Muchas veces uno se deja llevar por la mayoría. Se es arrastrado por la corriente y al mirar hacia atrás uno advierte que se ha convertido en un ser extraño. Trompo podía ser ahora acusado de un asesinato, y eso no es una cosa ligera. Recordó la relación con su madre. Ella siempre le decía que no se metiera en quilombos, que fuera un chico sano y que se portara bien bebé, pero como le resultaba divertida la joda no le había hecho caso y ahora que no había vuelta atrás le hubiese gustado haberla escuchado en su momento.
Ahora ya no importaba el orgullo. El no quería actuar como el personaje de ese cuento que moría en una discusión sobre música para demostrar que tenía razón al decir que determinada banda era comercial, diciendo “no muera yo si esa banda no es comercial” antes de caer al piso fulminado. Esa cuestión de defender el orgullo aún ante la posibilidad de morir le resultaba en estos momentos absurda.
Si la policía lo llegaba a llamar a declarar tenía decidido lo que haría. Diría que nada había pasado, que no conocía a la persona asesinada, que no tenía idea quién era el Ruso, etc., etc. En realidad, cada una de esas afirmaciones escondería una realidad distinta pero que era mejor ocultar. Después de todo, ocultar ¿no es también un derecho?
Mientras pensaba en estas cosas, alguien tocó el timbre en la casa de Trompo.