-Es mudo- masculló amargamente el más arrugado del grupo.

-No puede ser mudo. No después de tantos años.- dijo otro, deteniendo alternativamente sus ojos macilentos en cada uno de sus cofrades hasta fijarlos definitivamente en los míos.

El más bajito, de cara redonda, giró lentamente su vientre abultado hasta posicionarlo justo frente a mí. Parecía muy nervioso cuando reiteró su invitación inicial, aderezada con una sonrisa afable que le desencajaba los cachetes en una mueca grotesca –acérquese por favor, no tenga miedo.

Aquella figura semicircular que formaban entre los seis, pienso ahora, se semejaba considerablemente a ciertas formas paganas dispuestas por antiguas tribus para invocar el favor de los astros; formas que yo había visto de chico en una de las enciclopedias que atiborraban el estudio de mi padre y que el tiempo había desterrado de mi memoria.

¿Qué se supone que hacía este consorcio de hombres vetustos ataviados con frac en el depósito de la oficina? ¿Desde cuándo se encontrarían allí? ¿A qué se referían con eso de que me esperaban? Todas estas preguntas, formuladas simultáneamente por mi mente espantada, se vieron interrumpidas de improviso por el hombre que momentos antes había considerado la posibilidad de que yo fuese mudo.

-No se preocupe por eso, no ahora. Las inquietudes que lo agobian son insignificantes. Insignificante es también la cantidad de arena en el reloj.- Las arrugas de su rostro se transfiguraron en profundas grietas al pronunciar las últimas palabras.

El hombre de cara redonda que me había instado a acercarme se había ido hinchando a medida que el otro hablaba; con los ojos desorbitados de avidez o desesperación dejó fluir a borbotones incontrolables un discurso ambiguo hasta el delirio. Casi gritaba.

-¡Usted debe recuperarlo! ¡Que no lo engañe la letra, el problema está en la tinta, y en la tinta la solución a la letra!

Yo me hallaba en un perfecto estado de embriaguez mental. Las frases incoherentes me atravesaban como cuchillos helados que de algún modo hendían los pantanos del pasado o el porvenir o algún tiempo imposible que los comprendiera. Los otros, expectantes hasta entonces, prorrumpieron en un coro desaforado. Incapaces de contenerse, sus palabras inundaron y socavaron cada átomo del depósito. Se amontonaron sobre archivos caducos y añosos formularios que nunca nadie en la vida volvería a hojear.

-¡La tinta señor, lea la tinta, no la letra!

-¡No hurgue la forma!

-¡No indague la sustancia!

-¡Siempre es incolora la sangre del hereje!

-¡Siempre!

-¡En los cadáveres de la muerte opulenta!

-¡Beatrices, Directrices, Meretrices!

-¡Frívolas Fenicias bajo tierra!

-¡No fíe a la Inocencia Pudorosa!

-¡Nunca!

-¡De ebrios calamares!

-¡De ventosas solapadas!

-¡Donde fluye el Grito!

-¡Le será revelado!

-¡En Barrios de Barro!

-¡En el velo de la noche!

-¡Confíe en las estrellas!

-¡En el fango cenagoso de morgues heladas!

-¡En los hábitos del Perro Rey de Parias!

Es imposible precisar quién dijo cada cosa, pero no he olvidado una frase. Ellos alcanzaron el paroxismo cuando sus palabras comenzaron a fundirse unas con otras. El semicírculo fue absorbido por completo en una suerte de vórtice concentrado en un punto del suelo. Se deshicieron en una niebla espesa, como de hielo seco.

Los bajos de mis pantalones estaban húmedos de los restos de aquellas apariciones. Allí el cuarto atestado de cajas polvorientas. Entre las manos tenía una carpeta marrón, con musgo en las junturas. Era el legajo mil ciento once, de una tal Beatriz.

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