En un delirio de coraje apuro sin desmanes el vaso turbio. Por fuerza de alguna parte de su alma que aún no había puesto a prueba se mantuvo con la cabeza en alto. Los ojos frente a él se posaron sin mayores tapujos (como quien olvida la cortesía frente al asombro que produce lo inimaginable, lo imposible hecho posible) sobre la copa vacía.
- Vamos, veo tu cara... ¿tan cobarde te parecí como para no verme capaz de tomar un trago?
- No presumas, que la ebriedad te ha de brotar para que me increpés de esa manera. Recomendaría que te pararas con cuidado si acaso querés mantener algo de tu orgullo. Bah, tarea perdida es esa...
- Imbécil, puedo hacer más que pararme. Puedo hacer incluso que aquella mujer – acompañó sus palabras con un gesto demasiado poco alegre – hoy duerma conmigo.
- Ja ja ja, pagaría tus copas más seguido si me dieras espectáculos así más a menudo.
Cruzó los brazos y bufó. Su irritación era típica de aquellas enervadas pasiones del licor. Caviló unos instantes en silencio y luego, rascándose la cabeza (agregaría: como un simio) trató de hablar. Mas no encontró en su boca más respuesta a los impulsos de su mente que un balbuceo casi suspirado. Carraspeó. Tartamudeando volvió a sujetar su lengua para que deje de sublevarse. Sabrán, sanos varones, que alcohol y retórica no son una mezcla reglamentada. Volvió a rascarse.
- Hum... creo que olvidé que tenía para decirte.
- Y luego el imbécil es uno...
- Calláte, no me dejas pensar.
Unos momentos más pasaron en completo silencio. Se podría inferir que era un silencio cargado de tensiones. Pero eso afearía la escena graficada entre los dos concomitantes, por eso prefiero alejar esto de impresiones subjetivas.
El eco sonoro en su cabeza era constante. Casi podía asegurar que escucharía en breve el anuncio de un tren partiendo desde su cráneo a alguna otra parte de su cuerpo. La sirena chirriaba estridente y ahogaba sus pensamientos, como todo tren hace con las voces de los pacientes pasajeros habitantes de los andenes.
Dolían sus sienes ya por el eco. Veía que la persona que tenía enfrente hablaba, pero no escuchaba palabra alguna. Es que el tren había partido llevandose consigo a su conciencia. Su compañero se difuminaba en ideas chorreantes, como pintura fresca sobre la que se pinta con variadas formas y colores. Estaba alienado de la realidad(veo que agrada el marxismo, ¿cómo privarme entonces de sus términos?). La verdad de todas maneras es que tenía demasiadas cosas para decir y la ginebra era su único organizador. Sintió un repiqueteo de palabras. Era su compañero pugnando por robarle aunque más no sea una frase coherente. En su mente sintió algo así como la entrada a un túnel. Vió negro todo aquello que no era su frente. Comenzó a escuchar nuevamente, pero la percepción continuaba aún más atenta al traqueteo del tren mental.
- Hey, idiota, salí un momento de tu borrachera y hablá, ¿querés?
- Hum, te dije que te callaras, ofuscás mis pensamientos. Ah, al fin recordé que tenía para contarte. Y tambien recordé porque estoy ahora bebiendo.
Se tensó el nudo ya prieto de su corbata, tosió casi por formalidad y pausadamente (tal vez demasiado pausadamente) su discurso comenzó a fluir.
A borbotones, las palabras se despegaban del manto oscurantista del destilado berreta. Si, oscurantista. Porque la razón era tapada por él.
- Bueno, convenimos encontrarnos acá por un motivo, ¿no?. Si, claro, ¿por qué sería si no?, je je je – la risa delataba un fuerte estado de ansiedad o nerviosismo, vaya uno a saber – Ejem, en fin, sabés que aprecio tus valoraciones y es por eso que te llamé hoy.
- Podés dejar de dar vueltas que nos conocemos demasiado ya...
- Si, claro, claro. Bien, hemos de hacer la revolución. Por eso es que me he estado embriagando.
- Sos un idiota...
- Vamos, sabés muy bien que no lo soy. Mi apellido es ruso, llevo la revolución en la sangre. Es solo cuestión de inflamar otros espíritus afines. Sabes como es esto – se apoyó sobre la mesa y sus ojos comenzaron a brillar, parecía que el tren ya había pasado – un poco de proselitismo, un par de discursos con notas al estilo de un manifiesto y ya está, el odio reprimido de las masas hace el resto: asaltos y fusilamientos, si, fusilamientos. No hay revolución sin ajusticiados. Tengo ya todo en la mente. Vas a ver, seremos como Lenin, como Franco, seremos dioses encorvados sobre la cima de la humanidad. Dioses... que reclamarán el misticismo que la humanidad ya perdió y pide a gritos. Seremos redentores, si, eso seremos: Redentores de la humanidad.
Había ya encendido otro fuego además del que ardía en él por la ginebra. Sus pequeños ojos grises se bamboleaban movidos por algo que parecía querer fugarse de su cuerpo.
- Estás “mamado”, no sabés de que estás hablando. Y, suponiendo que tomaras el poder, ¿qué harías con él? Bastante te cuesta mantenerte en pie a vos mismo, no podrías sostener ni loco un país.
- Esas son minucias, primero hay que tener el poder para ver que hacemos con él más tarde. Ahora, bueno, ¿estás conmigo o no?
- Bah, ¿qué más da?. Verte borracho vale asumir tus estupideces; dale, a ver, ¿qué tenés pensado?
Estaba feliz. Sintió que convencer a su amigo equivalía a conquistar una capital perfilada en una escarpada montaña y desafiante ante cualquier asedio. Ya tenía la espada de Marte, ahora faltaba andar el camino previsto.
Los rincones amarillentos del bar comenzaban a mezclarse con el amarillo tibio del Sol. Se avecinaba la hora en la cual hasta las arañas buscan abrigo. Los dos amigos miraron con sorpresa la ventana. Los sorprendió lo más seguro y ambos se miraron suponiendo el modo atroz con el que los sorprendería lo terriblemente inseguro. Se paró apoyandose casi plenamente en la mesa. Su enviada inicial hacia adelante casi lo hace volver a besar los vasos vacíos. Su amigo se sonrió y palmeó la espalda de su borrachín compañero. ¿Cómo la revolución podría salir de un bar de mala muerte, lleno de parias y depresivos bohemios? Al fin comprendió la magnitud de su afirmación...
La revolución estaba caminando como siempre y daba siempre el mismo primer paso. Un antro oscuro daba la luz para la reforma, la Reforma, la Señora Reforma.