Su desencanto, sus idas y vueltas mentales, la vergüenza hicieron que este individuo, al que la banda de bribones sólo se limitaba a llamar Trompo, porque se la pasaba dándose vuelta, se introdujese en semejante brete del que le resultaría harto difícil salir.

Al principio le pareció una buena idea del Ruso esa de hacerse los que hacían la revolución. Le pareció hasta un juego. No creyó que pudiese ser en serio, y tampoco pensó que cuando esas cosas van en serio en seguida son aplastadas por el peso de la ley. Admiraba la forma en que el Ruso había logrado convencer a distintas personas hasta hacer funcionar aquel plan tan imposible y ahora que las papas hervían y que no se lo podía encontrar por ningún lado le parecía estúpido el día en que había aceptado alguna orden suya. Ahora que la cosa iba en serio y estaba bien jodida, se comenzaba a preguntar por qué demonios se había dejado llevar por el orgullo.

"Mierda", se decía, "¿Para qué mierda tendré que haber escuchado esa frase que decía: 'En este siglo cualquier estudiantito se cree un ruso suicida'? Me desafió el orgullo, pero ¡Qué mierda! ¡Cómo me iría corriendo en este instante! ¿Qué me puede importar que estos mediocres me llamen cobarde, si me estoy salvando el culo?"

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