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» El show de Charly en Rosario, Santa Fe

En el show Charly estuvo distendido y de buen humor.

     Charly apareció disfrazado de jeque árabe: blanco riguroso, túnica en la cabeza, alpargatas y el clásico brazalete rojo de Say No More. Con una puntualidad inusual para sus shows (apenas diez minutos más tarde) arrancó con "Dileando con un alma", el mismo tema que abre "Rock and Roll yo", su último disco. Ante un Anfiteatro Municipal casi repleto, García ratificó una vez más que gran parte de la banda de sonido del rock nacional de este país está hecha con su música. Y si no, que lo expliquen los pibes que no habían nacido cuando salió "Clics modernos" en 1983 y el viernes pasado cantaron "Nos siguen pegando abajo" como si fuese el último hit de la MTV. "La vanguardia es así", diría Charly. Y algo de razón tiene.

     Ir a ver a Charly García es casi como acto de fe para la comunidad rocanrolera. Un trapo con la imagen del Che junto a la expresión Say no more mezcló generaciones y sentimientos. Quien lo flameaba en la calurosa noche del show podía tener de 14 a 50 años, qué mas da, era del palo. Al líder revolucionario lo llevaba en el corazón, y a Charly también.

            García tocó 15 canciones de un tirón, casi sin parar, en poco menos de una hora. En ese primer bloque mezcló con buen criterio temas de todas sus épocas, a excepción de Sui Generis, ubicado ya en su prehistoria artística aunque forme parte de los mejores recuerdos de su público.

            Charly estaba fresco, con los reflejos intactos, y con ese talento a prueba de balas que sabe ofrecer cuando está en condiciones. Con la salvedad de su voz, cada vez más flagelada y que oscurece la luminosidad de su música, hizo un show sin fisuras.

            Después de "Dileando..." regaló "Desarma y sangra", esa belleza del disco "Bicicleta", de 1980, y sonó con otro aire pero con la esencia intacta. Trascartón, la banda chilena demostró por primera vez desde que acompaña a Charly que puede sonar a la altura de las circunstancias. Kiuje Hayashida (guitarra), Carlos González (bajo) y Tonio Silva Peña (batería) se soltaron un poco más, le faltaron un poco más el respeto a sus instrumentos y tocaron de verdad. "El amor espera" los puso a prueba a base de un rock furioso que contagió energía.

            "Todo es Bagdad, Hollywood de acá", dijo Charly, haciendo alusión a su particular vestimenta, que ya la había estrenado semanas atrás en el Festival Verano Porteño. Y después llegó "Rehén", un tema en el que Charly repite esa fórmula de bajar un rock a medio tiempo y logra que siempre guste.

            Pero el momento en que la monada dijo presente fue en "Nos siguen pegando bajo (Pecado mortal)". Charly se sacó la túnica de la cabeza y se convirtió en aquel particular enfermero de otras décadas. Y su mirada hacia atrás lo llevó a convertirse en una suerte de milonguero pop. Sentado sobre el monitor y con guitarra eléctrica en mano se largó con "Popotitos" en medio del delirio generalizado. "Agarrame la vena, nena", vomitó Charly con una descarga entre agresiva y socarrona.

            En una versión más podrida y relentada, vino "Me tiré por vos" enganchada con "Noveno B", evocando esa travesura semisuicida desde un edificio de Mendoza. Y esa resaca mutó en ternura en un par de minutos con "Llorando en el espejo". "Qué locos éramos los dos en los buenos tiempos" cantó Charly y se le puso la piel de gallina a más de uno. Lo que siguió fue demoledor: "Seminare", "Yendo de la cama al living" y "Demoliendo hoteles", tres himnos del rock argentino que van a seguir sonando modernos pese al calendario.

            Intervalo mediante, el bigote bicolor entregó una versión más rítmica y menos emotiva de "Los dinosaurios", hizo un pasaje por su disco anterior "Influencia" y cerró con dos perlitas de su último CD. El riff del comienzo de "Rock and Roll yo" encendió las bengalas y "Asesíname" encendió los crickets. En ese último tema Charly hizo la mejor interpretación de toda la noche. Dio todo lo que podía dar y se fue. No hubo bises y tampoco un pedido insistente de la gente para que regrese. En poco más de una hora y media Charly hizo un show con lo mejor que puede hacer arriba de un escenario. Y lo más saludable es que siempre es un disfrute escucharlo tocar.

            Los mimos de una estrella

            Charly llegó en una limousine blanca. Con la pilcha de jeque, a más de un distraído se le habrá pasado por la cabeza que había llegado a Rosario un enviado especial de Emiratos Arabes. Pero no, era Charly, quien arribó a los camarines al saludo de "Hare Krishna", en medio de las carcajadas de los productores. Otra cosa que llamó la atención, pero ya propiamente en medio del show, fue la ubicación de la consola de sonido. Insólitamente se ubicó dentro del escenario, aunque en bambalinas, para que solo García pudiera ver a los operadores. Esto hizo que el sonido en escena sea impecable, ya que Charly nunca se alteró, como sucedió en Cosquín Rock. Sin embargo, mucha gente del público no pudo distinguir las letras cuando Charly cantaba y el sonido fue desparejo, ya que dependía estrictamente de la ubicación de los espectadores. Si el sonidista hubiese estado ubicado en medio del público, como siempre sucede, habría captado con más precisión lo que salía del escenario. La noche de Charly en Rosario no terminó en Rosario. Entre las 3 y 4 de la madrugada el rockero tocó en García, el bar de Pichincha. Toda una sana costumbre.


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