Por supuesto que esa no sería la primera ni la última vez que el jefe resultaba ridiculizado por los demás empleados. Algunos de ellos quizás le tenían bronca. Envidiaban su sueldo, su puesto, su jerarquía, pero atrás de todo eso se escondía un hombre como todos. Un hombre que había escalado hasta su puesto a base de esfuerzo. Había trabajado duro y había logrado un sueldo respetable, una mujer que lo besaba al volver a casa y un hijo y una hija que cuando lo veían llegar lo saludaban mientras aprovechaban cualquier excusa para pelearse. Su hijo que acusaba a su hermana de querer salir con todos los chicos del colegio, su hija que acusaba a su hermano de querer pelearse con todos los chicos del colegio, su esposa que había perdido el encanto que era de joven y él que indudablemente cada día debía de verse mas viejo y feo. Cuando en su casa encontraba un momento a solas se servía un vaso de vino y bebía largamente empapando su bigote.
Esa noche al llegar a su casa su mujer lo saludó como siempre. Notó a su esposo algo caído y sintió la obligación de levantarle un poco el ánimo.
- Querido. ¿Querés café?
La respuesta fue un silencio acompañado de una mirada profunda y acusadora, como si ella se hubiese burlado de él.
- Cuando mi esposo vuelve a casa no se le puede decir nada. El otro día le ofrecí café y casi me mata.
- Hay que ajustarles los tornillos. Al mío también le pasa lo mismo.
Las vecinas solían hablar así cuando casualmente el trajín de la vida diaria las encontraba en el ventoso pasillo de su edificio. Extraño lugar de encuentros ocasionales y conversaciones breves que terminaban antes de acabar en algo. Cuando la conversación sobre el humor de sus respectivos maridos se dio por terminada cada una entró a su departamento y continuó con las tareas y preocupaciones diarias que día a día intentaban justificar que siguieran viviendo.