Tres poemas no incluidos en Canciones
de un bar en la Frontera
La virgen loca (Con final de Edward Norton)
Dolores Alanis O’Connor
velaba por el cuerpo de Dante que se extraviaba por Florencia.
Los punks y los vampiros se atravesaban por el corazón del
poeta,
casi un mínimo verso lo mantenía en vilo.
Un sonido cómplice del mar lo rescataba, embarrado ebrio,
hacia
su sino desconocido.
Dante sabía que Dolores Alanis O’Connor velaba su destino
como si no existiera otro mundo que el del internet.
Es el S. XXI, decía, no hay ficción, ni es la carta
XXI del tarot.
Los vampiros del mar corrían trayendo mensajes funestos de
su país,
Oh es el exilio, decía, un frío que recorre estos
versos.
Pero cuántas veces Dante perdió su inocencia en las
nubes,
en la eclosión del sol, tras la ventana de cualquier cantina,
y la seguía perdiendo hasta con el bostezo de un cuculí.
Podría petrificar su corazón bajo la calamina de su
agrietada memoria, un rayo de sol.
Sin embargo, ya no había poesía en Florencia.
Dolores Alanis O’Connor se le presentó en el bar.
Los punks y los vampiros llenaban de sangre y ácido los bosques
de humo.
El naualth que se fundía en el humo se convertía en
la serpiente
que bailaba en el cuerpo de Dolores, desnuda.
La ciudad de Florencia apestaba,
todos los peces muertos en el mar, todas las aves muertas en el
aire.
Y la poesía, como ya se dijo, bajo la tierra agostada de
Eliot.
Podría ser que las estrellas aún girasen por ese Amor.
Pero ella se desnudó frente al poeta, porque la angustia
es del ser que ha abandonado su alma, y porque así era su
amor.
Tiempo atrás, un niño se había comido el corazón
de Dante;
entonces ese niño empezó a escribir tercetos en italiano,
lengua vulgata, profana,
y con su obra se hizo más niño, porque había
alcanzado,
mediante el amor, ese estado anterior a todos los idiomas.
Ah los vampiros y los punks se fueron con el alba,
dejando las mesas manchadas por la verdad poética.
Florencia seguía estallando, pues los anárquicos querían
luchar hasta el final.
Dolores Alanis O’Connor yacía en la tina, con los vellos
de sus piernas por afeitar, los senos congelados como icebergs.
En los periódicos sólo se hablaba de la guerra, se
hablaba tanto
que parecía tratarse de una guerra muy lejana.
Dante, en su locura, cayó en la esquina, asesinado por la
sociedad,
idolatrado por unos cuantos druidas.
Un niño se le acercó, y tras escribir el último
terceto, se miró en el espejo:
“Al diablo, Beatrice,
le di mi confianza
y ella me apuñaló por la espalda,
me vendió arriba del río Rímac.
Maldita, perra.
Fuck you.
(Y al diablo tú, Dante,
lo tenías todo y tiras por la borda.
Maldito idiota.)

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