué no hubiera hecho Genghis Kahn con semejante material a su alcance? |
| Sin embargo, los militares mongoles modernos son acaso más moderados que sus ancestros. Así lo sugiere, al menos, un alto jefe militar mongol que ha subido al tren en alguna estación y que aparece en el concurrido vagón comedor desde la primera hora de la mañana. |
| Con una edad entre 45 y 50 años, presumo que debe ser coronel o su equivalente en las jerarquías locales. Viaja con su uniforme de rigor y habla con todo el mundo con un estilo extravertido que asombra en estos parajes. |
| No escapan a su interés las dos diplomáticas alemanas. Con desenvoltura se sienta a la mesa en que tomamos el desayuno y se presenta amablemente, mostrando gran interés en charlar con occidentales. Entiende algo de inglés pero prefiere expresarse en ruso con la ayuda de las dos alemanas. |
| No le suena raro encontrarse con alguien que viene desde tan lejos como la Argentina. y extrae de inmediato un comentario adecuado al encuentro: |
| -¿Argentina? El gran país de la carne y de.los gauchos. Nosotros también somos un país de carne y de gente a caballo. |
| -¿Qué tipo de carne? -pregunto con un interés más diplomático que gastronómico. |
| -El cordero es exquisito. Hay una hierba -especial de las estepas que le da a la carne de cordero un gusto muy especial. Pruébelo a la hora de almuerzo. |
| En efecto, el restaurante es ya un vagón mongol, más sencillo que el vagón ruso que llegó hasta Naushki. Y el menú abunda en propuestas de carnes de oveja, cabras o yaks. Lo voy a probar a mediodía, siguiendo el consejo del militar, quien hace gala, además, de una cultura nacional desarrollada. |
| Elude hábilmente cualquier referencia a temas de política contemporánea. Prefiere hablar de la historia de Mongolia, y recuerda, con inocultable orgullo, que el "Imperio de las estepas", o sea cuando Genghis Kahn dominaba el mundo asiático en el siglo XIII, se extendía desde el Océano Pacífico hasta el Mar Caspio y desde el norte del Tibet, o sea Pakistán y la India, hasta el Océano Ártico. |
| -Tan grande como la Unión Soviética actual -compara-, y mucho más que la superficie que dominaban los romanos. |
| Irrefutable. Pero eran otras épocas. Hoy, con sólo 1.600.000 habitantes, la mayoría poblaciones seminómadas que viven en tiendas sobre estepas desérticas, Mongolia es un rincón aislado del mundo. |
| Pregunto, con curiosidad, cuándo llegamos a Ulan Bator, la única concentración urbana importante. Allí sufro, entonces, una de las mayores decepciones geográficas de mi historial. |
| -Pero si ya pasamos, a primera hora de la mañana. ¿No estabas despierto? |
| El comentario de Marga me dejó sin respuesta. Recorrer medio planeta y quedarse dormido al pasar por Ulan Bator es vergonzoso. No me queda el consuelo de pensar "lo veré en un próximo viaje". Hay lugares lejanos en el mundo, pero como Ulan Bator, muy pocos. |
| -¿Cómo era la ciudad? -pregunto, como para imaginarIa, al menos, con un relato cercano en el tiempo. |
| -No valía mucho. Apenas unos pocos edificios grandes de tipo soviético. |
| Pero no me puedo perdonar a mí mismo. ¿Cómo sería la estación de Ulan Bator? ¿Qué locomotoras y qué vagones se verían en sus playas de maniobras? Para peor, el resto del trayecto por la vía mongólica no muestra mucho más que los dos rieles por donde circula el tren. No hay casi estaciones, ni trenes de carga, ni movimiento ferroviario de ningún tipo. Cada tanto, en algún punto imprescindible para dar el vía libre, apenas un empleado del ferrocarril que espera el paso del tren montado en su caballo. Con la mano en alto muestra una especie de insignia anaranjada que abre el camino al convoy. ¿Cómo harán de noche? No tengo respuesta para ese misterio ferroviario mongol. |
| Llega la hora del almuerzo y la tertulia continúa con el coronel mongol de inagotable conversación. Vuelve a ponderar las virtudes de las carnes locales y aconseja acompañarlas con buenos tragos de una vodka local que suaviza los sabores rústicos del cordero o el yak que llega en una gran fuente. |
| El coronel es fiel a la consigna de que un militar debe hacer de todo. También canta, y entona, a los postres, algunas canciones folklóricas incomprensibles. Invita a los demás que lo imiten y una de las alemanas acepta el desafío cantando una de esas canciones alemanas que se acompañan levantando rítmicamente la copa de lo que sea. |
| No puedo sustraerme a la ronda. Mucho menos ante la insistencia del coronel que, múltiple al fin, también recuerda que la Argentina es tierra del tango. |
| -Tango, please. Tango very good -repite con entusiasmo y pidiendo silencio al auditorio. |
| -Okey. Voy a cantar un tango -acepto, sin otra salida. |
| Saco de la galera el único tango cuya letra recuerdo completa: Garufa. y me tiro a la pileta tratando de respetar lo mejor posible el espíritu porteño. |
| El resultado parece ser aceptable, porque todo el mundo aplaude. Pero entonces viene lo peor. El militar me pide que le traduzca lo que quería decir la letra. |
| Con la ayuda de la alemana que habla ruso, trato de transmitir lo que significa el tango Garufa. |
| Me declaro vencido tras la primera estrofa. "Del barrio La Mondiola, sos el más rana, y te llaman garufa por lo bacán." |
| ¿Cómo explicar eso a una alemana en inglés, para que se lo traduzca en ruso a un mongol? La tarea es sobrehumana. Ahora me explico por qué las Naciones Unidas, la Unesco y otros organismos similares sirven para tan poco. El diálogo de las culturas es más difícil de lo que parece. |
| Entretanto, ingresamos a un lugar mítico: el desierto de Gobi. En realidad es una suerte de estepa semimontañosa, cubierta de piedras, de donde deriva el nombre Gobi, que significa "desierto de rocas". Pero se ven cada tanto algunas tiendas, y el militar explica que es buena zona para cazar animales salvajes a caballo. |
| -¿No quiere quedarse unos días a cazar en Mongolia? -me ofrece. |
| -Imposible. Ni siquiera puedo detenerme en Mongolia. No tengo visa para quedarme y sólo puedo cruzar "en tránsito", derecho a China. |
| -Ese no es un problema. Hacemos un pedido especial en la primera guarnición militar, donde yo me bajo, y se consigue de inmediato. |
| Por lo visto, también en Mongolia existen atajos a través del poder. |
| -Le agradezco, pero no puedo. Debo estar indefectiblemente en Pekín el lunes. |
| Prefiero esa excusa de trabajo a desilusionarlo si le digo que sería un pésimo cazador de las estepas. |
| China a la vista |
| El desierto de Gobi pasa más desapercibido de lo que preveía. Al caer la tarde del domingo el tren se aproxima a una cadena de montañas que separa naturalmente a esos dos países que han vivido enfrentados por invasiones que dieron lugar a la muralla china. |
| A las diez de la noche China aparece en el horizonte. La frase vale textualmente, porque la estación fronteriza -Ehrlian -emerge en la noche con una multitud de luces y colores como los que no se veían desde que partí de Francia. |
| El tren para, sin embargo, a cierta distancia de la estación. No sólo para que los controles de Mongolia efectúen su última revisación de pasaportes y personas; la razón principal es que allí cambia la trocha de las vías, y se pasa de la trocha ancha rusa a la trocha media o standard -1.353 metros -de los ferrocarriles chinos. |
| El procedimiento es el habitual en otras conversiones similares en el mundo: los vagones son levantados por gigantescas grúas y colocados luego sobre nuevos boogies de ruedas de la nueva medida. |
| La operación es un must para un entusiasta del ferrocarril. |
| Pero me la pierdo por una circunstancia inesperada. Mientras los controladores chinos efectúan su primera recorrida por los vagones, dos de ellos se acercan cortésmente preguntando quién es el señor Sopeña. |
| Asombrado, indico que soy yo. Un funcionario chino, hablando en perfecto español, me saluda ceremoniosamente. |
| -Mucho gusto, señor Sopeña. ¿Podría hacerme el favor de acompañarme? El jefe de la estación quiere recibirlo. |
| Los otros ocupantes del vagón observan también con asombro y algo de alarma. A ninguno de los demás los vino a buscar personalmente una delegación. ¿De qué se trata? Estos países comunistas son siempre extraños. |
| Como el vagón está lejos del andén, tenemos que bajar en plena vía y caminar unos cuantos metros sobre los durmientes hasta llegar a la primera plataforma. |
| La estación impresiona por lo grande y por la cantidad de gente que se aprecia en el vestíbulo central. No imagino qué movimiento puede tener ese punto fronterizo con Mongolia, pero es evidente que China, por lo que ya se ve, es un país con mucha gente. |
| Llegamos a un despacho con sillones de cuero verde. El traductor me indica que ya viene el jefe de estación. Al abrirse la puerta, aparece un señor de considerable edad, rodeado de otros funcionarios que se sientan en redondo. Al mismo tiempo traen unas tazas enormes, con un té verde sin azúcar. |
| El jefe de estación comienza un pequeño discurso, interrumpido para que el traductor me lo transmita en castellano. |
| -Señor periodista. Tengo el gran honor de saludarlo y darle la bienvenida a China, como autoridad máxima del lugar. Tenemos una alta estima por el honorable pueblo argentino y particularmente por la digna conducción del general Perón, que representa la independencia del Tercer Mundo frente a los dos imperialismos. China, bajo la conducción del gran líder Mao Tse Tung también encabeza la lucha contra el imperialismo capitalista y el imperialismo soviético. |
| Trato de disimular mi sorpresa ante semejante recibimiento. ¿Quién creerán que soy? Y por otra parte: ¿cómo sabían que yo era periodista y que venía en este tren? Tanta competencia informativa no tranquiliza a nadie cuando se sabe que estos países siguen los pasos de uno metro a metro. |
| Se me ocurre pensar que más de uno de esos estudiantes universitarios argentinos maoístas se sorprenderían de encontrarse con un jefe de estación chino peronista. Pero debo improvisar rápido una respuesta, porque el intérprete chino ha llegado al final de su diplomática traducción. |
| -Señor jefe de estación de Ehrlian. Agradezco mucho su gentil bienvenida. Tengo gran interés en conocer al pueblo chino de tradición milenaria. Desde mi modesta perspectiva, he pensado que el mejor medio para observar vuestro país era llegar por tren y apreciar desde la misma ventanilla el símbolo de la independencia china que es la Gran Muralla. |
| No he seguido cursos de diplomacia, pero parece que el tono elegido satisface ampliamente a mis interlocutores, todos iguales en sus trajes Mao. Ordenan otra vuelta de té, lo cual parece un brindis de cierre de la bienvenida, y luego el jefe de estación indica que el guía-intérprete debe llevarme al restaurante de la estación para obsequiarme con una comida en mi honor. |
| Ni se me ocurre preguntar si en el ínterin no partirá el tren sin mí. Supongo que semejante inquietud ofendería al jefe de estación. Se lo planteo, después, al intérprete, mientras me muestra un interminable menú en el iluminado restaurante de Ehrlian. El guía chino sonríe. "Es imposible que el tren se vaya sin usted", responde, como si yo fuera Kissinger en persona. |
| Pruebo mis primeros platos chinos en China acompañados con una agradable cerveza local. Cuando vuelvo al tren, ya montado sobre sus boogies de trocha media, y estacionado debidamente en un andén, debo atender la curiosidad de mis compañeros de viaje occidentales. Nos ubicamos en el nuevo vagón restaurante que se incorporó a la cabeza del tren y explico la curiosa entrevista que mantuve con el jefe de estación, así como la comida posterior, de gran calidad. |
| -¿Vio? -acota triunfal el ingeniero danés, que esperaba con ansiedad la llegada a China para pasar con satisfacción del tenedor a los palitos. |