Son las 4:30 de la madrugada. No canta el gallo aún. Duerme en medio del harén. Esa es la forma que ha tomado su hábito. No hay canciones si no hay sol. El primer rayo dispara lo que ha de ser algo así como un recuerdo, y eso obliga al movimiento. Tensar las cuerdas, emitir el grito. Pero no. Duerme. Son las 4:30 de la madrugada y es de noche.
Sergio siente el frío. Estoy destemplado, piensa. Eso siente, pero con otras palabras. Deja el poncho de lado y se endereza en la cama. Restriega sus ojos. Bosteza. Bosteza otra vez, despereza su cuerpo del sueño. Ahora puede ir rápidamente a encender la luz. Digo “ahora”, antes no se podía. Antes buscaba velas. Esta en calzoncillos. Los pantalones, piensa. Primero la pava, después los pantalones, recapacita Sergio.
Afuera es la apoteosis del silencio. De pronto un grito. No es el gallo, no puede ser el gallo. Sergio no hace caso, ceba mate. Dos, para ser exactos, y un trozo de pan de anoche. Es julio y la escarcha cubre la totalidad de la chacra. Sergio no ha salido aún de la casa, pero lo sabe. Eso sucede en julio, y en agosto. Una certeza.
Está vestido y sale de la casa rumbo a las vacas. Ellas también duermen. Una oye sus pasos y muge. Luego todas mugen. Sergio carga dos baldes, se arremanga y comienza a ordeñar. Fuera del establo de las vacas se oye un grito. No puede ser el gallo. Sergio deja de ordeñar. Carajo, le dice a una vaca, y corre a buscar el rifle.