Antonio De Raco

   Las siguientes son críticas sobre dos conciertos ofrecidos por el pianista. Una del diario La Nación del 26 de junio de 2001 y la otra del Washington Post del 2 de febrero de 1968. Quienes no han tenido la suerte de escuchar al maestro, con éstas pueden darse una idea de su grandeza y de las sensaciones que puede generar.
 
 
  MARTES 26 de junio de 2001 LA NACION   
Lección de vida y música
Antonio De Raco, en un concierto deslumbrante

Recital del pianista Antonio De Raco. Programa: Sonata, en si bemol mayor, K. 333, de Wolfgang Amadeus Mozart; Scherzo Nº 1, Op. 20, de Frederic Chopin; “Le petit ane blanc”, de Jaques Ibert; “Jeux d’eau”, de Maurice Ravel, y “L’ile joyeux”, de Claude Debussy. Ciclo de abono organizado por Intérpretes Clásicos Argentinos, Fundación San Rafael y Secretaría de Cultura de la Nación.
Nuestra opinión: excelente.

Fue un recital de alto rango y a la vez muy emotivo. Una demostración cabal de que el arte de la interpretación musical es mucho más que el dominio mecánico de un instrumento.

Es que el distinguido pianista Antonio De Raco dictó en su recital, en el Auditorio San Rafael, una clase magistral referida a la supremacía del cabal conocimiento de la música y de la experiencia acumulada en más de cincuenta años de carrera, como factores para el logro de la más prístina fidelidad a los autores, transformados así en los auténticos protagonistas del hecho artístico musical.

No es un tema menor el análisis del arte de la música, inmaterial, etéreo, fugaz y la relación entre el creador y el oyente mediante un tercero, en la mayoría de los casos imprescindible, el intérprete, personaje inexistente en el mundo de la plástica y de la literatura, que a su vez fue formado por profesores y escuelas diversas.

Programa ecléctico

A partir de los primeros pasajes de la sonata de Mozart se escuchó un encuadre perfecto del estilo, el encanto de un toque delicado, pero varonil, elegancia y refinamiento siempre expresivo. Es decir, quedaron al descubierto los episodios de la trayectoria de De Raco, desde las clases con Carlos Percuoco y Vicente Scaramuzza, y pasa por su primer concierto como solista con la orquesta dirigida por Juan José Castro en el Teatro Colón durante la temporada de 1940, abordando el segundo concierto para piano de Brahms.

Luego llegaron sus giras internacionales y la enorme cantidad de recitales ofrecida en prestigiosas salas. Su epopeya de 1956, al ejecutar los veintisiete conciertos de Mozart como solista en Radio El Mundo, con dirección de Washington Castro al frente de la orquesta de la propia emisora, para rendir homenaje al compositor en el bicentenario de su nacimiento.

Respeto a los autores

Mientras desgranaba cada momento y se hacía más impresionante su capacidad de concentración, Antonio De Raco provocó en el oyente una extraña sensación de sumisión y respeto a Mozart. El andante con esa leve atmósfera de desolación (el artista sabe muy bien que la K. 333 es la última sonata de la serie escrita en París, donde murió la madre del autor) rememoró versiones antológicas.

Después encaró con llamativo aplomo el Allegretto gracioso con su original virtuosismo y momentos de cadencias casi orquestales, ejecutadas con sobriedad y sin perder la unidad general del discurso. Aquí fue cuando De Raco puso en evidencia el valor de la experiencia sobre el virtuosismo acrobático, la mayor parte de las veces hueco e intrascendente, pero tan de moda en los últimos tiempos entre la mayoría de los jóvenes pianistas.

Y cuando, en un contraste marcado, llegó la música romántica de Chopin con el primero de sus scherzos, el Op. 20, complejo para ejecutar, pero hermoso por su inspiración, el asombro se adueñó de la audiencia porque el silencio se hizo profundo.

La cátedra estaba centrada en reencontrar la expresión del compositor sin esos amaneramientos y efectismos habituales en quienes creen conocerlo. El canto de la melodía, la trasparencia como un bordado sobre encaje sutil y el valor del reposo sin vértigo, fueron las virtudes salientes de la ejecución del scherzo, quizás una muestra de la música más vigorosa e intensa del poeta del piano.

La segunda parte fue una pincelada de música de Jacques Ibert, al que no le falta jovialidad e ironía, y de inmediato la magia de Maurice Ravel y Claude Debussy, cumbres de la música gala con alarde de una transferencia sonora de los ideales expuestos en la pintura impresionista y poesía simbolista.

Esfumados, luces y sombras, la imagen del las aguas en movimiento, la atmósfera de la noche y las brisas del viento, el perfume amoroso de las flores, el amor por una bella mujer y Antonio De Raco fue aún más impecable, no sólo por el logro de los matices y la homogeneidad del sonido, levemente empastado a través del uso perfecto del pedal, sino porque más allá de los detalles de la digitación, lució en toda su gallardía la sabiduría de una mente joven que conoce las diferencias, con la suficiente lucidez y capacidad como para encontrarlas.

Entonces se escuchó “Jeux d’eau”, un Ravel con toda su retraída sensibilidad, el rechazo a confundir efecto con color de sonidos matizados, diferencias constantes de planos, precisión en el pulso y el Debussy de “L’ile joyeux” en versión de jerarquía por haber valorado las ideas, fantasías y visiones en la pieza, así como sus fantasías y visiones que marcaron el futuro musical.

La lección de arte brindada por De Raco provocó el recuerdo de ilustres virtuosos en el arte de ofrecer mucho más de lo que está dibujado en un papel pentagramado; Schnabel, Cortot, Haskil, Lipatti, Gieseking, entre otros, causaron una extraña perturbación.

Es que se había reiterado aquello que parecía un pecado de abuelos cuando hablaban de un pasado irrepetible... ¿o es que intérprete en la más exacta significación ya no es importante en un mundo a cada instante más mecánico, artificial y deshumanizado?

Juan Carlos Montero

http://www.lanacion.com.ar/01/06/26/ds_315307.asp
LA NACION | 26/06/2001 | Página 4 | Espectáculos
 
 
 
  D10 Friday, Feb. 2, 1968 THE WASHINGTON POST   
 Raco: A Name to Remember
Argentinian Pianist Plays With Fire and Beauty

By Alan M. Kriegsman

   In the course of a season, the Pan American Union brings to its recital hall a strecession of pianists who run the gamut from mediocre to splendid. The Argentinian gentleman who performed there last night belongs in another category altogether. It is not only in the Pan American Union that it is rare to hear such playing "Colossal" would not be an extravagant word to describe it.

   Antonio De Raco is his name. It is a new name to me, and probably to you, but daresay this is not the last we shall be hearing of it. This was big, thrilling, colorful, highly individualized playing in the Grand Manner, playing that seemed to have everything: fire, poetry, tenderness, intellect, mystery, clarity and an unerring sense of style.

   The program encompassed sonatas by Mozart, Chopin and Ginastera, with Ravel's "Valses Nobles et Sentimentales" thrown in for a piquant touch. It was a revealing, as well as a taxing program. The artist who can perform these four composers with equal conviction and insight is an artist indeed. Raco did more. To each work he brought that precious gift called revelation. In each case he showed us something we had not heard in any previous performance of this music, something we had not suspected was in the notes until he found and displayed it.

   His performance of the Mozart B Flat Major Sonata, K.333, was a barbinger of things to come. It was a model of poised, crystalline, songful classicism, as impressive for its chiseled detail as for its synoptic perspective. Best of all was the loving account of the Andantino, perhaps the most intimate, poignant slow movement in all the sonatas.

   In the Chopin B Minor Sonata, Raco prodigious tone and awesome technical arsenal were put to plentiful use. The opening was extraordinary. He took the three mott-like chords of the first phrase with a slight tenuto that freighted them with the promise of drama. Then he drew the promise into fulfillment, using both ardent lyricism and devastating power. The slow movement was again a high point, Rubinstein is the only other pianist I have heard do it complete justice, and I am not even sure that Raco's is the less compelling of the two interpretations.

   The marvels were far from exhausted, however. The Ravel was a delicious performance, swirling with heady perfumes and shimering iridescence.

   As for the Ginastera Sonata, it was nothing short of uncanny. Raco took the work's mixture of primitive impulse and sophisticated expressive machinery, and turned it into a volcano of sound and emotion.

   As you can see, this entire review could be supplanted by one word: Bravissimo !

THE WASHINGTON POST Friday, Feb. 2, 1968
 
 
 
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