Nada
mejor, entonces, para graficar este drama que escoger como símbolo
una ciudad que es la expresión más alta del sistema
que ha dado lugar a este desencuentro y negación de lo
humano, como es Nueva York, capital en la cual Santiago Risso
no ha estado, que no conoce, a la cual no ha viajado, con lo cual
alcanza mayor significado esta idea que habita y se crispa en
el fondo del poema cual es la tragedia del desencuentro y extravío
de lo humano, como en él se dice:
"Hay
ciudades que de pronto,
de noche a mañana, sobre la bulla,
suelen cantar. Otras callan de golpe,
porque no las volveré a escuchar
o quizás, porque nunca,
en ningún recoveco de mi memoria,
supe de ellas". |
A partir
de este reconocimiento trata el poema de un afán, de un
esfuerzo trágico y dramático: construir lo humano,
componer la vida. Pero esta ha sido rota a pedazos, ¿qué
hacer? Porque es casi natural que la poesía asuma la fruición
de solazarse con la creación o germinación de la
vida. Pero, ¿qué hacer cuando esta se la recibe
y se comprueba que es un descalabro. Que, como si ella fuera un
espejo, se nos hubiera caído de las manos y yace hecha
trizas en el piso, suelo –además– lleno de
aristas, de trazos, de líneas que separan y se entrecruzan,
no tierra que fecunda y que germina la semilla buena, incipiente
y virgen; en donde es entonces como si el suelo y la tierra misma,
y no sólo lo humano, se nos hubiera dado roto, dividido,
rasgado a girones y echo añicos, despedazado por uno o
muchos cuchillos.
Y esta
condición elemental pero macabra de darnos todo separado
a tajos tratáramos de unirla y en el intento produjéramos
nuevos y atroces desencuentros; que en este intento de armar el
rostro de lo humano produjéramos una máscara horripilante
pero que al final ello sea lo que nos prodigue siquiera un grumo
de ternura. Se dice en el poema:
"Nueva
York como símbolo de fracción
de cada letra y ritmo de este poema.
Nueva York vista a través de un televisor a color,
y un film de viejo que manifiesta
la pequeñez de los individuos
en la gran metrópoli de la libertad.
Acabo de revisar un email
que rápido como el corazón acelerado
de una paloma cruza el océano". |
Poesía
hecha de versos sueltos, no tan metafóricos como cabe urdirlos
por el asunto que trata, intencionadamente prosaicos, como corresponde
para el tema que presenta, con cierto cansancio medido, con narratividad
bien acompasada, con una historia hecha a la medida como si se
tratara de una novela mínima pero en verso suelto, dicha
con relajo –como conviene– y con exacto y pulcro desparpajo.
Pero
su título de "Prosa..." deviene
más que en el sentido de narración –que lo
es también, pues éste es un poema narrativo–
connota el enunciado de prosa el concepto y la vivencia, buscadas
y logradas, de: lo prosaico.
Cabe
decir, sin embargo, que la referencia a New York es un pretexto
para escribir sobre este tema esencial, cual es el mundo roto
y fragmentado que ahora somos, entes que deambulamos como individuos
desolados en ciudades atestadas de gente pero en la condición
de seres solitarios –no humanos ni solidarios– que
no se encuentran, que no se conocen y consecuentemente no se aceptan
ni se quieren. ¡Menos han de amarse! Donde aparece otro
esquema: La ciudad es lo permanente, las personas y las casas
pasan, pero también la ciudad pasa con cada destino que
se pierde.
Prosa
de Nueva York de Santiago Risso es la vida hecha pedazos.
Retazos de imágenes rotas de la tierra baldía, el
recuento de una vida desconsolada, recortes de un álbum
que nos arrojan al absurdo, pegatinas de figuras que no cuadran,
compuesta de fragmentos desarticulados, vidas trágicas
en su nimiedad, congestionadas, pululando en drogas, alcohol,
sustitutos; y como un símbolo de esta alienación:
fotos y más fotos. ¿Para que? Para tratar desesperadamente
de componer e inventar lo humano en base a instantes, a flashes,
a partículas desmoronadas que no encajan. Testimonio de
una espantosa tragedia, la tragedia de vivir despedazados.
Y en
la escena del poema una mujer: Dora, quien es la que toma fotografías
para una exposición donde se muestran sólo hombres,
es decir seres masculinos. Ella, que es una mujer sólo
fotografía a varones; acumula cientos de fotografías
de rostros gestos, torsos, pedazos de hombres, ella que es mujer,
lo cual es también otra muestra macabra del desencuentro
con ella misma, exposición que ha de realizarse en Lima
y no en Nueva York.
Pero,
curiosamente, ella misma es una imagen en negativo de su lente,
una fragmentación, una pieza, un retazo de un papel sobrante.
Aquí, en este esquema, modelo o paradigma humano todo sobra
y todo falta. Todo es descartable y todo es atesorable en la búsqueda
desesperada de lo humano: un trozo de fotografía que sopla
el viento por la calle bien puede ser la clave que buscamos o
puede ser nada, en donde la vida no tiene ya la grandeza de ser
una vida sino que está hecha de parches jalonados por un
signo fatal, el signo de lo que se compra y de lo que se vende,
el mundo de las transacciones, de las máquinas calculadoras
que nos gobiernan desde Wall Street.
Sin embargo,
¿algo hay de tierno y salvable dentro de este naufragio?
En el poema, sí. Pese a esa sociedad opresora, de rascacielos,
de autopistas, de tiendas; de esa vida azarosa que es el modelo
cosmopolita que ocurre y sucede ahora en todo el mundo, hay algo
que se rescata, algo muy importante dentro de este descalabro,
cual es el reino de la libertad, libertad triste, mínima
pero al final libertad que la poesía liga, une y fraterniza.
Al final algo supervive y permanece dentro de la tragedia, del
drama y de lo hórrido, cual es la triste –y a la
vez grandiosa– libertad para forjar nuestro destino como
querramos y podamos forjarlo.
