Cobijado en la soledad me disponía a prender otro cigarrillo cuando el ruido del teléfono irrumpió pidiéndole permiso al silencio. Me sobresalte al pensar que podía ser ella. ¿Pero por que habría de llamarme? No lo se. Dejó de sonar, mejor así, o tal vez no. ¿Y si era ella? Me importa un carajo. Aunque se que no es así. Entonces me armo un caño, me olvido y chau.

La cerveza congelaba mi mano mientras se vaciaba lentamente en el vaso sucio y rajado. La casa comenzaba a hacerse cada vez más pequeña, como si la soledad me fuera atrapando, acechando, fundiéndose conmigo. Era la casa, esos recuerdos, el incesante blues entrando por mis oídos, escapándose de mi boca. O tal vez solo era el faso, el alcohol, o la mera nostalgia. Y el exterior que empezaba a resultarme ajeno, extraño, cada vez más lejano. Y otra vez el teléfono, pero estoy muy drogado para recordar donde lo deje y tampoco creo poder levantarme.

Si, tenia que ser. ¿Quien más sabría que estoy acá? ¿Quién, además de la soledad, me conoce tan bien? Después de todo, yo la busque. Si, lo hice, en esos ataques de desesperación que proceden o anteceden. Y la cabeza que empieza a pesarme, y el dolor se escurre por la espalda, me adormece. Y tal vez, ese día, era eso, ella y yo y nadie más.

¿Donde deje los cigarrillos? La mano me tiembla. Creo que estoy bajando. Tengo ganas de llorar, si, debo estar bajando. ¿Pero como se que no es esto la alucinación, lo onírico, una pesadilla de la cual no puedo despertar? Solo puedo soñar, puedo soñar con la felicidad, con la tranquilidad, con lo que algunos llaman la buena vida. No podemos pensar en términos de realidad e irrealidad si vivimos en un interminable sueño con miles de variantes. Un sueño del cual se puede escapar, se puede ir mas allá, donde las mascaras caen y quedamos desnudos, indefensos en la intemperie del sentimiento, lejos de la razón y la moral, lejos de ella y sus ilusiones artificiosas de amor.

No, no baje, sigo aquí, hablándole a la soledad, viéndolo en el teléfono, sonriente, satisfecho. Lo veo colgar y cambiarse la camisa, calzarse y elegir la mascara adecuada para la noche. Lo veo salir por la puerta sin antes recordar arrastrarme detrás suyo.

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