Estaban de pie, formando un semicírculo. Sólo un pequeño velador, ubicado lejos en una de las esquinas, les iluminaba parcialmente el rostro. Seis figuras de pie, apenas distinguibles. La penumbra violácea engullía todo lo que no fuera ellos. Vestían traje de fiesta, parecido a lo que nosotros entendemos por frac. Diría que iban de negro, aunque no puedo asegurarlo. Eran seis, me consta ese número en la memoria, sin embargo los seis podrían haber sido variantes de uno solo.
El jefe me había mandado al depósito de la oficina, donde se suelen archivar viejos legajos, formularios y otros papeles inservibles que se relegan al polvo y al olvido. “Por el pasillo que lleva a la sala de reuniones, pasando el dispensador de agua, la puerta de la izquierda, la que dice “privado”; vas a ver una escalera caracol, al final hay otro pasillo flanqueado por varias puertas…la que no tiene llave puesta es el depósito. En una de las cajas de 1992 –no se cuántas hay ni cuál de todas es- vas a buscar el legajo mil ciento once. Te va a llevar algo de tiempo encontrarlo, pero es importante”. La perspectiva de pasar un par de horas lejos de la computadora me pareció seductora, por eso no me queje, aunque podría haberlo hecho.
Pasé el dispensador, atravesé la puerta y subí la escalera interminable. El pasillo estaba alumbrado por unas lamparitas intermitentes, no alcancé a divisar su horizonte. Recuerdo que me extrañó el estado de limpieza y orden que imperaba en aquel reducto; no podía imaginar a la empleada pasando la aspiradora por ese lugar tan alejado de los quehaceres cotidianos de la oficina. De hecho, me era difícil imaginarme a mi mismo intentando en vano abrir diversas puertas que no prometían más que cuartos mohosos, sitiados por el olor a encierro y las telarañas. ¿Prevalecería la extraña antisepsia del corredor dentro de las habitaciones cerradas hace años quizá? Mi pensamiento recorría vagamente estas consideraciones inútiles cuando el picaporte de la puerta 318 cedió en un crujido desolado.
Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra y entreví el semicírculo de hombres vestidos de gala todo mi cuerpo se redujo a una sola contracción. Atiné a pedir disculpas, pero los rostros de ellos me hicieron entender de inmediato que no era necesario. “Lo estábamos esperando señor” susurró una voz. La puerta detrás de mí se cerró sin estrépito.