El alcohol, ciertamente, anestesia.
Pero también hace más vívidas las sensaciones, los
sentimientos y los recuerdos: Las imágenes que quedan grabadas como
fotografía fija, o como secuencia que se repite sin parar, obsesiva.
Y la profunda impotencia cada vez que me intento
justificar. Cuando pienso que no pude hacer nada materialmente.
Y entonces trato de volver atrás, para averiguar dónde,
cuándo, cómo pude haber hecho algo que no hice. O hice algo que no debí
hacer.
El whisky me dice: No debiste conocerla. Tú eras
razonablemente feliz antes de que apareciera para complicar tu vida, que tanto
te había costado organizar.
El whisky se contradice: Tienes tanto que echar de menos
porque tuviste mucho. Parece que estamos destinados a pagar muy caro cada
segundo de felicidad.
El whisky insiste: Olvida. Piensa en otra cosa. Haz planes.
Le cuento mis planes, pero todos se cruzan con Eugène:
Propuestas de futuro que ya no serán posibles, que no debieron ser imaginadas
siquiera, para no tener que estar a cada momento buscándola.
El whisky me miente: No te preocupes. Cuando vuelvas a
casa, ella estará allí para explicarte que todo ha sido una confusión; que
aquello no sucedió más que en tu imaginación.
El whisky me sigue engañando: Despertarás, dentro de un
rato. Y volverá a amanecer el día. Y no volverá a suceder nada de lo
pasado.
El whisky se excede: Despertarás, y nunca habrás estado
en este pueblo, no sabes dónde está Aranjuez. No sabes quién es Eugène, ni
el Doctor,... ni Mila. No conoces las calles arboladas, ni los estrechos
antiguos trazados, ni las corralas, ni los jardines ni las fuentes,...
El whisky me narcotiza, por fin.
No has cenado: Debiste hacerlo.
Ahora lo pagarás con una borrachera inmensa, con una
resaca larga y dolorosa.
Y todo seguirá igual que estaba.
El vaso largo, cubierto de rocío generado por el calor de
mi mano apretándolo con fuerza, el hielo casi agotado, no dicen nada.
El camarero me sugiere, con amable comprensión, que,
puesto que ya sólo queda que yo me vaya para poderse ir él, debiera
considerar esa posibilidad.
Ya recogió y apagó casi todas las luces, y la música
cesó hace tiempo.
Me invita a tomar otra copa con él, en otro local que
cierra aún más tarde.
Su invitación es sincera.
Pero era todavía consciente de mi incapacidad para ingerir
una sola gota más de alcohol.
Me abandonó, con una palmadita cariñosa, a la puerta de
su local.
De forma automática, tomé el camino a casa ¿A casa? ¿A
qué casa?
Hacía frío, o yo lo sentía.
La oscuridad tenía calidad densa.
(...)
Desde el mismo instante en que ella aceptó por los dos
nuestra entrada, se desencadenó una secuencia de acontecimientos tan veloz
que sólo retazos inconexos del sorpresivo tránsito se mantienen en mi
memoria, ya bastante debilitada de por sí.
Creo que fuimos absorbidos con una fuerza irresistible, a
una velocidad inimaginable, de forma que atravesando el punto lumínico
situado sobre la palma de la mano de la diosa -y tomando necesariamente ese
tamaño, es decir ninguno- y con la sensación de haber desaparecido en la
nada, atravesamos el umbral, que pareció consistir en ese ínfimo trayecto,
abriéndose ante nosotros lo que al principio apareció como una inmensa
ventana circular, que se expandió hasta desaparecer (como detrás nuestro).
Noté que, aunque fuertemente abrazada a mí, Eugène
miraba al frente, conservando el extraño resplandor azulado, translúcido,
que también parecía afectarme a mí.
No quedaba rastro del Anillo -de la nave- que nos había
transportado; sólo la V, su vértice en forma de flecha apuntando delante
nuestro.
Permanecíamos de pie, aunque con una curiosa sensación de
ingravidez -o quizá ausencia de peso, de masa- sobre un suelo de tono rojizo,
de la calidad de una arena muy fina, en un paisaje sobre el que un horizonte
del que no se veían los extremos separaba un arriba de un abajo, bañados por
la luz de un único astro plateado, liso y brillante, sin rastro de estrellas
sobre aquel "cielo" de color azul oscuro uniforme.
Más que un astro, daba la impresión de tratarse de una
inmensa luminaria artificial; pero no quise calcular su tamaño ni indagar
sobre su funcionamiento.
Por debajo de la línea del horizonte, marcándolo, una
ondulada línea en movimiento perpetuo: el mar.
O su equivalente, porque su tono se alejaba del azul que
debiera reflejar su superficie, para asemejarse, en más oscuro, al tono
rojizo de lo que quise identificar como arena.
En la distancia, y sobre las cercanas olas excesivamente
regulares que invadían la arena en forma cíclica para retirarse tras un
largo avance, y que no se veían justificadas por el viento, inexistente, se
podía apreciar que aquella masa líquida no era agua.
Pero no le encontraba un equivalente que me fuera conocido.
Tuve la sensación de que se trataba de una masa líquida
rica en energía y alimento, potente y densa...
Pero tampoco había nada racional que me condujera a esa
idea.
Simplemente, estaba implantada en mí.
Sobre su superficie no se apreciaba nada más que los
reflejos plateados de aquella luz superior desplazándose sobre las regulares
ondulaciones.
Como Eugène, miré a derecha e izquierda, no encontrando
nada más que los puntos donde playa, mar y cielo convergían, lejanos, en una
difícil confusión de colores incompatibles.
Como la mayoría de mis sentidos humanos parecían
anulados, inhabilitados, no soy capaz de describir mis sensaciones térmicas,
acústicas, táctiles, sonoras...
Las informaciones llegaban a mi cerebro sin intermediarios
materiales.
Los delfines, su mensaje de bienvenida, se anunciaron mucho
antes de que la pulida superficie del "mar" se viera quebrada por su
aparición, lejana, en nuestra dirección.
La profunda alegría de Eugène -de Sereira- se hizo
evidente.
Sin explicaciones ni transición, trató de empujarme hacia
la resaca de las olas.
Sin embargo algo me impedía moverme. Algo que a ella,
cuando miró al suelo, a nuestra espalda, le produjo una enorme alarma
transmutando su alegría en horror.
Lo que fuera, estaba bajo mis pies.
Al girar mi cabeza hacia abajo, a mi espalda, para seguir
el objeto de su mirada, empecé a comprender:
Mi sombra, alargada, la única sombra que se podía ver en
todo nuestro campo visual, ondulaba en forma extraña, sin justificación, y
claramente tomaba forma y vida propias sobre la arena...
Claramente pugnaba -yo lo sentía- por separarse de mí,
por obtener su autonomía, su yo particular, sin dejar, de alguna forma, de
pertenecerme.
Yo miraba hipnotizado, sintiéndome vaciar, ajeno a lo que
sucedía a mi alrededor, el fenómeno siniestro que se iba dibujando y
adquiriendo volumen a mis pies.
Eugène, cogida entre dos frentes, parecía paralizada por
la sorpresa y el horror.
Los delfines se retiraron a las profundidades, tan veloces
como habían aparecido, molestos por el engañoso saludo.
Pareció al principio que Sereira, sin obstáculo visible
que se lo impidiera, y en clara metamorfosis acuática, iba a abandonarme a
merced de la malvada figura que, partiendo de mis pies, mi sombra, crecía y
se elevaba, cercana ya a encararme a mí, inerme y paralizado.
Comprendí, desesperado, que eso es lo que ella debiera
hacer: salvarse dejándome abandonado.
Intenté transmitírselo:
Nuestra misión, su misión, a punto de coronar su cima, no
tenía por qué verse comprometida por mi inútil persona, que era, al
parecer, el objetivo preferente de la informe personalidad negra que,
evidentemente, nos había acompañado, oculta dentro de mi interior.
Sin embargo, como un rayo, Sereira se escurrió sobre mi
pecho y mi lánguido abrazo, interponiéndose a mi espalda entre mi persona y
mi sombra, que ya disponía de una oscura pero reconocible cara: Ahora sabía
quién era, o al menos su nombre...
¿¡Marta!?
Pero sólo fue un instante.
En una maniobra que me resultó emocional y físicamente
dolorosa, desgarradora, la plateada Sirena arrancó la sombra de mis pies,
expulsándola hacia atrás, en confuso y siniestro revoltijo, a la vez que,
con una fuerza impensable, precipitaba mi débil y ligero yo, o sus restos,
hacia el mar, sin que yo tuviera tiempo de nada, ni siquiera de volver mi
cabeza, retorcida hacia mi espalda, al frente, ni siquiera de pensar o valorar
lo que estaba sucediendo.
En absurdo vuelo sobre el líquido ondulante, que pronto
fue mi única posible visión, unos lejanos y móviles puntos de luminosidad
alternativamente brillante y oscura daban fe de la pugna que quedaba tras de
mí, si bien sólo pude entender que eso era lo que pasaba para,
inmediatamente -y gratamente ligero, consciente de haberme desprendido de una
mitad perversa de mí mismo- recibir noticias desde la profundidad de una
posible ayuda que me resultaba sorprendente y familiar, antes de
identificarla...
La inconfundible Sirena Mila, en su forma híbrida, me
recibió y me condujo hasta traspasar la frontera entre el medio aéreo y el
líquido, y nadó arrastrándome hacia las profundidades oscuras, ante la
mirada, inquieta como sus gestos, de un grupo de delfines que se limitaban
estoicos a observar cómo nos sumergíamos cada vez más profundamente; pronto
los delfines quedaron demasiado por encima de nosotros como para saber cuál
sería su actitud.
La alta densidad de aquel líquido rojo, ahora anaranjado,
como iluminado desde abajo, no impedía nuestro descenso veloz, sino que lo
favorecía, tomando Mila y yo, en aerodinámico conjunto, una aceleración que
a mí me impedía ya la consciencia, dañada por tantos otros acontecimientos
inmediatos, apreciando únicamente que ella, que parecía tener como objetivo
un foco luminoso muy por debajo de nuestra posición, descendía rápida y
segura dentro de su medio natural, adecuado a sus actuales cualidades...
Sin tiempo para que reflexión alguna alterara mi asombro,
lo que había sido un punto un instante antes se convirtió en un vórtice
hacia cuyo centro nos dirigíamos.
Antes de verme expelido hacia la puerta, que ella no podía
traspasar -como yo sabía sin que nadie me lo dijera- ella me transmitió
mentalmente, en un súbito torrente de ideas, lo que yo podía o debía saber
una vez atravesado el punto de inflexión que se encontraba al fondo del
torbellino espiral que me engulló sin tiempo para comprender la situación.
(...)
Me despertó la fría madrugada, tiritando sobre el suelo
húmedo, mojado de rocío y sudor frío, cubierto de nocturnos y diminutos
caracolillos, sobre el césped que rodea la torre.
A oscuras aún.
Dolorido y compungido.
Sólo.
(...)
Podía a duras penas tomar el aspecto de un paseante
madrugador, aunque excesivamente sucio y desarreglado.
Esperé, semi oculto, semi inconsciente, a que el sol
marcara su cenit.
El calor hacía que los paseantes fueran pocos a esa hora.
Y eludiendo la escasa vigilancia de los guardias, logré
salir del jardín sin llamar demasiado la atención.
No sé como, llegué a mi apartamento sin tropiezos.
Cerré las persianas, e intenté dormir, o descansar algo.
Todo menos pensar.
Cuando la luz del sol desapareció, me duché y me
adecenté lo justo para poder salir a la calle.
En la Tetería me proponía reflexionar, pero sólo logré
una elevada intoxicación etílica.