Desde la tarde en que un par de extraños, entre ofertas y amenazas, la habían despojado de él, Beatriz no volvió a pensar en aquel libro vetusto de solapas punzó y páginas como hojaldre. Acaso, se diría tiempo después, los hechos se concatenan unos con otros no por contiguidad temporal, sino por cierta familiaridad fundada en el carácter peculiar de cada uno. Al final de los días, todos los café con leche que había bebido a lo largo de su vida serían un solo café con leche; los orgasmos, alcanzados en pareja o en solitario, un sólo e indistinguible orgasmo; la sal de las lagrimas que había derramado se confundirían quizás con la sal del salero, y el dolor tangible, concreto y localizado que sentimos cuando nos agarramos un dedo con la puerta, no sería, una vez que el tiempo haya arrasado los detalles, muy distinto del dolor que causa una traición o un engaño. Necesitamos que los acontecimientos se repitan rutinariamente para actualizar el pasado, para que los hechos más banales y corrientes no caigan en la superstición. Lo extraordinario esta condenado irremisiblemente al olvido por salirse del marco de esta ley de la memoria. Para ver un fantasma hoy, es necesario haber visto uno ayer. De otro modo, los fantasmas no existen.
-Buenas noches…quisiera hablar con la señorita Beatriz Alonso... ¿es usted?- La voz metálica y fatigada del otro lado del portero fue el detonante ineludible que desató en Beatriz, una por una, las sensaciones de la tarde en que vendió su herencia por miedo y por dinero. De improviso, se vio a si misma en medio de papeles y maquinas de escribir, en el cuartucho de la editorial que había improvisado con el Poeta. Sintió el olor a tinta oxidarse dentro suyo, mientras revivían en ella las nítidas noches que malogró en la invención de prólogos que nunca publicaría. Desde las entrañas de esa época al otro lado de la vida, el libro anónimo de tapas color punzó y esmerados caracteres góticos se vio catapultado justo frente a sus ojos.
Beatriz titubeó con la boca pegada al tubo del portero. Del otro lado, el sonido quedo y pausado de la respiración del extraño se ahogaba y resurgía entre ruidos de bocinas y correr de llantas sobre el asfalto. –Sí, soy yo- respondió Beatriz al cabo de un instante. -¿Qué desea?- agregó de inmediato, con un hilo de voz.
-Vea…no me lo va a creer. Nunca nos hemos visto, pero yo la conozco…- El extraño de voz metálica no había alcanzado a completar la frase cuando un agudo chirrido de goznes lo hizo darse vuelta. A sus espaldas, en bata y con el pelo desgreñado se erguía Beatriz Alonso.