|
Caminaba por un sin fin de mundos desde hacía una eternidad. O por un solo mundo enorme. Por
muchas dimensiones y por ninguna, pues el universo era muy complejo y ni siquiera ella había visto donde
empezaba o donde acababa. Caminaba lentamente, sin prisa ninguna, con toda la tranquilidad que solo la
inmortalidad y el poder absoluto pod�an otorgar. Si uno la miraba pod�a ver que era rubia, o pelirroja, a ratos
morena, joven y hermosa como la primera ma�ana de los tiempos o vieja y terrible como la muerte de un
mundo.
Ella era Ella, de una forma o de otra. Sabia, poderosa... y triste. Con un solo gesto de su dedo la muerte le
obedec�a, a su paso brotaban y crecían árboles centenarios para morir inmediatamente despu�s, las mon-
tañas quedaban desfiguradas en su presencia y los mares enloquec�an o se secaban cuando ella los
cruzaba en su eterno peregrinar. Tenía miles de nombres, tantas como civilizaciones mortales la hab�an visto,
muchas de las cuales hab�an sucumbido para volver a renacer bajo su mirada, pues ella era el mal y el bien.
Miles de nombres en miles de mundos, pero su favorito era el que le puso una antigua y ya inexistente raza
de Elfos de un mundo que agonizó hace eones, Haularan'hialaran. Era un nombre con mil significados,
todos hermosos y todos terribles, como ella.
Era el suyo un caminar triste. Un caminar eterno hacia un destino que conoc�a solo a medias, y
eso le asustaba, pues aunque infinito era su saber, no alcanzaba a atisbar el futuro, un futuro que sab�a
estaba escrito por una mano a�n m�s poderosa que ella, una mano que la obligaba vagar por la creaci�n en
pos de un fin, todo dentro de un plan c�smico concebido m�s all� del tiempo. �Era Ella obra de esa mano o
era simplemente un instrumento? No pod�a decirlo, pues para ella su origen estaba velado por la misma
niebla que le imped�a intuir el futuro.
Hab�a llegado a un nuevo mundo casi sin darse cuenta. Era una ciudad grande, muy parecida a
otras muchas a las que hab�a llegado, pero en esa en concreto no hab�a estado nunca antes. En medio de la
ciudad se alzaba una impresionante torre de hierro, una mole rojiza que desafiaba con su a altura a las nubes
que parec�an huir de ella. Haularan'hialaran la mir� fascinada, pero no vio solo el armaz�n de hierro elevarse
contra el cielo, vio el esfuerzo, el sacrificio de una raza mortal levantando aquel monumento solo para la mera
satisfacci�n de sus almas, desafiando sus propias limitaciones perecederas en plasmar con sudor y hierro la
inmortalidad de su alma, poniendo al l�mite su intelecto y sus fr�giles cuerpos. Maravillada y llena de
respeto dio un paso al frente y con una l�grima vio coma la torre se desplomaba derretida a sus pies ante el
terror de los ciudadanos que corr�an al ver su inmortal alma colectiva destruida de un modo que no
consegu�an comprender. Contempl� como la torre se convert�a en poco m�s que un charco incandescente y
pas� por encima del metal fundido con sus pies descalzos, pies de piel, de roca, de nada. El suelo se abri�
y tembl�, de miles de grietas saltaron lenguas de fuego que engull�an edificios, seres vivos, gritos, luz.
Dej� aquel mundo atr�s tan r�pido como hab�a llegado y donde estaba la torre se alz� una monta�a
de oro y de cada muerte sali� una vida, esa era su existencia.
Sab�a que no estaba sola. u alma estaba enlazada con otra alma, el alma de otro ser al que nunca
hab�a visto, pero que hab�a presentido desde siempre; otro viajero que la buscaba pero no pod�a encontrar,
pues estaba escrito que no se encontrar�an hasta el final, le sent�a cerca y lejos a un tiempo, y le odiaba. Le
odiaba pues sab�a que ser�a el instrumento de su final, y le amaba, pues el final le era deseable aunque
temido.
Estaba cerca. Tan cerca.
Entre los �rboles una peque�a figura corr�a desesperado. Era un muchacho de largos cabellos negros y
aspecto desali�ado que portaba una inmensa lanza. Era una arma extra�a, ya que no parec�a tener una forma
concreta y no estar hecha de ning�n material en especial. parec�a enroscarse en el cuerpo del joven como
una sinuosa serpiente, aunque realmente era un objeto s�lido y r�gido, que a ratos parec�a estar hecho de
bruma y dar la desagradable sensaci�n de albergar ida en su interior. El muchacho corr�a y corr�a
desesperadamente entre la vegetaci�n, a cada peque�o tramo que recorr�a miraba hacia atr�s. Un grupo de
unos veinte hombres armados hasta los dientes le segu�an de cerca. Enarbolaban enorme espadas y hachas
profer�an terribles gritos, hasta los �rboles parec�an temerles y apartarse de su camino. El muchacho
empezaba a cansarse y sus perseguidores estaban cada vez m�s cerca, afil�ndose los dientes, lobos a punto
de alcanzar a su presa. Escuch� la voz en su interior, como siempre, esa terrible voz que le hab�a esclavizado
y arrancado de su hogar hac�a ya tantos miles de a�os, esa voz que le hab�a condenado a vagar por el univer-
so por una raz�n que todav�a no era capaz de comprender. Escucho la voz que llegaba desde la lanza
directamente a su coraz�n.
KOSHEN, DETENTE. NO CORRAS. TIENES... TENGO EL PODER PARA ACABAR CON ELLOS
- �No! No m�s cr�menes, yo no soy un asesino, podemos huir.
���YO NO HUYO!!!
Koshen sab�a que no ten�a fuerzas para luchar contra el poder de la lanza. Se detuvo, no sab�a muy bien si
por su propia voluntad o por el poder del arma. Comenz� a sentir como el poder de aquel objeto maldito le
recorr�a por dentro y ensanchaba sus m�sculos y su alma hasta l�mites desconocidos por el hombre. Un grito
se escap� del ser en que se hab�an convertido Koshen y la lanza, unidos por un poder inmortal. Un grito
que zarande� los �rboles. Se lanz� contra sus asombrados perseguidores que no lograban entender que
estaba pasando. Todo termin� en unos segundos. Oscuridad. A lo lejos, muy a lo lejos, la voz de la lanza
DEL KAOS VENDR� EL ORDEN, DEL DOLOR UN NUEVO PRINCIPIO, DE LA MUERTE LA VIDA.
|