Lo primero que se le ocurrió hacer fue un café. Para comer tenía un pan viejo un poco duro en el que untó manteca para mejorar su sabor deplorable: el sabor de la bohemia, que tanto le gustaba pero que tenía sus contrapartidas. Eligió al azar un libro de su biblioteca y antes de leerlo lo miró unos instantes. Dado que él había codirigido una editorial tenía bastantes libros. El que tomó le pareció un poco dramático y prefirió después de leerlo un poco probar con algo más llevadero. Después de leer durante mucho tiempo le pareció que sería buena idea tomar algo de aire. Al salir de su casa saludó a la encargada del edificio con exagerada efusividad y luego caminó. Su camino estuvo guiado por las nalgas más bonitas que encontró por la calle. Miraba unas que le producían singular curiosidad y las seguía por donde fueran hasta cruzarse con otras que desviaban su recorrido. En cada una imaginaba furiosas noches de pasión. Después de vagar durante mucho tiempo por ahí, como ya oscurecía, decidió volver a su casa, a la espera de que el camino le trajera algún ocasional encuentro con algún conocido. Alguien podría cruzarse y hacer que los acontecimientos cambien. Como siempre, el Poeta no planificaba el futuro. Más bien dejaba que el presente lo tomara por asalto.