DESDE LO ALTO
Miralino
No podían ser más de las ocho cuando el sol empezó a volverse
verde sobre el horizonte.
El cielo se llenó de tonos esmeraldas y las nubes se apelmazaron unas
con otras formando torbellinos de cúmulos.El mundo moría lentamente bajo
la pesada capa de la tempestad.
Unos ojos grises miraron desde lo alto del acantilado. Miró, con sus
ojos ancestrales cargados de las telarañas que el tiempo había creado en
su existencia, y lloró.
Las lágrimas salieron de sus ojos, se hincaron en la piel desgarrando
la carne y se deslizaron por sus mejillas. Bajaron haciendo surcos en su
rostro y se detuvieron en la barbilla.
Apretando los puños se maldijo, a él y a todo.Miró hacia el pueblo, la
gente corría en busca de ayuda, huían hacia el bosque, hacia el mar, a
caballo.
Lloró, y las lagrimas comenzaron a amontonarse en su mentón.Levantó una
cansada mano y las apartó para dejar espacio a las nuevas.Alzó las
manos hacia el cielo y se descubrió los brazos y el pecho.El verde del
cielo se fundió con su piel.
Cielo santo, pensó, yo no quería esto.
Una mujer corría desde el puente con un hombre tirando de ella. El
miedo brillaba en sus ojos, podía verlo. El mismo miedo que había visto
cuando le había dicho lo que era.Ya no quería escapar más, estaba hasto de
escapar, de ver el mismo miedo en las caras de los niños. Pero era
tarde. La ira había sido demasiado fuerte, el dolor. EL remordimiento pasó
y una sombra de locura pasó por las cenizas de sus ojos. Rió. RIó como
sólo los dementes saben. Miró con satisfacción su obra, los gritos,
llantos, miedo.
Se abrazó las rodillas y sonriendo esperó al fin.
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