Artículo publicados en el diario Síntesis por: Miguel Santiago Reyes Hernández Para
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Publicado en Síntesis el 9 de Noviembre del 2001 YOHUALA TONALTZIN NO VE QUIEN QUE NO QUIERE VER Camilo Estrada Luviano Toda actividad económica del ser humano siempre ha estado encaminada a obtener aquellos objetos que satisfagan sus necesidades y al lograrlo siempre le han surgido nuevas necesidades y, consecuentemente, en este constante avance logró producir un excedente, lo que le facilitaba, en cierta medida, conseguir los satisfactores que consideraba indispensable para él, realizando intercambios entre otros individuos de su mismo género. Con los de otra especie, hasta hoy, esto es imposible, por razones más que obvias. Al
surgir el intercambio entre los humanos, éstos tuvieron que cuantificar el
trabajo invertido en hacer aquello que cambiaban, para no dar más de lo que
recibiría, y decimos que tuvieron que cuantificar el trabajo, porque es lo
único que tienen en común todos los objetos intercambiables; la cuantificación
de lo subjetivo es menos que imposible, eso significaría introducirnos en un
mundo fantasmagórico en donde cada cual valora como desee, guste o se vea
compelido. Así,
a la par con el intercambio, surge la cuantificación del valor y se impone el
hecho de que todo se intercambia por su igual en cantidad de trabajo abstracto.
Y esto es lo que sucede cuando intercambian productores directos. Cuando el
intercambio ya no lo hacen esos productores directos, sino personas dedicadas a
eso, surge entonces el problema de que esos mercaderes tienen que ganar algo y
ese algo no surge de la nada. La única fuente de ganancia que pueden obtener ellos
la tienen que sacar forzosamente de aquellos productores que le dan a
intercambiar esa o esas mercancías y entonces, de nueva cuenta, surge la
cuestión de saber ¿de dónde pueden estos productores obtener esa ganancia? y no
se puede haber otra respuesta que no sea que si lo que se está intercambiando
es trabajo y de ese intercambio se obtiene ganancia, ésta será precisamente
trabajo materializado; y el que cristaliza trabajo en objetos es única y
exclusivamente el que lo realiza y, si no hablamos de productores directos,
entonces obligadamente tenemos que concluir que hay una parte de trabajo que no
se le paga al trabajador, -al obrero, si hablamos de fábricas-, y es ese
trabajo no retribuido el que se reparten, tanto el que vende las mercancías,
como el que las da a vender que, aparentemente, es el que las produce. El
intercambio de mercancías se ha dado desde hace algunos milenios, aunque no
desde el origen del hombre, y desde entonces ha habido la apropiación de este
trabajo ajeno, aunque de diferentes maneras y, en ocasiones, con sus
particularidades. Pero siempre ha sido la ganancia el motor del intercambio
para satisfacer las necesidades de los humanos y esto ha traído como
consecuencia que la sociedad ha ido aumentado y, consecuentemente, desarrollando
la producción. En el fondo, es de esto de lo que habla cuando se toca el tema
sobre crecimiento y desarrollo económicos y estos crecimiento y desarrollo son
los que han originado las guerras entre los diferentes países, cuando se han
dado, entre ellos y si hablamos de nuestra época actual, en el que el
capitalismo es el modo de producción dominante, tanto la gran guerra europea,
llamada Primera Guerra Mundial, como la Segunda Guerra Mundial tuvieron como
causa el reparto del mundo entre los países que habían desarrollado su
producción y su comercio. Hay un muy desagradable incidente, para los
capitalistas, en 1917, el triunfo de la revolución bolchevique y el surgimiento
de las repúblicas soviéticas a las que trataron, primero de destruir, luego de
aislar y, por necesidad, se aliaron a ellas para acabar con Hitler, pero
después volvieron a la carga contra ella declarándoles la así llamada “guerra
fría” y, por último, junto a la ayuda del papa polaco y la traición de la mayor
parte de la Nomenklatura soviética lograron, por fin, que desapareciera la
URSS. Pero, salvo este incidente, al que poco después se le agregaron otros
“incidentes” similares, todas las guerras capitalistas se dan entre ellos que
cuando defiende sus propios intereses son fieras bravas entre sí y se
despedazan como si fueran aves de rapiña con su presa. Claro que los que se
mueren no son los capitalistas, sino la gente que produce, es decir, los
obreros y los campesinos y que, a pesar de esto, no son dueños de nada más que
de su propia esclavitud. Si
así se hace la historia, si la sociedad está dividida en gente que trabaja y
gente que se apropia del trabajo ajeno, ¿cómo, sin dejar de ser cuerdos,
podemos dividirla entre gente del estado y gente de la sociedad civil? Si
podemos hacer esto, también la podremos dividir entre masculinos y femeninos,
para indignación de los heterodoxos en cuestiones de sexo; o entre feos y
bonitos o altos y flacos o “triunfadores” y “perdedores” o entre fresas y nerds
o estos y aquellos, etc. Sólo, única y exclusivamente no ve quien no quiere ver y no se vale hacerse lo que no. |