Tales “liberales” propusieron privatizaciones que resultaron
en descarados monopolios privados o de empresas públicas
extranjeras; dirigieron las privatizaciones hacia artificiales mantenimientos
del déficit fiscal; generaron paridades monetarias artificiales
y sostenidas con las reservas nacionales antes que sujetas a la
ley de la oferta y demanda; mantuvieron incólume el poder
del Estado extendiendo concesiones antes que propiedades privadas
plenas; generaron organismos reguladores donde ellos mismos se emplearon;
y callaron cuando se usaron los dineros de las privatizaciones para
actos de corrupción de medios de comunicación, políticos
y empresarios, o para la propaganda y sostenimiento de los regímenes
a los que sirvieron – si es que no se beneficiaron directamente
de tales maniobras – como en el caso del Perú. Con
ello, y merced al silencio gratuito de los muchos que, seguidores
del ideario liberal, no los enfrentaron “por mantener las
principales reformas intactas” se les suministraron las mejores
armas a nuestros adversarios ideológicos: una “reforma
liberal” que era en realidad – dicho esto con todo acierto
por los colectivistas – la continuación del mercantilismo
de siempre por otros medios. El día de hoy, muchos de estos
“liberales”, proclaman a los cuatro vientos –
en columnas de opinión o informes diarios de coyuntura –
su adhesión, en mayor o menor grado, a los principios de
la libertad, a pesar de los desarreglos cometidos cuando servían
al poder. Sin embargo, ninguno de los auténticos defensores
de la libertad ha salido a combatirlos resueltamente. Por esta razón,
los auténticos liberales, que no nos dejamos influir por
el poder, somos vergonzantes comparsas de sus desajustes al no enfrentarlos,
y dejamos por nuestra omisión que tales picardías
arrastren hoy por hoy el prestigio, las acciones y propuestas de
todos los que nos denominamos liberales.
Un tercer y más complejo nivel de este estropicio
es de orden intelectual. Los intelectuales liberales han confundido
la natural separación entre la labor intelectual y la actividad
política así como la consustancial suspicacia y cuestionamiento
al poder político que es propia del pensamiento liberal en
su raíz más profunda, con el hecho objetivo de que
la política es el último tramo del camino a fin de
realizar las transformaciones necesarias para hacer más libres
a nuestras sociedades, y hasta con el solo hecho de analizar y opinar
sobre una estrategia política a favor de la libertad, creyendo
enfáticamente que ambos temas son una y la misma cosa, cuando
en realidad son dos circunstancias, enfoques, quehaceres y hechos
distintos. Un intelectual liberal radical tan “químicamente
puro” como Murray Rothbard señaló preclaramente
en su libro La Ética de la Libertad, al exponer sobre la
relación entre la libertad y la política, que los
liberales estábamos entrando en aguas inexploradas. Esto
revela lo poco que los intelectuales liberales han tratado siquiera
el tema, dejándose llevar más bien por sus propios
temores y prejuicios. Quizás debamos llamar a este problema
“el síndrome Vargas Llosa”, por el cual la derrota
de nuestro Escritor Mayor en las elecciones de 1990 – y en
particular los extremos de inmundicia a los que la izquierda y la
socialdemocracia peruanas llegaron para difamar a este prestigioso
intelectual e impedir el hecho inédito en nuestra historia
contemporánea de que el ideario liberal hubiese ganado las
elecciones en el Perú, y acaso en nuestro continente –
ha originado la decisión de la casi totalidad de intelectuales
liberales en América Latina de no participar en actividad
política alguna, y mucho menos partidaria.
Ahora bien, si la guerra sucia contra Mario Vargas
Llosa y su posterior derrota política ha sido considerada
como un detonante para extinguir todas las pretensiones de los intelectuales
liberales latinoamericanos de hacer política activa, o por
lo menos de analizarla según sus parámetros y paradigmas
antes que simplemente denostarla, una razón que se invoca
a menudo se encuentra en una aseveración hecha por Friedrich
von Hayek al empresario inglés Anthony Fisher, de no hacer
política sino más bien fundar institutos dedicados
a promover la libertad, lo que llevó a este último
a crear en 1955 el Institute of Economics Affairs en Inglaterra.
Esta aseveración, que fue y es tomada a rajatabla y sin cesuras
por los ideólogos liberales, unida a los consabidos terrores
y desconfianzas que provocan a los pensadores y divulgadores de
ideas participar en política, ha generado el error intelectual
de considerar al ideario de la libertad como un sistema de ideas
por completo ajeno al devenir político, un corpus inmaculado
al cual la acción política podría pervertir
y envilecer, y al cual hay que defender de los apetitos de poder
y concesiones que los políticos hacen por naturaleza. Por
lo tanto, para la inmensa mayoría de los intelectuales liberales,
el establecimiento de sociedades libres y en tránsito seguro
y claro hacia la prosperidad en América Latina dependerá
exclusiva y determinantemente de la divulgación intelectual
de las ideas de la libertad, pero sobre todo de que este ideario
se encuentre lo más alejado posible de la política
y sus actores.
En el supuesto de que la prosperidad en América
Latina dependa solamente de la divulgación intelectual de
las ideas de la libertad, debemos decir que los liberales en esta
tarea han fracasado en toda regla. El nulo convencimiento de todos
los formadores de opinión – desde los maestros más
humildes hasta los más destacados líderes empresariales
– sobre la validez, éxito y certeza del pensamiento
liberal en todo el continente es uno entre muchísimos y claros
ejemplos de que en este tema, como en los anteriormente indicados,
los liberales estamos en la edad de piedra. Por lo pronto, la urgente
tarea de los intelectuales liberales es convencer en forma paciente
y pedagógica a la opinión pública de la eficacia,
prevalencia y certeza de nuestras ideas. Y ésa es una tarea
estrictamente intelectual a la cual los liberales se han negado
rotundamente, movidos precisamente por mantener la pureza de los
principios libertarios e impidiendo que éstos lleguen al
gran público, justamente a través de los formadores
de opinión, una tarea que el propio Hayek demandó
hacer.
Y aquí queremos dejar en claro que no es
el objetivo de este artículo decir que es indispensable y
necesario que los intelectuales liberales participen en política
activa. Ésta es, en último término, una decisión
exclusivamente suya. Sería precisamente lo contrario al pensamiento
liberal imponer a otros un criterio o atributo que es sólo
de su responsabilidad. Eso no es lo que se propone. El objetivo
es dejar en evidencia que el ideario de la libertad no es puramente
intelectual, sino que es además una ideología política:
tiene que ver precisamente con combatir al poder, con limitarlo
y someterlo, y con considerarlo la fuente de todos los males sociales.
Es reconocer el hecho innegable que el ideario de la libertad no
es propiedad de unos cuantos iluminados, sino de todos quienes,
habiendo escuchado el mensaje y entendido sus ejemplos, afirmaciones
y conclusiones, lo apliquen en sus propios objetivos personales
o institucionales. De modo que no podemos impedir que haya personas
que quieran participar en política enarbolando las ideas
de la libertad, o que los denostemos acremente por hacerlo. Es,
en última instancia, también una decisión en
la que no podemos interferir sin que nos acusen de atentar contra
la libertad de otros. Y, finalmente, si los intelectuales y divulgadores
liberales llevan a cabo las tareas que le son propias – y
que no han hecho en toda la década pasada ni en los primeros
años de la actual – la consecuencia será que
la opinión pública tienda a exigir mayores dosis de
libertad y a estar vacunada contra el poder y sus abusos, y así
el efecto – si se quiere, no querido ni premeditado –
será que haya políticos que triunfen en las elecciones
para cumplir con esas exigencias. Son ellos los que concretarán
tales demandas en acciones como las de desactivar un Ministerio,
eliminar el curso forzoso de la moneda, reducir los impuestos, abolir
las aduanas o extender la propiedad privada en telecomunicaciones.
La labor de los intelectuales liberales en un escenario hipotético
como el descrito será el de generar las fortalezas necesarias
para impedir nefastas vueltas al pasado y también para denunciar
las torpezas y arbitrariedades que el poder hace cometer hasta a
los espíritus más nobles. Se trata en suma de señalar
la buena dirección: más libertad, más prosperidad,
mayores afirmaciones a los derechos individuales.
Lo que no pueden seguir haciendo los intelectuales
liberales es la de seguir encerrados en sus torres de marfil. Deben
formar más pensadores, a técnicos y divulgadores resueltos
a defender nuestras ideas, deben acercar el ideario de la libertad
a la gente común, deben formular propuestas que sean soluciones
concretas a los problemas de las personas de a pie de nuestros países,
en lugar de mantener el status quo imperante – contribuyendo
en ello hasta más que los propios conservadores – por
persistir en el error de mantener una pureza intelectual del liberalismo
que es ajena a la sustancia de este ideario.
Hasta el día de hoy los liberales nos hemos
convertido en simples y quejosos espectadores de lo que ocurre a
nuestro alrededor. Por doquier nos contrariamos de las diarias tropelías
del intervencionismo que nos asfixia y coarta toda posibilidad de
innovación y avance empresarial; cada artículo que
publicamos sobre las absurdas propuestas, leyes y acciones de parlamentos
y gobiernos latinoamericanos es en verdad un recordatorio de lo
poco que estamos haciendo realmente para que esa circunstancia cambie.
¿Y qué hacer? Se preguntarán muchos. Insistimos:
ir a los principios. El liberalismo es una ideología política,
no una diletante posición intelectual. Supone, como lo hizo
en su vida y obra Thomas Jefferson o Juan Bautista Alberdi, pensar
y desarrollar los principios y combatir por ellos en la arena política.
O en sólo esas dos primeras tareas, como lo hicieron con
singular maestría en todo el siglo XX Ludwig von Mises o
Friedrich von Hayek. O únicamente en acercarlas al gran público,
como lo llevó a cabo con extraordinaria lucidez Frédéric
Bástiat. Pero no es de ninguna manera, a nuestro juicio y
como ha indicado la historia y la literatura, ser un plácido
edificador de metáforas como Oscar Wilde, sino ser, como
Lord Acton, quien entiende que propugnar la libertad implica defenderla
permanentemente. Y permanentemente quiere decir en todo lugar y
espacio. Y quiere decir, para no fracasar una vez más, desarrollar
una propuesta integral, atractiva, innovadora y resuelta a favor
de la libertad; generar un movimiento de ideas en la opinión
pública que la enarbole y defienda; combatir a los seudo
liberales que se vendieron por un plato de lentejas; divulgar en
forma sostenida y con resultados el ideario liberal; pero, sobre
todo, renunciar a la actitud mediocre del dandy intelectual, del
francotirador de argumentos, del aristócrata del pensamiento,
y vincularse resueltamente con lo llano y común de un pensamiento
que provino, en esencia, del deseo inmarcesible de los pueblos por
la libertad.

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