-Mire, el cuarto que dice “privado” no contiene más que artículos de limpieza. ¿Se encuentra usted bien? Lo noto algo cansado.-

Cuando le dije a mi jefe que si deseaba encontrar el dichoso legajo iba a necesitar una escuadra de peones y probablemente una topadora, aduciendo que el depósito era un lugar inabordable para un solo hombre, su cara se plegó en una mueca que rápidamente pasó de la incredulidad a la conmiseración. Yo había elucubrado aquella respuesta barata en caso de que preguntase por el legajo mil ciento once. Pero no lo hizo, sólo me tomó por loco. Efectivamente, ese mismo día comprobé que la oficina no resguardaba escalera caracol alguna ni pasillos extrañamente limpios ni depósitos ni nada por el estilo.

No obstante, y al igual que las risas y cuchicheos que mi exaltado consejo de los peones suscito a mis espaldas, el legajo era completamente real. Ese día pedí permiso para salir antes, me fue concedido de inmediato, incluso me concedieron el resto de la semana. En casa sopesé la extraña carpeta ribeteada de musgo. El peso me pareció excesivo para la cantidad de páginas, unas cincuenta, referidas todas a la historia de Beatriz Alonso. Allí se encontraban fechados y en orden cronológico los acontecimientos de la vida de esta extraña. Sin embargo, los datos eran confusos; si bien algunos de ellos eran concebibles en el marco de un “legajo” (tales como el día de nacimiento, el domicilio, el nombre de los padres, los estudios cursados, etc.), otros eran francamente absurdos observados desde ese punto de vista. Encontré minuciosas descripciones acerca de una relación neurótica de Beatriz con un escritor fracasado; referencias a sueños insistentes dónde se mencionaba una larga mesa servida para un banquete, y donde se detallada que los platos principales eran fuego y sábanas manchadas de semen; otra página narraba en tono satírico el día en que Beatriz encontró una moneda de veinticinco centavos en un viejo guardapolvo de cuando iba al colegio. Decidí, por el momento, no hacer caso a los disparates. Después de mi experiencia incomprensible en el depósito imaginario, lo único que acudió a mi cabeza maltrecha fue visitar a esta mujer, quizás sabía algo. Resolví no encarar directamente el asunto de los hombres de frac que se disipan sin dejar rastro; le haría algunas preguntas indirectas, improvisaría. Como último recurso le enseñaría el legajo, explicándole que lo encontré en algún lado.

De camino al colectivo, las frases de Los Seis repicaban en mi cabeza de modo siniestro. La claridad con que surgían una detrás de la otra me tenía perplejo. No tanto por el hecho de recordarlas, sino por su total y absoluta falta de sentido. Transite el frío de la calle entre “la sangre incolora de los herejes” y los “Barrios de Barro”. De pronto, mi embotamiento cedió. Yo iba a visitar a Beatriz…”Beatrices, Directrices, Meretrices”, comencé a murmurar como un demente.

Hosted by www.Geocities.ws

1