Ésta es, en verdad, una pregunta encerrada en una enigma
que a su vez está entremetida en un problema. Algunos sostienen
que el liberalismo en América Latina ha fracasado al haber
creado más pobreza y corrupción que ningún
otro paradigma político en nuestra historia; otros sostienen
que no fracasó el ideario, sino su aplicación; y,
finalmente, están quienes sostienen que el liberalismo en
realidad no ha fracasado porque nunca se aplicó. La pregunta,
sin embargo, continúa allí, imbatible como un mar
embravecido, y sigue desafiante, esperando que alguien la encare
con objetividad, realismo y sobre todo convicción. Las líneas
que siguen intentan dar una respuesta a este gordiano dilema.
El paradigma en el que baso mis disquisiciones es el viejo axioma
de considerar a la libertad y la responsabilidad como conceptos
integrados e inseparables. Y ello implica entre otras cosas, no
distribuir – o socializar – la propia responsabilidad
entre otros, sino en asumirla por todo lo hecho o dejado de hacer.
De modo que, antes de buscar fantasmas a los que achacar nuestras
culpas, entre los izquierdistas reciclados o los tecnócratas,
examinaremos las responsabilidades que han tenido los propios liberales
en este proceso. Así pues, sostengo que el liberalismo en
verdad ha fracasado en América Latina, pero que este fracaso
tiene distintos niveles. Arguyo además que revertir este
fracaso demanda ingentes, permanentes y sobre todo comprometidas
tareas, sobre todo en el ámbito de las ideas, las cuales
resultan indispensables para quienes defienden las ideas de la libertad
en nuestro continente. Un primer nivel de ese fracaso se encuentra
en el laxo argumento de que un programa integralmente liberal en
América Latina nunca se propuso y por ende, tal fracaso no
existe. Se trata de un programa que comprendiese no sólo
privatizar o reducir la inflación, sino sobre todo hacer
del derecho una herramienta que facilite la creación de la
riqueza, una profunda reforma a la justicia de nuestros países,
la drástica eliminación de impuestos y la reducción
de sus tasas, la extensión de la propiedad privada y su difusión
democratizadora en los sectores más empobrecidos de nuestras
sociedades, y una reducción de las funciones, activos, acciones
y organismos del Estado, devolviéndolas a sus legítimos
titulares, las gentes, y dejando como sus únicas actividades
– con expresas y legítimas reservas – a la seguridad
externa e interna, las relaciones internacionales con otros Estados
y la administración de justicia. En suma, un programa centrado
en ideas claras, con propuestas muy concretas y serias, y cuyo objetivo
sea establecer y extender una revolución liberal, capitalista
y popular en América Latina. Lamentablemente muchos liberales
se han amparado en la débil coartada que sostiene que, como
este programa nunca se propuso ni se aplicó, entonces no
hemos fracasado. Una lectura más detenida nos obliga a decir
que no es que no hayamos perdido, sino que no nos presentamos a
la justa a la que habíamos sido convocados. Así pues,
no perdimos porque nuestros rivales ideológicos, los socialistas
y conservadores, presentaran mejores programas, o que éstos
fuesen más innovadores, inteligentes o eficaces; perdimos,
simplemente, porque no estuvimos allí y ni siquiera elaboramos
dichas propuestas de manera integral y conjunta, sino a lo sumo
parcial y de modo coyuntural. Por ende, ¿cómo nos
íbamos a presentar a una competencia en la que sólo
presentaríamos ideas inconexas e incompletas? ¿cómo
íbamos a propender a la gran transformación de nuestras
sociedades a través de la libertad sin un ideario coherente,
terminado y dirigido a enfrentar resueltamente los problemas más
sustanciales de los ciudadanos de a pie de nuestros países?
Este desconocer como un fracaso no haber presentado ni promovido
un programa integral para la libertad en América Latina es
lo que más directamente ha contribuido a la derrota de los
liberales en la década de los noventa. Y hay allí
una responsabilidad mayor, porque no haberlo hecho ha dejado en
manos de los oportunistas de siempre el camino hacia un posible
progreso de nuestros países, el cual ha quedado, una vez
más, truncado. Revertir ese fracaso – y presentar tal
ideario – es la tarea de la década que se inicia, y
deberá ser la principal prioridad de los liberales durante
los años siguientes.
De otro lado, los liberales que propugnan esta
tesis – así como la de la parcialidad liberal de las
reformas en su contenido o aplicación – olvidan por
lo general, una verdad tan grande como un templo, que es, además,
el segundo nivel de este fracaso: que propugnar un programa de corte
tan radical y purificador, requiere un movimiento de opinión
pública – es decir, de promoción de las ideas
liberales – que convenza exitosamente de sus resultados a
las mayorías nacionales, que denuncie decidida y permanentemente
las arbitrariedades, tropelías y sensualidades del poder,
las derrote en el imaginario popular y en las creencias y mitos
ideológicos de las personas, y formule los ejemplos y paradigmas
para desmenuzar al némesis de la libertad – el poder
– en tantas partes como personas existan en una república.
Y un movimiento de opinión pública de estas características
tiene como primera tarea enfrentar a los partidos políticos
– y a sus respectivos líderes – que usaron el
ideario de la libertad para permanecer en el poder – como
el Partido Revolucionario Institucional de México –
o que lo usaron como un maquillaje para cubrir su auténtica
naturaleza – como el Partido Justicialista de Argentina –
o que se coaligaron con partidos, los cuales, por su ideología
y estructura son opuestos a la libertad – como el Movimiento
Libertad de Perú – o que de liberal sólo tienen
el nombre – como el Partido Liberal de Colombia, afiliado
a la ¡Internacional Socialista! – o que, finalmente,
tomaron la filosofía de la libertad en forma parcial, es
decir, sólo considerando libertades económicas pero
dejando deliberadamente de lado libertades más fundamentales
– como los dos principales partidos de Chile –denunciándolos
y descalificándolos por haber hecho con la idea de la libertad
lo que Procusto hacía con sus infortunados huéspedes:
mutilándolos o estirándolos según su particular
y caprichoso parecer. Se trata por cierto de un movimiento de ideas
y opiniones que sea leal al principio antes que al cálculo,
al ideario antes que a la momentánea ventaja, al objetivo
último de transformar una sociedad lastrada en una sociedad
libre antes que en el pírrico triunfo que proporciona el
corto plazo. Como lo ha señalado con acierto Jesús
Huerta De Soto, el pragmatismo es el vicio más peligroso
en el que puede caer un liberal (...) motivando sistemáticamente
que por conseguir o mantener el poder se hayan consensuado decisiones
políticas que en muchos casos eran esencialmente incoherentes
con los que deberían haber sido los objetivos últimos
a perseguir desde el punto de vista liberal. Y envueltos en ese
pragmatismo se hallan muchos que se llaman a sí mismos “liberales”,
que vendieron sus talentos a los partidos, alianzas y frentes que
llegaron al poder en la década de los noventa, para propiciar
reformas parciales, incompletas y, sobre todo, falsas; es decir,
meras coberturas para salvaguardar intereses del todo ajenos al
ideario liberal.

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