Una vez acompañado por la seguridad de su rifle, ese que ha heredado de su padre y que tantos sacrificios de animales desobedientes o enfermos se ha cobrado, Sergio corre hacia donde cree ha venido el grito. Escucha el ruido del motor de un auto. En el caos de la ciudad esos ruidos pasan desapercibidos pero no así en el campo. Allí suelen propagarse muy rápido y los ladridos de los perros siempre avisan cuándo alguien se está acercando. Cuando oscurece ya no importa que se trate de conocidos. Ladran como si se tratara de enemigos a cualquiera.

De pronto Sergio vio un cuerpo. No se asustó tanto porque estaba acostumbrado a la muerte de vacas, perros, animales. Gritó para ver si contestaba pero el cuerpo no se movió ni emitió sonido alguno. Se acercó y lo movió con el caño del rifle. El cuerpo cedió ante los empujones como las pelotas ceden ante las patadas. El cuerpo estaba caliente y con cara de terror. Quizás todavía no estaba muerto. Quizás sólo estaba inconciente. Quién era ese sujeto, qué hacía allí y algunas otras preguntas eran infaltables en la mente de quien halla una escena como aquella. Sergio vio las huellas del auto que había oído y sin detenerse demasiado en ello levantó el cuerpo y lo condujo a su camioneta. Podría llevarlo a la veterinaria. Era el establecimiento médico más cercano. Quizás el veterinario podría darle una ayuda y si no lo llevaría a un hospital del pueblo más cercano.

El sol desprendía un calor insoportable. Quizás sería el último sol que tomara aquella víctima.

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