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El Torqués |
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| Estaba
desorientado. No sabía cómo hacerlo. Si sus poderes mágicos
estuvieran activos, todo sería tan fácil. Probó con
su bastón pero, como era de esperar, estaba inerme desde que Mackni
le había ganado la lucha por el torqués. Ahora estaba en poder
de Mackni y sería inútil intentar nada hasta que pudiera rescatar
el torqués y volver a ceñirlo a su cuello. A pesar de que
esta joya no era la depositaria de su magia, ya que ésta residía
en su cerebro, tenía una supersticiosa creencia que le hacía
pensar que sin el aro no podía ejercer de mago. Había dos
soluciones, retar a muerte a Makcni o ser lo bastante fuerte intelectualmente
para que sus poderes volvieran a él. Necesitaba la ayuda de su maestro pero, por desgracia, había desaparecido en la niebla que cubrió el Territorio del Azul durante varias semanas. Pensó que no se daría por vencido; Dragonés le ayudaría a concentrarse lo suficiente para poner fin a la situación en la que se encontraba. Fue a verle a su morada, la cual, como de costumbre, estaba alumbrada por miles de velas de la más fina cera de abeja que se producía en el Territorio. Dragonés vivía en la opulencia, si así se puede llamar a vivir solo en una cueva natural que existía en la unión entre dos colinas próximas al Río Seco, sin ambicionar nada que no tuviera. - Hola ¿hay alguién - Estoy aquí, Luisien. Sabía que vendrías a buscarme. Lo he visto en el agua del pozo al lavarme esta mañana. - Sabes que no es cierto –respondió Luisen- No tienes poderes de clarividencia. - Sólo quería gastarte una broma. No seas tan susceptible. ¿Qué te trae por aquí? - Necesito que me prestes tu cubículo para poder recuperar mi magia. He de alcanzar la concentración total para recuperar el torqués que me ha arrebatado Mackni. - No hay problema, me disponía a salir de caza; puedes disponer de toda mi cueva durante los próximos días –respuso Dragonés mientras terminaba de llenar el carcaj- - Sabes que sólo utilizaré el fondo de la cueva, allí donde ni siquiera llega la luz de las velas –hizo saber Luisien- - Pues te quedas solo, me marcho antes de que llegue la noche para poder comenzar la caza al amanecer. Cuando Luisen se quedó solo, se dirigió a la parte más oscura de la caverna y se sentó en el suelo que estaba seco y que le produjo una desagradable sensación de frío al contacto con su cuerpo. - De acuerdo –dijo en voz alta, aunque nadie le escuchaba- miraré en mi interior hasta llegar al centro de mi magia y poder volver a activarla. Luisen se concentró en sí mismo. Desapareció la oscuridad, el frío, la soledad y, en el fondo de su mente, comenzó a perfilarse una lucecita azul como el hielo antiguo de los glaciares. Estaba consiguiéndolo. La luz se convirtió en una estrella potente que llenaba su cabeza y comenzó a cambiar de color hasta volverse amarilla, amarilla como el oro del que estaba hecho el torqués. Comenzó a relajarse, el esfuerzo le había dejado agotado y se dio cuenta de que había acabado tumbado sobre el suelo. Al incorporarse, se pasó las manos por el pelo y notó que el torqués adornaba su cuello. Una vez más los consejos de su maestro habían dado resultado. La confianza en sí mismo le había devuelto la joya y con ella, la magia. No era necesario un desafío a muerte. Había vencido a Mackni arrebatándole el collar sólo con el poder de su mente. Salió al exterior y el amanecer le pareció nuevo como el primer día del mundo, si es que había habido un primer día. Fin |
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| por: Encarnación Martínez Alcantara |