Y golpea de nuevo, agregando crecientes módulos de energía a cada puñetazo. El último hace retumbar incluso las puertas vecinas.
-Dale viejo pajero, abrí la puerta o la tiro abajo…- La voz honda trepaba desde las profundidades del estómago del Ruso, convulsionada por una rabia sorda, producto de su incurable insomnio y de una resaca que le astillaba el cerebro en millones de cristales viscosos y muy puntiagudos.
-¿Qué estás haciendo ahí adentro hijo de puta? ¿Qué eran esos gritos?- Vuelve a golpear, ahora poseído por un frenesí que le anula el juicio y la noción de contexto.
-Ya me despertaste la CONCHA DE TU MADRE. Ahora SALÍ.
La estantería del departamento del Viejo da terribles sacudones. Portarretratos con fotos desteñidas caen al suelo y se hacen añicos. Los golpes se traducen en ondas sísmicas que descascaran la mampostería y hacen saltar el cadáver del Viejo de la cama al piso. Cae boca abajo con un ruido seco, el pene erecto de placer y rigor mortis se raja en dos, dejando escapar una sustancia espesa, renegrida y burbujeante.
-¿Así que te haces el sordo?- El Ruso retrocede unos pasos hasta la pared que enfrenta la puerta del departamento del Viejo. La ira lo ha enceguecido por completo, ahora avalancha su cuerpo descomunal con la violencia de un cometa. El impacto resulta sorprendentemente silencioso, pero el impulso del Ruso lo hace traspasar no sólo la puerta, sino también el hall de entrada y el living comedor; pasa frente a varios cuartos sin poder detenerse; se estrella contra la puerta del baño y acaba con medio cuerpo enterrado en la pared de la bañadera.
Todavía aturdido y puteando, el Ruso sale del baño quitándose el polvillo blanco del revoque. La resaca a dado paso a un desfile de carnaval dentro de su cabeza, con carros alegóricos, mujeres de cuerpo aceitado e innumerables murgas delirando con redoblantes, platillos y tambores. El golpazo lo dejó tan desorientado, que por un momento no supo bien qué era aquel lugar ni qué estaba haciendo allí. La brutalidad de su enojo se había extinguido. Confuso todavía empezó a arrastrar los pies por el camino que lo había llevado hasta la pared del baño. De pronto se resbala y cae pesadamente.
-¿Qué es esto?-murmura al contacto de la sangre aún tibia del cuerpo del Viejo, que había ido ganando terreno desde el cuarto hasta el pasillo. El Ruso levanta la vista y lo que ve lo deja atónito. Una nena de unos doce o trece años se precipita hacia él con la mirada endurecida y el cuerpo desnudo exudando sangre por todos los poros. En la mano derecha blande un desaforado cuchillo de carnicero.