Galilea, 24 de marzo de 2000, v�spera
del bimilenario de la Encarnaci�n del Verbo. Llegu� a Tiber�ades a la 1 y
media de la noche del viernes 24, pocas horas antes de que comenzaran los
actos en el Monte de las Bienaventuranzas. Hab�a viajado desde Roma en avi�n,
en compa��a de un padre jesuita, profesor de la Universidad Gregoriana. En
el vuelo coincidimos con el Cardenal L�pez Trujillo, Presidente del Consejo
Pontificio para la Familia, y Mons. Gil Hell�n, Vicepresidente del
mismo. Al llegar al aeropuerto de Ben Guri�n, nos esperaban unos seminaristas
con un par de microbuses para trasladarnos a Tiber�ades. All� tuvimos la
primera prueba de lo que ha sido la admirable organizaci�n de este encuentro
por parte del Camino, en la que han participado importantes miembros de
nuestra familia (Toni, Reyes, Marcos y Ricardo): una sabia mezcla oriental de
eficacia y desorganizaci�n, de refinada hospitalidad e improvisaci�n.
Mi nombre, por ejemplo, aparec�a regularmente en la lista, �como
guardaespaldas de L�pez Trujillo!. El padre jesuita, en cambio, que hab�a
sido invitado directamente por Rino Rossi, el gran capo de todo este negocio,
no aparec�a en la lista. Nada de esto fue �bice, naturalmente, para que subi�ramos
en los microbuses y pusi�ramos rumbo a Galilea.
Llov�a torrencialmente, lo cual
es sin duda una bendici�n para esta tierra siempre amenazada por la sequ�a,
pero la cosa no sembraba gran serenidad en nuestro �nimo. En la autov�a
comenzamos incluso a recibir granizo sobre nuestras cabezas. Pens�bamos con
preocupaci�n no s�lo en el d�a siguiente, sino en los millares de muchachos
que ya a esa hora se estaban encaminando hacia el Monte de las
Bienaventuranzas, o que incluso trataban de pasar la noche en las tiendas
cedidas por el ej�rcito e instaladas en la ribera oriental del lago de
Genesaret. Dentro de m� pensaba, sin embargo: �si un poco de fe puede mover
monta�as, seguro que entre los 50.000 j�venes alguno habr� que tenga la
suficiente como para que el Se�or le escuche y nos mande un d�a no demasiado
mojado�. Y as� fue, dentro de un orden, como se dir� m�s tarde. Nos instalaron en el Hotel
Sheraton Moriah de Tiber�ades, que era el de los V.I.P. El encargado de dar
las habitaciones, un franc�s ex agente del servicio secreto de su pa�s, que
me reconoci� en seguida como el pluri-pariente de sus colegas en la
organizaci�n, nos hizo esperar una hora antes de darnos la habitaci�n; as�
que eran las dos y media cuando nos met�amos en la cama, para estar en ella s�lo tres horas.
En efecto, a las cinco son� diana y nos pusimos en marcha. En varios
autobuses fuimos cargados los V.I.P.: cardenales y obispos, monse�ores
guardaespaldas, padres invitados, c�falos y viejos itinerantes, etc. Nos
vimos de nuevo con alegr�a las caras los que siempre nos encontramos en estas
ocasiones: Nicanor, Lucio y Mar�a Jos�, Jes�s Serrat y Manolo Garc�a, etc.
El ambiente era optimista, con ilusi�n de afrontar esta jornada hist�rica.
El d�a hab�a amanecido con un aspecto bastante tranquilizador. Se ve�a una
viva luz entre nubes, que parec�an vacilar entre dejarnos la jornada en
paz o hacer de las suyas. Conforme nos acerc�bamos al lugar
del encuentro, comenzamos a ver pelotones de polic�a y del ej�rcito que
controlaban cada camino, bifurcaci�n, e incluso se apostaban en las puertas y
verjas de las casas particulares. Luego se empezaron a divisar en lontananza
las filas de muchachos que caminaban hacia la explanada. El optimismo se
transformaba en excitaci�n, en la neta sensaci�n de que algo importante se
estaba preparando. Nos hicieron bajar en las cercan�as del palco, en la
zona reservada para esta fauna variopinta de los V.I.P. Tras algo de
fatiga para penetrar en el recinto, entre el fango que cubr�a los
caminos, donde encontramos a Toni, con cara de no haber dormido en tres d�as
(as� era en realidad), llegamos con su ayuda al lugar del control policial.
Os aseguro que en ning�n aeropuerto, ni siquiera en Ben Guri�n, he sido
chequeado de esa manera. Detectores de metales, bolsillos vac�os, bolsas
revisadas, etiquetas al cuello para verificar que est�bamos
"limpios", etc. Cuando super� el control, otro encuentro feliz: all�
estaba Reyes que me vio en seguida. Ella parec�a m�s fresca y alegre. Me
introdujo en la secci�n reservada a los Obispos, donde hab�a un peque�o
refrigerio preparado. Para ello tuvo que hablar con los agentes israelitas de
seguridad. El sistema de control adicional consist�a en que no entraba nadie
que no fuera conocido por los miembros de la organizaci�n neocatecumenal.
Tomamos asiento en la zona delante del altar, entre presb�teros
concelebrantes e invitados musulmanes y jud�os. El tiempo segu�a incierto,
con espacios de sol y nubes. Por la noche -nos lo dijeron luego- la lluvia hab�a
cesado antes de que los primeros chicos llegaran a la explanada. Esta era un
poco irregular, inclinada hacia el mar, como corresponde a la ladera de un
monte. En lo alto, hacia el noroeste, se ve�an las primeras construcciones de
la Domus Galilaeae. La parte norte del recinto estaba ocupada por los hermanos
del Camino, unos 50.000 en cifras redondas, la parte sur, m�s peque�a,
estaba reservada para la iglesia local, aunque m�s tarde se consinti� tambi�n
la entrada a este sector a los neocatecumenales. Se pod�an ver banderas de
todos los pa�ses, incluidas la palestina y la israelita. Al lado de una de �stas,
una pancarta rezaba en hebreo: �Bienaventurados los que trabajan por la paz�.
Muy pocas, casi ninguna, de las pancartas mencionaba el Camino Neocatecumenal,
por exigencia de la iglesia local. Otra humillaci�n para que el Camino se
haga humilde: despu�s del esfuerzo hecho, de los millones gastados y de la
presencia masiva, el Camino Neocatecumenal no deb�a ser mencionado.
Cuando tomamos asiento se nos dijo
que la celebraci�n hab�a sufrido un retraso: en lugar de las nueve de la ma�ana,
comenzar�a a las once. El motivo, que las autoridades hab�an previsto la tarde
anterior que iba a llover hasta las ocho de la ma�ana. No fue as�, pero
la celebraci�n se retras� igualmente. Ello permiti� llegar a tiempo a
algunos autocares que no hab�an podido dejar antes sus lugares de pernoctaci�n
debido a una huelga de 300 autobuses, que al final impidieron igualmente
llegar a 1.500 hermanos, que, tras tantos sacrificios, se quedaron sin la misa
del Papa, entre ellos, los de Angola, con Paco Reig a la cabeza. Llegaron a la
hora de comer, y pudieron participar s�lo en el encuentro con Kiko. �ste, m�s
tarde, contando los milagros de la jornada, enumer� entre ellos el que
ninguno de estos hermanos hab�a murmurado lo m�s m�nimo. �Bueno, al menos
yo no he o�do murmurar a ninguno -explic�-�. �Toma ya, eso es fe!. Los Obispos eran un centenar, y
ocho cardenales, aparte de los que llegar�an m�s tarde con el s�quito del
Santo Padre. Rouco (Madrid), Sch�nborn (Viena), Sterzinsky (Berl�n), Do
Nascimento (Luanda, Angola), Etsou-Nzabi-Bamungwabi (Kinshasa, Congo), Tumi
(Douala, Camer�n), L�pez Trujillo (Pont. Cons. para la Familia) y Castrill�n
(Congregaci�n para el Clero). El altar hab�a sido dise�ado y costeado por
el Camino. Ten�a la forma de una tienda de beduinos, con la cubierta de color
negro. Presid�a el altar un enorme icono de Cristo Pantocr�tor con el libro
abierto: �Amad a vuestros enemigos, vengo pronto�: todo un programa para la
Evangelizaci�n del Tercer Milenio. La sede papal, as� como el amb�n, hab�an
sido dise�ados y construidos por D. Edoardo Riccoboni, presb�tero de mi
comunidad de Roma. Por indicaci�n de Kiko ten�an el color de la piedra, para
evocar la roca que es Pedro. Edoardo tuvo una idea mejor, y en lugar de
pintarlos imitando la piedra gris que recubre la fachada de la Domus, prepar�
un revestimiento con polvo de esa misma piedra y cola Vinavil, de modo que
ambos muebles estaban realmente recubiertos de piedra. A otro lado del altar,
un enorme Crucificado, de madera casi negra por los pecados de la Humanidad
que carga sobre s� mismo, con trenzas de rabino, sobre una cruz de
madera dorada, obra de este mismo D. Edoardo. Y finalmente, la Virgen del
Tercer Milenio, que Kiko pint� para el Jubileo, y que el Papa ha regalado
para que se quede en la Domus Galilaeae. El Santo Padre lleg� sobre las
diez en helic�ptero hasta la Domus, para inaugurar el santuario de la
Palabra, la �nica parte terminada hasta ahora, junto con la fachada. Lo
esperaban all�, aparte de los capos, los rectores de los seminarios
Redemptoris Mater; para reiterar simb�licamente que esa Casa no pertenece al
Camino Neocatecumenal sino a la Iglesia Local, se eligi� la presencia de los
rectores de todos esos seminarios que no pertenecen al Camino sino que son
diocesanos �a todos los efectos�. En fin pues... El Papa, despu�s de
recibir las explicaciones pertinentes bendijo la Yeshiva, merced a un golpe de
mano h�bilmente puesto por obra por P. Mario Pezzi. Los expertos en liturgia
del CNC hab�an preparado d�as atr�s una oraci�n de bendici�n, y la hab�an
enviado para el nihil obstat al Oficio de Ceremonias Pontificias en Roma, el
cual la aprob�. La v�spera del encuentro, en cambio, lleg� un fax de
Mons. Marini diciendo que, �por �rdenes superiores� quedaba suprimida la
bendici�n. Sin embargo, cuando lleg� el momento, P. Mario se sac�
literalmente de la manga una versi�n de la bendici�n en espa�ol, y el Papa
la ley� sin ninguna vacilaci�n, rociando con el agua del hisopo a los
presentes, entre los que se encontraban, con toda probabilidad, los autores de
las ��rdenes superiores�. Kiko cont� m�s tarde que el Papa les dijo al
final del acto: �Dios os estaba esperando en este monte�.
Despu�s de la larga espera,
amenizada por algunos grupos folcl�ricos palestinos, creo, con la puntualidad
propia de estos casos, sobre las once menos cuarto, el papam�vil asom� por
el extremo noroccidental de la explanada, entre el entusiasmo de los j�venes.
Baj� hasta el lugar del palco, entre los cordones de la seguridad, que los
tambi�n j�venes (casi muchachos) de la polic�a y ej�rcito israel�es
formaban. Se les ve�a desbordados y m�s bien maravillados de todo aquello,
que no s� si entend�an muy bien. Kiko y los suyos se pusieron a cantar �Id
y anunciad a mis hermanos que vayan a Galilea�, hasta que fue el momento del
inicio de la procesi�n de entrada. Cuando esta empez�, se cant� el himno
del Jubileo. El Papa, entrando, se abraz� a la cruz que presid�a el altar, y
de la que he hablado m�s arriba. La misa se dijo en ingl�s, los cantos
lit�rgicos en lat�n, las lecturas en espa�ol e italiano, el evangelio... no
me acuerdo. Iba a escribir que en griego, ya que lo proclam� con la
solemnidad propia del rito bizantino, el Metropolita greco-cat�lico de la
Alta Galilea, Ordinario del lugar, en persona. Pero no s� si lo hizo en ingl�s,
�rabe, lat�n o en qu� jerigonza de aquella nueva Babel o Pentecost�s, seg�n
se quiera mirar. La homil�a del Papa fue estupenda. Para su texto remito a
las m�ltiples fuentes de informaci�n que podr�is hallar sin duda todos
vosotros en la red, cual los expertos internautas que sois. Puedo resumir
esto: no habl� directamente del amor al enemigo, prefiri� centrarse en las
Bienaventuranzas, como s�ntesis del Evangelio de los pobres. En resumen
vino a decir que hoy, como cuando el Serm�n de la Monta�a fue pronunciado,
Jes�s pone delante de los disc�pulos dos caminos: el de la vida y el de la
muerte. El primero dice que son bienaventurados los pobres, los que son mansos
y trabajan por la paz, los que lloran y buscan la justicia, los que son
perseguidos, los perdedores, los peque�os. Mientras tanto, todos nosotros
escuchamos a nuestro alrededor e incluso dentro de nosotros una
contra-catequesis que dice que los bienaventurados son los que ganan en este
mundo, a�n a costa de pisar a los dem�s, que son felices los que poseen y r�en,
los que buscan la violencia para afirmarse, los que persiguen a los d�biles.
Con Jesucristo podemos encontrar hoy el coraje de elegir el camino de la vida
que �l nos propone, como hace dos mil a�os se lo propuso a los ap�stoles.
Nosotros somos los ap�stoles del Tercer Milenio, que debemos llevar al
mundo el doble mensaje de las Bienaventuranzas y de los Diez Mandamientos, la
otra Palabra que Dios dio en el otro Monte. Ambas se complementan, y no
pueden entenderse la una sin la otra. En efecto, Jes�s, en el mismo Serm�n,
dijo que no hab�a venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento, y
las Bienaventuranzas son ese cumplimiento. El resto de la Eucarist�a fue seg�n
el rito ordinario. La comuni�n result� algo ca�tica, pero era normal. Al
final, el Papa habl� brevemente, como cuando hace los saludos durante el �ngelus,
y ah� se desquit�. Finalmente dijo que daba un saludo especial a todos los
miembros del Camino Neocatecumenal, y en particular a Kiko y Carmen por su
contribuci�n a la realizaci�n de este gran evento. A conclusi�n de todo, y
como muestra del folclore de estos lares, crisol de culturas, h�bil mezcla
sincr�tica de todas las cursiler�as, doce lindas muchachas palestinas,
se acercaron para lanzar al aire otras tantas palomas, naturalmente como s�mbolo
de la paz por todos deseada. Como si de un deplorable augurio se tratase, ni
una sola de ellas vol�. Bueno, mejor correr un tupido velo... A�n el Papa no se hab�a retirado
del altar (literalmente) y ya todos est�bamos rompiendo filas, para relajar
el cansancio y la tensi�n de las horas precedentes. Cuando �l se hab�a
marchado del todo, nos dispusimos a comer, al ver que llegaban camiones llenos
de cajas de cart�n que conten�an raciones ad hoc. Aquello parec�a una
distribuci�n alimenticia en un campo de Bosnia, pero bueno. Comimos nuestra
frugal colaci�n bajo la carpa de la celebraci�n, antes de que la seguridad
nos desalojara por motivos de �dem. Reyes y yo aprovechamos para ir a buscar
a sus hijos perdidos y hallados en el templo del monte galileo. Tras pisar
fango y m�s fango, encontramos a Andr�s y Pedro, que estaban con los
bostonianos. Los hall� muy bien. Andr�s me dijo que yo me hab�a encogido.
�Ser� cafre!, lo que pasa es que �l ha crecido como un castillo, aunque
sigue siendo el ni�o de siempre. Bueno, dejemos la cosa sentimental de un
padrino hablando de su ahijado. Conforme pasaba el tiempo, el
cielo se iba abriendo y ya ten�amos un bello sol de media tarde que auguraba
un feliz encuentro con Kiko. �Ay, m�sera ingenuidad la nuestra!. As�
fue al principio, pero, vayamos por partes. El estrado fue de nuevo lleno de
Cardenales y Obispos, entre los que estrat�gicamente me introduje tambi�n
yo, aprovechando que vest�a mis mejores galas monse�oriles. El
encuentro-llamada ten�a una estructura sencilla: presentaciones, palabra,
catequesis y llamada. Cada cardenal, al ser presentado, dio un breve
saludo. Luego Kiko fue llamando por naciones. No recuerdo los n�meros de cada
una, s�lo que de Espa�a eran 9100 chicos y chicas, y de Italia 17.000, o
sea, casi el doble. El ambiente, a aquella hora, era de gran entusiasmo.
Kiko hizo leer a Rino el relato de Pentecost�s, tras de lo cual, �l mismo se
dispuso a hacer su catequesis. Se fue hacia donde estaba el Cristo y empez� a
hablar. Durante unos diez minutos todo fue bien, el sol ca�a y la luz
empezaba a disminuir. Pronto nos dimos cuenta de que no disminu�a s�lo por
el crep�sculo, sino porque se hab�a cubierto de nuevo el cielo y ahora
amenazaba lluvia seriamente. Una corriente de nerviosismo empez� a discurrir
imperceptiblemente por el palco. Las primeras gotas empezaron a hacer su
aparici�n, todav�a suavemente. A Kiko el agua, que le ca�a en todo lo alto,
le debi� de enfriar un poco el entusiasmo anterior, porque cort� casi por lo
sano su parlamento, y le dijo a P. Mario que cantase el Evangelio. �ste lo
hizo ya con un lacayo que le sosten�a un paraguas sobre la crisma. La lluvia
comenz� a caer en serio. Lo malo es que ni siquiera las autoridades estaban a
cubierto porque la tienda no era impermeable, sino que filtraba como un
colador el agua, que ca�a sobre nuestras cabezas, s�lo que suavemente
tamizada. Cardenales y Obispos, primero abrieron sus paraguas, y luego
trataron de poner pies en polvorosa retir�ndose hacia el interior de la
carpa. En vano; no hab�a refugio posible, as� que nos dispusimos a aguantar
marea (nunca mejor dicho). El cardenal Rouco tuvo la sangre fr�a de hacer su
homil�a ante una platea de 50.000 j�venes disciplinados y silenciosos bajo
la lluvia. Cuando acab� ya era casi noche cerrada, y el agua segu�a cayendo. Hab�a llegado el momento de la
llamada vocacional, y las cosas se hab�an puesto feas. Hasta ese momento Kiko
hab�a animado a la asamblea dici�ndonos que todos los ojos de Israel nos
estaban mirando, para ver si �ramos capaces de sufrir un poco por Cristo, y
que esto era una ocasi�n providencial para demostrarlo. P. Mario dijo que la
lluvia era signo de bautismo que nos lava. Todo muy edificante, pero llegados
al punto en el que est�bamos, a Kiko pareci� flaquearle el �nimo. Nos
advirti� simplemente de que deb�amos abandonar el lugar ordenadamente y
cuanto antes, con los pasaportes en la boca, porque le hab�an informado de
que se avecinaba una tempestad. Avis� entonces de que la llamada vocacional
se har�a en las eucarist�as que los diversos grupos tendr�an al d�a
siguiente. Un profundo silencio llenaba la asamblea, bajo los paraguas. Kiko
pidi�, como suele, confirmaci�n a sus seguidores: ��Os parece bien,
chicos?�. Primero t�midamente y luego con m�s decisi�n, de la explanada se
alz� un decidido ��Nooooo!�. A�n de espaldas como yo lo ten�a, pude
adivinar el cambio de expresi�n en el rostro de Kiko; entre entusiasmado e
incr�dulo pregunt�: ��Quer�is entonces que lo hagamos ahora?� Y esta vez
sin vacilaciones subi� de la explanada un estruendoso ��S��������������!�.
Bastaba aquello. Kiko recobr� todo su empuje y en un santiam�n hizo la
llamada. Los chicos parec�an ya haberse agolpado a los pies del estrado, pues
pocos segundos despu�s un r�o ininterrumpido de muchachos comenz� a subir.
Los encabezaba Marcos Enrique, s�, mi sobrino, que se coloc� de rodillas en
el centro del altar, en primera fila. Y detr�s de �l un n�mero que
parec�a no cesar de aumentar. Muy pronto todo el espacio disponible detr�s
de Marcos estaba lleno, y comenzaron a disponerse en filas por delante.
Al final mi sobrino estaba en la quinta o sexta fila. Cuando el estrado estuvo
lleno, se contaron cerca de dos mil muchachos, c�lculo dif�cil de hacer.
Pero, sobre todo, era imposible que hubieran tenido tiempo de llegar hasta el
palco los m�s alejados en la explanada antes de que el cardenal Rouco hiciera
su oraci�n de bendici�n y les impusieran las manos. As� que el n�mero real
no s� si llegar� a saberse nunca. Quiz�s, dijeron luego, eran tres mil o m�s.
Los Obispos presentes casi se daban codazos entre ellos para disponerse en
fila y poder imponer las manos aquellos futuros ap�stoles del tercer milenio.
El espect�culo, es in�til decirlo, era conmovedor, y la fr�a agua de
lluvia que corr�a por nuestros rostros admirados era providencial para
disimular las c�lidas l�grimas que la acompa�aban. Luego fue el turno de
las chicas. Como entre tanto la lluvia casi hab�a cesado, hubo tiempo para
que una monja de clausura all� presente (supongo que con el regular permiso)
interviniera para animar a las f�minas a ser las esposas del Cordero Divino.
Como sus compa�eros masculinos tambi�n ellas se precipitaron sobre el altar.
Eran algo menos, pero probablemente alcanzaron las dos mil. Como el horno no estaba para
bollos, terminada la llamada, un servidor, con Reyes y Toni se retir� r�pidamente,
para evitar el caos que se debi� producir con la salida de millares de
autobuses. Est�bamos cansados pero satisfechos. Fuimos en un microb�s hasta
el llamado "Oasis", que es un hermoso convento pobremente amueblado,
alquilado por el Camino en Tiber�ades, centro de operaciones para la
construcci�n de la Domus y para la organizaci�n del encuentro. All� cenamos
un bocado y m�s tarde Reyes y Toni me acompa�aron al hotel. Kiko y los Obispos estaban en la
cena, llenos de entusiasmo. Me puse en su mesa. Carmen llam� a la Nunciatura,
sabiendo que all� se encontraban el Papa y Estanislao. All� consiguieron
hablar con el primero, pero no con el segundo, claro. Al Secretario del
Papa le contaron c�mo hab�a ido el encuentro, y los 5.000 muchachos que
se hab�an levantado. D. Estanislao les dijo que el Santo Padre estaba
muy contento del encuentro, y todos hicimos fiesta al escucharlo. �ramos como
ni�os... Kiko aprovech� para ilustrar a los Obispos detalles de la preparaci�n,
y narrar algunos milagrillos ligados a la misma, como el cambio de actitud de
la Iglesia local cuando las parroquias comenzaron a ser visitadas por los
seminaristas. Al final regal� a los Obispos un icono, con el detalle del
rostro de la Virgen del Tercer Milenio. Tambi�n yo me hice con uno, claro. Bueno, hasta aqu� la cr�nica del
encuentro. El resto es la narraci�n de mi regreso a Roma, pero eso no es
importante. Tras la cena, estuve tom�ndome un helado con Juan Antonio Reig y
sus acompa�antes (Josemar�a Gea y Rafa Reig) y me retir� a dormir. A la ma�ana
siguiente, mientras el Papa adoraba en Nazaret la gruta de la Anunciaci�n, P.
Arturo Elberti (el jesuita del principio) y yo celebr�bamos la Misa de la
Encarnaci�n, en el 2000 aniversario del Mayor Acontecimiento de la Historia
Humana, en la habitaci�n de un hotel junto al Lago de Tiber�ades. Bueno,
mejor que hacerlo en Catamarruc. D. Edoardo
Riccoboni, el polifac�tico
artista del que habl� l�neas arriba, nos llev� en coche hasta el aeropuerto
de Ben Guri�n en Tel Aviv, pasando junto a Nazaret y a los pies del Tabor.
Coger el avi�n hasta Roma fue la �ltima aventura. A causa de una huelga
salvaje de controladores a�reos habida el d�a anterior, Alitalia hab�a
suprimido algunos vuelos, entre los cuales, �vaya por Dios!, el nuestro. Una
hora de tensi�n estuvimos esperando a ver si hab�a soluci�n. Y la cosa se
arregl� v�a Mil�n. As� que con algo de nervios y un poco m�s de cansancio
que sumar al acumulado en los d�as anteriores, llegu� a casa en Roma a las
diez de la noche de ayer s�bado. Espero que mi cr�nica, pueda
modestamente haceros llegar algo de la experiencia, sin duda extraordinaria,
que hemos vivido estos d�as, y que las licencias de iron�a y chanza que de
tanto en tanto me he permitido para aligerar el relato, no os impidan captar
la profundidad de la experiencia espiritual, y la bondad de Dios, que dirige
la historia y se apresta a abrir, con su Iglesia, un Tercer Milenio lleno de
maravillas. Un abrazo de paz a todos. Alejandro Cifres |