¿Fracasó el liberalismo en América Latina? : Hector Ñaupari
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Ésta es, en verdad, una pregunta encerrada en una enigma que a su vez está entremetida en un problema. Algunos sostienen que el liberalismo en América Latina ha fracasado al haber creado más pobreza y corrupción que ningún otro paradigma político en nuestra historia; otros sostienen que no fracasó el ideario, sino su aplicación; y, finalmente, están quienes sostienen que el liberalismo en realidad no ha fracasado porque nunca se aplicó. La pregunta, sin embargo, continúa allí, imbatible como un mar embravecido, y sigue desafiante, esperando que alguien la encare con objetividad, realismo y sobre todo convicción. Las líneas que siguen intentan dar una respuesta a este gordiano dilema.

El paradigma en el que baso mis disquisiciones es el viejo axioma de considerar a la libertad y la responsabilidad como conceptos integrados e inseparables. Y ello implica entre otras cosas, no distribuir – o socializar – la propia responsabilidad entre otros, sino en asumirla por todo lo hecho o dejado de hacer. De modo que, antes de buscar fantasmas a los que achacar nuestras culpas, entre los izquierdistas reciclados o los tecnócratas, examinaremos las responsabilidades que han tenido los propios liberales en este proceso. Así pues, sostengo que el liberalismo en verdad ha fracasado en América Latina, pero que este fracaso tiene distintos niveles. Arguyo además que revertir este fracaso demanda ingentes, permanentes y sobre todo comprometidas tareas, sobre todo en el ámbito de las ideas, las cuales resultan indispensables para quienes defienden las ideas de la libertad en nuestro continente. Un primer nivel de ese fracaso se encuentra en el laxo argumento de que un programa integralmente liberal en América Latina nunca se propuso y por ende, tal fracaso no existe. Se trata de un programa que comprendiese no sólo privatizar o reducir la inflación, sino sobre todo hacer del derecho una herramienta que facilite la creación de la riqueza, una profunda reforma a la justicia de nuestros países, la drástica eliminación de impuestos y la reducción de sus tasas, la extensión de la propiedad privada y su difusión democratizadora en los sectores más empobrecidos de nuestras sociedades, y una reducción de las funciones, activos, acciones y organismos del Estado, devolviéndolas a sus legítimos titulares, las gentes, y dejando como sus únicas actividades – con expresas y legítimas reservas – a la seguridad externa e interna, las relaciones internacionales con otros Estados y la administración de justicia. En suma, un programa centrado en ideas claras, con propuestas muy concretas y serias, y cuyo objetivo sea establecer y extender una revolución liberal, capitalista y popular en América Latina. Lamentablemente muchos liberales se han amparado en la débil coartada que sostiene que, como este programa nunca se propuso ni se aplicó, entonces no hemos fracasado. Una lectura más detenida nos obliga a decir que no es que no hayamos perdido, sino que no nos presentamos a la justa a la que habíamos sido convocados. Así pues, no perdimos porque nuestros rivales ideológicos, los socialistas y conservadores, presentaran mejores programas, o que éstos fuesen más innovadores, inteligentes o eficaces; perdimos, simplemente, porque no estuvimos allí y ni siquiera elaboramos dichas propuestas de manera integral y conjunta, sino a lo sumo parcial y de modo coyuntural. Por ende, ¿cómo nos íbamos a presentar a una competencia en la que sólo presentaríamos ideas inconexas e incompletas? ¿cómo íbamos a propender a la gran transformación de nuestras sociedades a través de la libertad sin un ideario coherente, terminado y dirigido a enfrentar resueltamente los problemas más sustanciales de los ciudadanos de a pie de nuestros países? Este desconocer como un fracaso no haber presentado ni promovido un programa integral para la libertad en América Latina es lo que más directamente ha contribuido a la derrota de los liberales en la década de los noventa. Y hay allí una responsabilidad mayor, porque no haberlo hecho ha dejado en manos de los oportunistas de siempre el camino hacia un posible progreso de nuestros países, el cual ha quedado, una vez más, truncado. Revertir ese fracaso – y presentar tal ideario – es la tarea de la década que se inicia, y deberá ser la principal prioridad de los liberales durante los años siguientes.

De otro lado, los liberales que propugnan esta tesis – así como la de la parcialidad liberal de las reformas en su contenido o aplicación – olvidan por lo general, una verdad tan grande como un templo, que es, además, el segundo nivel de este fracaso: que propugnar un programa de corte tan radical y purificador, requiere un movimiento de opinión pública – es decir, de promoción de las ideas liberales – que convenza exitosamente de sus resultados a las mayorías nacionales, que denuncie decidida y permanentemente las arbitrariedades, tropelías y sensualidades del poder, las derrote en el imaginario popular y en las creencias y mitos ideológicos de las personas, y formule los ejemplos y paradigmas para desmenuzar al némesis de la libertad – el poder – en tantas partes como personas existan en una república. Y un movimiento de opinión pública de estas características tiene como primera tarea enfrentar a los partidos políticos – y a sus respectivos líderes – que usaron el ideario de la libertad para permanecer en el poder – como el Partido Revolucionario Institucional de México – o que lo usaron como un maquillaje para cubrir su auténtica naturaleza – como el Partido Justicialista de Argentina – o que se coaligaron con partidos, los cuales, por su ideología y estructura son opuestos a la libertad – como el Movimiento Libertad de Perú – o que de liberal sólo tienen el nombre – como el Partido Liberal de Colombia, afiliado a la ¡Internacional Socialista! – o que, finalmente, tomaron la filosofía de la libertad en forma parcial, es decir, sólo considerando libertades económicas pero dejando deliberadamente de lado libertades más fundamentales – como los dos principales partidos de Chile –denunciándolos y descalificándolos por haber hecho con la idea de la libertad lo que Procusto hacía con sus infortunados huéspedes: mutilándolos o estirándolos según su particular y caprichoso parecer. Se trata por cierto de un movimiento de ideas y opiniones que sea leal al principio antes que al cálculo, al ideario antes que a la momentánea ventaja, al objetivo último de transformar una sociedad lastrada en una sociedad libre antes que en el pírrico triunfo que proporciona el corto plazo. Como lo ha señalado con acierto Jesús Huerta De Soto, el pragmatismo es el vicio más peligroso en el que puede caer un liberal (...) motivando sistemáticamente que por conseguir o mantener el poder se hayan consensuado decisiones políticas que en muchos casos eran esencialmente incoherentes con los que deberían haber sido los objetivos últimos a perseguir desde el punto de vista liberal. Y envueltos en ese pragmatismo se hallan muchos que se llaman a sí mismos “liberales”, que vendieron sus talentos a los partidos, alianzas y frentes que llegaron al poder en la década de los noventa, para propiciar reformas parciales, incompletas y, sobre todo, falsas; es decir, meras coberturas para salvaguardar intereses del todo ajenos al ideario liberal.



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