Freire, Paulo (1985). De las virtudes del educador.
(Discurso pedagógico para uso didáctico. Versión audiodigital del texto producida con TEXTALOUD por Eugenio Corrales Prada. Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2005.)
El viernes 21
de junio de 1985 se presentó en el Centro Cultural General San Martín,
el educador brasileño Paulo Freire. Durante su conferencia, el Profesor
Freire –quien hacía 12 años no visitaba Argentina– recordó
que fue en este país que un alumno le formuló la pregunta fundamental
“¿Qué es preguntar?”.
«Como educador, y como político,
hay un tema que me preocupa mucho a nivel práctico-teórico:
es la reflexión crítica sobre las virtudes del educador. No
como virtudes con las cuales uno nace, ni como un regalo que uno recibe,
sino por el contrario como una cierta forma de ser, de encarar, comprender
y comportarse, que uno crea a través de la práctica política,
en búsqueda de la transformación de la sociedad.
Esta virtud no es una calidad abstracta que existe antes. Es algo que
yo creo y porque creo conozco; creo con los otros y no sólo individualmente.
Estas virtudes no son virtudes de cualquier educador o educadora sino de
los educadores y educadoras que estén comprometidos con un sueño
político por la transformación de la sociedad, en el sentido
de CREARSE socialmente, históricamente, para marchar hacia una sociedad
más justa.
Yo voy a plantear la primera virtud o calidad que me gustaría subrayar:
es la virtud, no muy fácil de ser creada, de la coherencia; de la
coherencia entre el discurso que habla de la opción, que anuncia la
opción, y de la práctica que debería estar al servicio
del discurso, confirmándolo. Es la virtud según la cual necesitamos
disminuir la distancia entre el discurso y la práctica.
Toda vez que yo me refiero a esta virtud en el plano político,
digo que es preciso disminuir la distancia entre el discurso del candidato
y la práctica del elegido. De tal manera que en un momento la práctica
sea también discurso y el discurso sea práctica.
Obviamente que en esta búsqueda de la coherencia –a mi juicio sería
imposible alcanzar jamás la coherencia absoluta y en segundo lugar
sería fastidioso–. Imaginen ustedes que uno viviera de tal manera
una coherencia que no tuviera posibilidad de comprender y saber lo que es
coherente, porque sólo es coherente. Pero si bien yo necesito ser incoherente
para tornarme coherente hay, sin embargo, también un límite
para la incoherencia. Por ejemplo, yo no puedo en mi criterio proclamar mi
opción por una sociedad participativa, en que al final las clases
trabajadoras asumen la HISTORIA, la toman en sus manos y al mismo tiempo preguntar
a un alumno que me interroga criticándome, si el sabe quién
soy yo. No es posible hacer un discurso sobre la liberación y al mismo
tiempo revelar en mi comportamiento, una profunda descreencia en las masas
populares. No es posible hablar de participación democrática
y cuando las masas llegan a la plaza y pretenden hablar decir “llegó
el pueblo y va a echar a perder la democracia”.
Por esta razón es que a mí me parece que la virtud y la
calidad de la coherencia, es la virtud norteadora, es –reafirmando la “Pedagogía
del Oprimido”– una virtud generadora de otras virtudes. Ella va desdoblándose
y contestando a las demandas que la práctica va poniendo.
Una otra virtud que emerge de la experiencia responsable es la virtud
de aprender a luchar con la tensión entre la palabra y el silencio.
Cómo contractar con esta tensión permanente que se crea en
la práctica educativa entre la palabra del profesor y el silencio
de los educandos, la palabra de los educandos y el silencio del profesor.
Si uno no trabaja bien, coherentemente, esta tensión, puede que su
palabra termine por sugerir el silencio permanente de los educandos o con
una apariencia de “inquietud” en los mismos. Si yo no vivo bien esta tensión,
si yo no sé escuchar, si yo incluso no testimonio a los educandos
qué es la palabra verdadera, si no soy capaz de exponerme a la palabra
de ellos, que penetre mi silencio necesario, yo termino discurseando “para”.
Y hablar o discursear “para” casi siempre se transforma en “hablar sobre”
que necesariamente significa “contra”. Vivir apasionadamente la tensión
entre palabra y silencio significa “hablar con”, para que los educandos también
“hablen con”. En el fondo, ellos tienen que asumirse como sujetos del discurso
y no ser meros receptores del discurso o de la palabra del profesor.
Vivir esta experiencia de la tensión en un espacio, demanda mucho
de nosotros. Para ellos hay que aprender algunas cosas básicas como
ésta. “No hay pregunta tonta ni tampoco hay respuestas definitivas”.
Yo diría incluso que la necesidad de preguntar forma parte de la naturaleza
de la existencia humana. El hombre y la mujer deben actuar sobre el mundo
y preguntar sobre la acción.
No es bueno conocer sin preguntarse y sin preguntar. Es preciso que el
educador testimonie a los educandos el gusto de la pregunta y el respeto
a la pregunta. En la Educación Liberadora, uno de los temas fundamentales
en el comienzo de los cursos, es una reflexión sobre la pregunta.
La pregunta fundamental enraizada en la práctica.
A veces, por ejemplo, el educador percibe en una clase que los alumnos
no quieren correr el riesgo de preguntar porque temen a sus propios compañeros.
Y yo no tengo duda, sin pretender hacer “psicologismo”, (no psicología)
que cuando los compañeros se burlan de aquel que hizo una pregunta,
suelo pensar si cuando ese profesor recibió una pregunta no fue él
primero quien hizo una sonrisa irónica descalificándola y sugiriendo
que quien la hacía era un ignorante. El profesor incluso, suele añadir
a esta sonrisa una advertencia como “estudie un poco más y pregunte
después”. Esta forma de comportarse no es posible, porque conduce
al silencio, no a la inquietud. Es una forma de castrar la curiosidad, sin
la cual no hay creatividad.
Pasando a otra virtud, que es complicada por ser un poco técnica
desde el punto de vista filosófico, es aquella de trabajar en forma
crítica la tensión entre subjetividad y objetividad, entre
conciencia y mundo, entre práctica y teoría, entre ser social
y conciencia. Es difícil vivir esta dialecticidad entre subjetividad
y objetividad y no es casual que éste sea un tema que acompañe
la historia de todo el pensamiento filosófico. Y es difícil,
porque ninguno de nosotros escapa andando por las calles de la historia,
de sentir la tentación de olvidar o de minimizar la objetividad y
reducirla al poder –que allí se hace mágico– de la subjetividad
todopoderosa. Y es entonces que arbitrariamente se dice que la subjetividad
crea la objetividad. Por lo tanto no hay que transformar el mundo, la realidad
concreta, sin las conciencias de las personas. Y este es uno de los mitos
en que han caído miles de ingenuos. El mito de pretender que primero
se transforman los corazones de las personas y después la realidad
material. Entonces “cuando se tenga una humanidad bella, llena de seres angelicales,
de esta humanidad saldrá una revolución”. Esto no existe, jamás
existió. La subjetividad cambia en el proceso del cambio de la objetividad.
Yo me transformo al transformar. Yo soy hecho por la historia al hacerla.
El otro equívoco que hay en esta tensión y que para mí
es fundamental para el educador estar lúcido y claro frente a él,
es el opuesto a esto.
Es decir, reducir la subjetividad a un puro reflejo de la objetividad.
Esta ingenuidad significaría que sólo sería suficiente
la transformación de la objetividad y al día siguiente tengo
una subjetividad maravillosa. La condición humana no es así.
La cosa es dialéctica, contradictoria, procesal. Quiero decir que
yo sufrí también estas tentaciones y en ciertos momentos caí
hacia la subjetividad. Esto significa, filosóficamente idealismo y
del otro lado sería el objetivismo mecanicista. Recuerdo, por ejemplo,
que en la “Educación como práctica de la libertad” tuve algunos
momentos que anunciaban subjetivismo. Pero este libro lo escribí hace
más de 13 años y muchos de los que lo critican, no han leído
después la crítica que yo hice de mí mismo. Cuando
yo hablaba del problema de la “concientización” (palabra que dejé
de usar por 1972 y de la que luego hice una buena crítica), la impresión
que tengo al leerlo hoy es que el proceso de profundización de la
toma de conciencia aparecía muchas veces de manera subjetiva; por
supuesto, también por causas históricas y sociales (hay circunstancias
en que uno es criticado por personas que no comprendieron históricamente
el tiempo del criticado). Era como que entonces yo pensaba que la percepción
crítica de la realidad, que su lectura crítica, ya significaba
su transformación. Y esto era idealismo. Pero, afortunadamente, como
no morí, pude atravesar estos caminos y traspasarlos, superándolos.
Una otra virtud que me gustaría plantear a ustedes es no sólo
comprender sino cómo vivir la tensión entre el aquí
y el ahora del educador y el aquí y el ahora de los educandos. En la
medida en que yo comprendo esta relación entre “mi aquí y el
aquí de los educandos” es que yo empiezo a descubrir que “mi aquí
es el allá de los educandos”, que no hay allá sin aquí,
es obvio. Porque incluso, sólo reconozco un aquí porque hay
algo diferente del mismo que es un allá, que me dice que aquí
es aquí. Si no hubiera un allá no comprendería donde
estoy.
Por ejemplo, si yo estoy en la calle –para estar hay sólo tres
posibilidades fundamentales– o en el medio, donde se corre el riesgo de
morir, o de un lado o de otro. Después de estas tres posiciones lo
que ustedes tienen son aproximaciones. Si yo estoy en este lado de acá
y percibo que el otro está en el otro lado, yo tengo que atravesar
la calle, si no, no llego. Creo que hasta el fin de este siglo la solución
será la misma. Es por esta razón que nadie llega allá
partiendo de allá.
Este es un tema muy olvidado por los educadores-políticos y por
políticos educadores. Hay que respetar la comprensión del mundo,
la comprensión de la sociedad, la sabiduría popular. Hay que
respetar el sentido común, en nombre de la exactitud científica
que los educadores juzgan poseer (porque a veces solamente juzgan), en nombre
de esta sabiduría hecha de caminos rigurosos, en nombre de que las
masas populares necesitan de esta sabiduría que nosotros ya tenemos;
olvidamos negligentemente, minimizamos, desconocemos la percepción
que los grupos populares están teniendo de su concretud, de su cotidianeidad,
de su mundo; la visión que tienen de la sociedad. Esta postura mía
es criticada por algunos estudiosos en Brasil. Pero yo subrayo: leer es una
cosa muy difícil y muy responsable. Y hay que tener mucho cuidado de
que al leer un texto, prohibirse estar leyendo no el texto que el autor escribió
sino el texto que al lector le gustaría haber escrito.
Hay quienes dicen en Brasil que “las tesis de Freire implican que el educador
debe quedar al nivel de sabiduría popular de los educandos”. No, yo
creo que hay una diferencia semántica muy grande entre “quedar” y
“partir”. Yo hablo de partir de los niveles en que se encuentran los educandos.
Esto es, alcanzar el aquí pasar por el allá, que es el aquí
de los grupos populares. Allí existe una tensión grande. Por
otra parte, esta virtud se prolonga a una otra que es cómo rehusar
caer en posturas espontaneístas sin caer en posturas manipuladoras.
Hay quienes piensan, ingenuamente, que el contrario positivo de la manipulación
es el espontaneísmo, como hay quienes piensan que el contrario positivo
del espontaneísmo es la manipulación. No, yo rechazo los dos,
porque uno no es el contrario positivo del otro. El contrario positivo de
los dos es la posición sustancialmente democrática, radicalmente
democrática. Y no hay que tener miedo de esta palabra.
Esta virtud se prolonga a la otra de vivir intensamente la comprensión
profunda de la práctica y la teoría, no como yuxtaposiciones,
no como superposiciones, sino como unidad contradictoria, la reunión
contradictoria de estos elementos. Que la práctica no puede prescindir
de la teoría. Entonces, hay que pensar la práctica para poder
mejorarla. Esto demanda una fantástica seriedad, rigurosidad y no
da pie a la licenciosidad. Esto demanda estudio = creación de una serie
de disciplinas. Esta cuestión de pensar que todo lo que es teórico
y académico es malo, es absolutamente falso y hay que luchar contra
esto. No hay que negar el papel importante, fundamental, iluminatorio, de
la teoría, que sin embargo deja de tener cualquier repercusión
si no hay una práctica seria. Por ello, yo creo que la formación
de los educadores populares es una de las mayores preocupaciones y un capítulo
fundamental.
Una última virtud que yo quisiera mencionar en este encuentro es
la de aprender a experimentar la relación, tensa también,
entre paciencia e impaciencia. De tal manera que jamás se rompa la
relación entre las dos posturas. Porque si uno rompe en favor de
la paciencia cae en el discurso tradicional de quietismo. Y si nosotros rompemos
esta relación dinámica, tan dinámica como la relación
práctica-teoría, en favor de la impaciencia caemos en el activismo
que olvida que la historia existe y entonces en nombre de una postura dialéctico-revolucionaria
caemos en el idealismo subjetivista prehegeliano. De ese modo pasamos a programar,
a decretar una realidad que existe únicamente en la cabeza de la
gente, en su mente y que no tiene nada que ver con la realidad externa.
Y esta última virtud que mencioné, es la que nosotros encontramos
en los grandes líderes revolucionarios de la historia, la de vivir
“pacientemente impaciente”, nunca sólo pacientemente, nunca sólo
impacientemente. Esta virtud de vivir la impaciente paciencia tiene que ver
con la comprensión de lo real, con la comprensión de los límites
históricos.
Y todo esto, a su vez, tiene que ver con la relación entre lectura
del texto y lectura del contexto. Esta también debería ser
una de las virtudes fundamentales que deberíamos vivir para testimoniar
a los educandos tanto en lo sistemático como en los grupos de educación
popular. Esta experiencia indispensable de leer la realidad sin leer las
palabras, para que, así, se puedan leer bien las palabras. »
(Buenos Aires, 1981-06-21)
Revisado y distribuido por: Eugenio Corrales
Prada.
http://www.geocities.com/eugeniocpd/freire2.htm
[email protected]
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Ver también:
Discurso de
Paulo Freire: La importancia de Leer.