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| MARTES |
26 de junio de 2001
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LA NACION |
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Antonio De Raco, en un concierto
deslumbrante
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Recital del pianista Antonio De Raco.
Programa: Sonata, en si bemol mayor, K. 333, de Wolfgang
Amadeus Mozart; Scherzo Nº 1, Op. 20, de Frederic Chopin; “Le
petit ane blanc”, de Jaques Ibert; “Jeux d’eau”, de Maurice
Ravel, y “L’ile joyeux”, de Claude Debussy. Ciclo de abono
organizado por Intérpretes Clásicos Argentinos, Fundación San
Rafael y Secretaría de Cultura de la Nación. Nuestra
opinión: excelente.
Fue un recital de alto rango y a la vez muy
emotivo. Una demostración cabal de que el arte de la
interpretación musical es mucho más que el dominio mecánico de
un instrumento.
Es que el distinguido pianista Antonio De
Raco dictó en su recital, en el Auditorio San Rafael, una
clase magistral referida a la supremacía del cabal
conocimiento de la música y de la experiencia acumulada en más
de cincuenta años de carrera, como factores para el logro de
la más prístina fidelidad a los autores, transformados así en
los auténticos protagonistas del hecho artístico musical.
No es un tema menor el análisis del arte de
la música, inmaterial, etéreo, fugaz y la relación entre el
creador y el oyente mediante un tercero, en la mayoría de los
casos imprescindible, el intérprete, personaje inexistente en
el mundo de la plástica y de la literatura, que a su vez fue
formado por profesores y escuelas diversas.
Programa ecléctico
A partir de los primeros pasajes de la sonata
de Mozart se escuchó un encuadre perfecto del estilo, el
encanto de un toque delicado, pero varonil, elegancia y
refinamiento siempre expresivo. Es decir, quedaron al
descubierto los episodios de la trayectoria de De Raco, desde
las clases con Carlos Percuoco y Vicente Scaramuzza, y pasa
por su primer concierto como solista con la orquesta dirigida
por Juan José Castro en el Teatro Colón durante la temporada
de 1940, abordando el segundo concierto para piano de Brahms.
Luego llegaron sus giras internacionales y la
enorme cantidad de recitales ofrecida en prestigiosas salas.
Su epopeya de 1956, al ejecutar los veintisiete conciertos de
Mozart como solista en Radio El Mundo, con dirección de
Washington Castro al frente de la orquesta de la propia
emisora, para rendir homenaje al compositor en el bicentenario
de su nacimiento.
Respeto a los autores
Mientras desgranaba cada momento y se hacía
más impresionante su capacidad de concentración, Antonio De
Raco provocó en el oyente una extraña sensación de sumisión y
respeto a Mozart. El andante con esa leve atmósfera de
desolación (el artista sabe muy bien que la K. 333 es la
última sonata de la serie escrita en París, donde murió la
madre del autor) rememoró versiones antológicas.
Después encaró con llamativo aplomo el
Allegretto gracioso con su original virtuosismo y momentos de
cadencias casi orquestales, ejecutadas con sobriedad y sin
perder la unidad general del discurso. Aquí fue cuando De Raco
puso en evidencia el valor de la experiencia sobre el
virtuosismo acrobático, la mayor parte de las veces hueco e
intrascendente, pero tan de moda en los últimos tiempos entre
la mayoría de los jóvenes pianistas.
Y cuando, en un contraste marcado, llegó la
música romántica de Chopin con el primero de sus scherzos, el
Op. 20, complejo para ejecutar, pero hermoso por su
inspiración, el asombro se adueñó de la audiencia porque el
silencio se hizo profundo.
La cátedra estaba centrada en reencontrar la
expresión del compositor sin esos amaneramientos y efectismos
habituales en quienes creen conocerlo. El canto de la melodía,
la trasparencia como un bordado sobre encaje sutil y el valor
del reposo sin vértigo, fueron las virtudes salientes de la
ejecución del scherzo, quizás una muestra de la música más
vigorosa e intensa del poeta del piano.
La segunda parte fue una pincelada de música
de Jacques Ibert, al que no le falta jovialidad e ironía, y de
inmediato la magia de Maurice Ravel y Claude Debussy, cumbres
de la música gala con alarde de una transferencia sonora de
los ideales expuestos en la pintura impresionista y poesía
simbolista.
Esfumados, luces y sombras, la imagen del las
aguas en movimiento, la atmósfera de la noche y las brisas del
viento, el perfume amoroso de las flores, el amor por una
bella mujer y Antonio De Raco fue aún más impecable, no sólo
por el logro de los matices y la homogeneidad del sonido,
levemente empastado a través del uso perfecto del pedal, sino
porque más allá de los detalles de la digitación, lució en
toda su gallardía la sabiduría de una mente joven que conoce
las diferencias, con la suficiente lucidez y capacidad como
para encontrarlas.
Entonces se escuchó “Jeux d’eau”, un Ravel
con toda su retraída sensibilidad, el rechazo a confundir
efecto con color de sonidos matizados, diferencias constantes
de planos, precisión en el pulso y el Debussy de “L’ile
joyeux” en versión de jerarquía por haber valorado las ideas,
fantasías y visiones en la pieza, así como sus fantasías y
visiones que marcaron el futuro musical.
La lección de arte brindada por De Raco
provocó el recuerdo de ilustres virtuosos en el arte de
ofrecer mucho más de lo que está dibujado en un papel
pentagramado; Schnabel, Cortot, Haskil, Lipatti, Gieseking,
entre otros, causaron una extraña perturbación.
Es que se había reiterado aquello que parecía
un pecado de abuelos cuando hablaban de un pasado
irrepetible... ¿o es que intérprete en la más exacta
significación ya no es importante en un mundo a cada instante
más mecánico, artificial y deshumanizado?
Juan Carlos Montero | |
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| http://www.lanacion.com.ar/01/06/26/ds_315307.asp |
| LA NACION |
26/06/2001 | Página 4 | Espectáculos |
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| D10 |
Friday, Feb. 2, 1968
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THE WASHINGTON POST |
| Argentinian Pianist Plays With Fire and Beauty |
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By Alan M. Kriegsman
In the course of a season, the Pan American Union brings to its recital hall a strecession of pianists who run the gamut from mediocre to splendid. The Argentinian gentleman who performed there last night belongs in another category altogether. It is not only in the Pan American Union that it is rare to hear such playing "Colossal" would not be an extravagant word to describe it.
Antonio De Raco is his name. It is a new name to me, and probably to you, but daresay this is not the last we shall be hearing of it. This was big, thrilling, colorful, highly individualized playing in the Grand Manner, playing that seemed to have everything: fire, poetry, tenderness, intellect, mystery, clarity and an unerring sense of style.
The program encompassed sonatas by Mozart, Chopin and Ginastera, with Ravel's "Valses Nobles et Sentimentales" thrown in for a piquant touch. It was a revealing, as well as a taxing program. The artist who can perform these four composers with equal conviction and insight is an artist indeed. Raco did more. To each work he brought that precious gift called revelation. In each case he showed us something we had not heard in any previous performance of this music, something we had not suspected was in the notes until he found and displayed it.
His performance of the Mozart B Flat Major Sonata, K.333, was a barbinger of things to come. It was a model of poised, crystalline, songful classicism, as impressive for its chiseled detail as for its synoptic perspective. Best of all was the loving account of the Andantino, perhaps the most intimate, poignant slow movement in all the sonatas.
In the Chopin B Minor Sonata, Raco prodigious tone and awesome technical arsenal were put to plentiful use. The opening was extraordinary. He took the three mott-like chords of the first phrase with a slight tenuto that freighted them with the promise of drama. Then he drew the promise into fulfillment, using both ardent lyricism and devastating power. The slow movement was again a high point, Rubinstein is the only other pianist I have heard do it complete justice, and I am not even sure that Raco's is the less compelling of the two interpretations.
The marvels were far from exhausted, however. The Ravel was a delicious performance, swirling with heady perfumes and shimering iridescence.
As for the Ginastera Sonata, it was nothing short of uncanny. Raco took the work's mixture of primitive impulse and sophisticated expressive machinery, and turned it into a volcano of sound and emotion.
As you can see, this entire review could be supplanted by one word: Bravissimo !
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| THE WASHINGTON POST Friday, Feb. 2, 1968 |
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