Ebrio el puño, se levanta y cae indeciso con furor en el pómulo rosado del débil empleado. Como si todavía estuviera receloso de lo que hizo, el sencillo Sergio no se decide a seguir rompiendo al miserable que tiene delante de sus ojos de perro. Como si el relámpago que descargó no hubiera sido suyo, como si se tuviera que remontar hasta antes de su nacimiento para recordarlo. Su cabecita comprende que tales inquisiciones son más atribuibles a un dios que alguien que adornó, hasta hace no mucho, sus sienes con sombreros de paja; la larga ala, tan larga que casi llegaba hasta el cielo. Ahora deseaba volver a la sombra de su sombra que proyectaba en su pueblo.

El empleado Rebelde, que es cobarde, se muerde el labio y se sacaría los ojos para no llorar, para no sentir el atroz sudor de sus pupilas. Logra, no obstante, darse una última gloria miserable: toma aliento y, displicentemente, le ruega por favor que se retire, mi noble señor, de lo contrario llamaré a la seguridad.

En un mundo de aprendices de cobardes, se jactaba de ser un verdadero maestro, escondiendo la tristeza en el silencio, la juventud en la ironía.

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