Su adolescencia había estado llena de aventuras. Recordaba con cariño sus primeras visitas a “Virgo”, donde llegaría a ser un cliente conocido. Las drogas, el alcohol, el poco cuidado de sí mismo, los desmanes en la calle, las patoteadas, los problemas con la policía, algunos robos y hurtos y cosas por el estilo habían hecho de él fama de guacho y la gente le tenía cuidado cuando caminaba por la calle. Nadie quería tener problemas con un hombre de tan mal calaña, a no ser, claro, gente que estaba peor que él. Sus amistades con los estratos inferiores y más periféricos de la sociedad, o por lo menos de la sociedad matutina de la ciudad, lo habían cada vez alejado más de un posible rescate y cuando se había dado cuenta de que debía empezar a pisar el suelo le había surgido esta oportunidad que le había dado el Ruso y que en definitiva, a pesar de que había ido bien al principio, ya se le había ido de las manos y ahora sólo podía traerle complicaciones. Es que hay gente que sabe que para hallar soluciones hay que plantear problemas. El tema es cuando luego olvida para qué sirven las fórmulas.