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EL 23 de julio de 1860 nacía en Bogotá, José María
Vargas Vila, hijo de soldado, venido al
mundo entre el estrépito de la contienda revolucionaria, bajo el signo de la
belicidad, y que, comenzando a
pelear con la espada, continuaría haciéndolo con la pluma, hasta el fin de sus días humanos. No sospechaba Colombia, ni sus advenedizos autócratas, ni tampoco sus huestes liberales, que
en ese niño bogotano estaba presa la inapagable chispa de la libertad. Dos décadas, y lo conocerían.
Hacia 1886 y en la ciudad
venezolana de Rubio volvemos a hallar a
Vargas Vila. No está solo allí, sino que compañeros de militancia insurrecta lo son asimismo de su
Orgulloso infortunio. Ved a
Ezequiel Cuartas Madrid, quien no sospecha entonces su próximo fin, su trágico fin en la cruz,
atravesado por el plomo de los
servidores de la autocracia colombiana, después de haber participado en nueva revuelta. Ved también
a Avelino Rosas, quien dirá más
tarde un importante rol en la guerra de Cuba y habrá de morir en otro
levantamiento colombiano, pendido de un árbol
y su cuerpo roto por las balas enemigas. Y
está, además, Emiliano Herrera, que fallecerá en
Nicaragua.
Carlos Estrada y sus amigos de
San José de Cúcuta, sus buenos amigos, sus
raros amigos, logran editar —parece— Aura
o Las violetas. Estamos
en 1887. En el mes de mayo de este año prevacía Vargas Vila su
obra, "este manuscrito trivial y doloroso,
sin otro encanto que el de su ingenuidad".
En los últimos de 1888 publica en cierta revista
literaria de Maracaibo su pequeña novela Emma. Y en los comienzos del siguiente año, "Ecos de Zulia" da, en
forma de folletín, Lo irreparable. El editor local Betancourt reúne en
solo volumen Aura, Emma y Lo
irreparable.
En 1895 da a conocer Flor
de Fango, una de sus más
popularizadas producciones, que ha visto caer sobre ella el veto religioso
de las diócesis de catorce países de América, como ocurre asimismo
con La demencia de Job. Flor de Fango es la descripción, en un estilo
todavía inhábil y opaco, con escaso relieve de situaciones y de
caracteres, de la vida de una muchacha modesta vencida por
su propia virtud y por la
ignorancia y la calumnia
de los
pueblos incultos. Tiene la obra un palmario sentido social. Y en lo que se refiere a la forma,
es curioso destacar que
en los cuatro años de diferencia que
hay entre Flor de Fango e
Ibis se verifica, en cuanto a técnica literaria, todo un proceso evolutivo. De ella dice su autor:
"en Flor de Fango,
se ha creído ver, encarnado en una mujer,
el mito de mis rebeldías;
absurdo; la heroína de ese libro vivió; y,
su tragedia, yo, la vi vivir; ¿en dónde? la
vetusta ciudad que la
albergó lo sabe bien... ella repite
diariamente esa tragedia bajo otras formas."
"Flor de Fango —escribe
por su parte Escobar Uribe—,
es un realísimo asunto, cuya verdad ha de correr siempre produciendo la cólera y el estupor entre las almas de Colombia...”
En 1899 (¿ó
1900?) aparece Ibis, la
más debatida de las producciones de Vargas Vila. En el prólogo
escrito para su obra en Roma presiente
el autor que para Ibis la publicidad
ha de ser un campo de batalla.
Y no marra. ¿Cómo no va a
ser combatido si es audaz, en las concepciones
y el vocabulario, si es
crudo en la pintura, si
es paganizante? Sin mucha imaginación
puede adivinarse en el "maestro" del relato al propio
Vargas Vila. Más de un rasgo autobiográfico hay
en sus páginas, maguer quiera
ponerlo en duda él mismo,
cuando en otro lado expresa:
"Ibis, aquel
libro de Fatalidad, por el cuál, es público,
que se han
suicidado diez y siete personas, siendo por eso apellidado la Biblia del Suicidio, que
ha disuelto tantos matrimonios,
roto tantos idilios, ajado tantos gérmenes de poemas; me
ha ocasionado tan rara y dolorosa correspondencia, de anatemas de las víctimas, y, gritos de Victoria de los vencedores, que si yo publicara algún día ese Epistolario se vería el más extraño
caso de sugestión literaria que
un libro puede ejercer sobre almas angustiadas y
dolorosas."
El 1900 es el año de la redacción de Rosas de la tarde, que con Ibis y Flor
de Fango integra la trilogía de sus más célebres producciones. Y como ha ocurrido con casi todas las
de su inspiración, se supuso
a ésta, también, autobiográfica.
En la capital francesa da a conocer su triple
obra El alma de los lirios, constituida
por Delia, Lirio Blanco; Eleonora, Lirio Rojo y Germania, Lirio Negro. Tocante a dicha producción dirá más tarde:
"en las tres novelas que
forman El alma de los lirios, sólo en una, en el Lirio Blanco, estuvieron de acuerdo los críticos en no buscar mi personalidad; en cambio se empeñaron, en
hacerme la figura central del Lirio Rojo, el Artista corrompido y corruptor, que vive tan extraña vida intensa, que yo vi
vivir a otros, en Roma, y ha habido
quien mira con curiosidad mis manos extrañándose de no verlas ardidas
por el vitriolo de Eleonora (alusión
a un pasaje de la novela); y, ¿no ha habido quien
ha creído que yo maté de
veras, mi hijo, por disputarle una hembra, tal como lo describo en la página final del Lirio Negro?"
La
simiente —novela ideológica— la concluye en París.
Presenta
allí un personaje hipercerebral, que no vacila ante las peores acciones con tal de evitar la perpetuación de
la existencia. Sin embargo, ese
intenso deseo de no propagar la vida no le impide ser un voluptuoso y un sensual, de modo que, cuando ha cedido a sus instintos y ve las consecuencias de
ello, recurre a métodos despiadados
para evitar lo inevitable. El asunto es de los preferidos de Vargas
Vila, que en otras novelas suyas lo retoma. Y se
basa en que la perennización de la vida sobre el mundo es la perennización de la miseria, del dolor, de todos
los males, en suma, derivados de la
vida misma.
Desde 1921 se había
comenzado a hablar, en los periódicos, de una posible jira(sic) de
Vargas Vila por el continente americano. Sería su penúltimo
viaje, a la vez que el
postrero en la tierra, pues el último de
todos era el que le esperaba y que llegaría más de diez años después: el viaje a las celestes
praderas del no ser, a las colinas del
olvido total e irretornable, del sueño definitivo y placentero ...
En el estío de 1922
pasó por una grave enfermedad, que hizo periclitar su existencia. Sanó, empero, y el 12 de diciembre de 1923, decisa ya su jira, embarca en la Bahía de
Barcelona, en el "Re Vittorio".
Y cuando esa que
llama «fatigada y vencida», Europa, lo tenga de nuevo entre sus brazos seniles, dirá, al prologar Polen lírico:
"continúo en vivir y
continúo en combatir, sin saber el lugar en
el cual he de caer, muerto, como un Hoplita, sobre su Escudo; Y,
tal vez estas Conferencias, serán el Último Eco de
mi voz sobre la Tierra;
"he vuelto a mi
Soledad; y, quiero morir en ella; guardando el Silencio de mis Labios; ya que no el Silencio de mi
Pluma; Y mi corazón sabe, por qué teme,
que este Libro mío, sea... el canto del Cisne; mi último acento de Tribuno;
“es tal vez por haber obtenido
todas las Victorias, que ya no se
ama ninguna; y es por haber apurado todas las Derrotas, que
no se tiene ya el temor de ellas; Yo, atravesé los mares sin emoción; viví, en las ciudades encantadoras, sin
sentir su encanto; fui admirado;
agasajado; aplaudido; discutido; defendido; y aclamado... y vuelvo fatigado y
aturdido, a las playas de mi
Soledad, para morir en ellas; ...
tanto más feliz, cuanto
más solo..."
De este modo concluye su
"Odisea Romántica", de este modo entra definitivamente en la
retiración habitual del mundo en que por largos períodos gustó inmergirse. Sus últimos años fueron ingloriosos. "Murió oscuramente —dice
Alejandro Magrassi—, ciego y
casi olvidado en Barcelona, en 1933, en momentos en que asuntos más urgentes reclamaban la atención del país...”
Alberto Giordano
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