¿Habrá sido la locura? Quizá. Quizá ahora, viendo esa masa de carne menos parecida a un cuerpo que a una gelatina congelada (el cadáver aún estaba tibio, pero a ella le pareció asaz frígido), el pánico ¿el miedo? crispa sus manitas, y será por eso, quizá, quizá por eso tal vez fue a la cocina a buscar el verdugo filo que podrá cegar su vida, y antes que la vida, la vergüenza, y antes, la demencial rabia que la invade.
Encuentra entonces Angélica el cuchillo enorme de su padre, ese que usa para los asados en familia, y piensa en hundírselo hasta el puño en el vientre. No. Mejor sentir cómo se escapa la sangre de sus tejidos, sentir expirar el alma pesadísima de a poco... La punta se clava en una pequeña fibra de su muñeca, la vena chorrea, y aunque el dolor es placentero, decide frenar el corte. Un hilo de sangre recorre su antebrazo hasta el codo dándole besos helados. Parece tan deliciosa a los ojos. Pasa la histérica lengua y lame, como una perra hambrienta, su sangre. Y la sangre era buena.
¡Ingenua! ¿En qué pensaban tus labios cuando deseaban la carne hedionda de un viejo? La adrenalina, la adrenalina. ¿Por qué ahora te desquitás con ese cuerpo inerte, fétido, aún erecto el falo, dándole cuchilladas estériles?
Abatida por los nervios, Angélica se desvanece cuando alguien llama a la puerta.