Poesía : Cesáreo Martínez
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Entre el Wamani y la Carretilla

Homenaje a José Maria Arguedas, representante del mundo
y hombre andino, por cuya cultura luchó y vivió como los
grandes “Amarus”

Gran Wamani, alza para mi tus oráculos

OH gran Wamani.
Siento arder las nubes sobre mi cabeza.
Mis ojos temblorosos se nublan chapoteando en el aire
y septiembre se quedó sin objetos vivos detenidos por tus labios incandescentes.
OH gran río creador que me danzas adentro.
Tú que frecuentas los nebulosos de la vida y la muerte muéstrame la vida
En esta hora inútil en que un mundo desde afuera me enloquece
Y otra vez bajaremos a besar los sentidos de la mar y la oscura mar de arenas
Porque amanecí en una tierra desgastada por el abismo de dioses extraños
Dioses de la mirada oblicua, devoradores de indios en los terribles días de la malaria.
Porque nací del rocío y la piel mojada de la piedra.
Por que mis trabajos se pierden en las arcas del enemigo, mi aliento se oxida
y solo tu voz me saca, me levanta, me ilumina.
Condúceme a tu casa de agua-verde y sentencias, no dejes
que la ronda de mis sueños ruede al despeñadero.
Y plumas vivas bailaran sobre mi pecho, cuando tu larga piel de plata
brille espantando a mis enemigos.
                                                     OH dios de la mirada atroz
y eternidad frotando tu espalda luminosa.
Muéstrame tu nido de donde surge el arco iris despertando a la tierra
o deja que yo te arrastre en mi curso de humano monte
                                                                              con mi sol apagado.
 Y otra vez bajaremos
a besar los sentidos de la mar y la oscura mar de arenas.
Y tú tendrás tienda de colmillos frescos y otros dioses te amarán.
Ah, ya veo tu mano pura en sus costumbres, la madera tuya
             de sonar instruyendo a las estrellas.
Mis sentidos se agitan para convocarte no me dejes
             Sordomudo con mi sombra chiquita.

El aire se obstina en arder flores frescas.
Más allá de la pendiente se insinúan los humores de una
              tierra con rumores de fruta.
Allí la Madre Luna anda suelta y nadie le presta atención.
Dicen los viajeros que por las noches llora espinas.
Dicen los pájaros migratorios hay un dios grande,
              un río hablador 
Tú que me arrancaste de las tinieblas alza para mí
              tus oráculos
Dime cómo se labran los pensamientos sanos.
Di cómo he de permanecer con mis días para que mis hijos
              no me desconozcan.
Porque mordido en tus misterios me contemplo sustancia
             volátil y quizá, por tus labios incandescentes,
penetremos en el ancho huerto de la vida.
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