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No
podía pronunciar su apellido pero iba a recorrer el centro
de El Paso con ella. Sin conocerla, ni a ninguna de sus obras, conocía
sus senos. No los senos actuales sino sus senos de otra época,
representados en un retrato medio modernista. Después de
una lectura sobre la literatura mexicana la noche anterior en la
universidad, encontré ese retrato en una breve búsqueda
en google. Buscaba alguna información para hacer preguntas
a la famosa periodista y escritora. Pensé que por lo menos
podía iniciar una discusión para romper el silencio.
Le podría decir que sus senos de hace cuarenta años
eran igualitos a los pechos de una querida amiga. Y tenía
un print out del retrato y una foto de mi amiga tomando
sol por si acaso había un momento para discutirlo.
Con otra amiga,
íbamos a encontrar a Elena en el museo de arte enseguida
de su hotel. La encontramos saliendo de la exposición de
Renoir. Nos comentó poco de la muestra. Le gustaron varios
retratos pero le gustó mucho una escultura de un artista
local en el pasillo.
Luego
nos dijo que no le gustaban los juguetes de museo. No son para niños
y son muy caros, dijo. “¿Hay una tienda aquí
cerca donde vendan juguetes? Mis nietos no quieren muñecas
de Dalí. Yo vi más allá una tienda de dólar.”
Y
eso nos sorprendió. Elena vestida con un traje morado elegante
y zapatos de hiking muy de moda; era obvio que no estaba vestida
para recorrer el centro para buscar regalos en una tienda de coreanos.
Pero seguimos caminando lentamente.
En
su lectura hablaba de sus personajes. Pero era la periodista la
que nos estaba preguntando ahora sobre nosotros.
“¿Y
tu qué haces?” Nunca sé muy bien cómo
contestar esa pregunta y, además esa era una temporada sin
chamba. No dije nada.
Sí,
así es, hago nada. Que rico poder decirlo y estar caminando
con Elena Poniatowska. Hago nada.
Mi amiga agregó: “Nadamos juntos.”
Es
cierto, hacemos nada juntos. Leemos libros y caminamos y vamos a
la alberca.
Que
rico un verbo que viene de un sustantivo tan negativo. Hacer nada.
“Y
¿dónde nadan?”
Simultáneamente,
Yo:
“Donde sea, en las calles, en el jardín.”
Mi
amiga: “En la piscina publica.”
Oh
nada swimming no nada ni fu ni fa nada.
La
primera tienda de dólar no tenía juguetes. Nos comentó
de sus preferencias con los juguetes. No le gusta comprar pistolas
a sus nietos, ni juguetes muy elaborados porque hay mucha violencia
en México y los niños pierden rápidamente interés
en sus regalos. Decide comprar unos carritos amarillos con llantas
rosadas para sus nietos y una muñeca que toca música
para su nieta.
Nos faltaba un juguete para uno de sus nietos. Nos dice que uno
tiene que comprar para todos para evitar celos.
Salimos
de la tienda y yo hice una pregunta sobre su retrato. “¿Quién
la pintó desnuda?”
“Nunca
me han pintado desnuda.”
“Sí
usted aparece con arpa como una musa.”
“No,
no, esa fue mi tía Pita Amor”
(Qué
bueno que guardé mi silencio porque ya mero digo Pito
de Amor)
Entramos
a una tienda donde no vendían juguetes para niños,
sino para adultos. Era un sex shop con lencería hecha de
poliéster, panties de malla, batas rojas. En las paredes
colgaban panties sin entrepiernas.
Sólo
nos quedamos unos momentos, mi amiga y yo estábamos un poco
incómodos sabiendo que los únicos juguetes que había
ahí requerían pilas. Al momento en que salíamos,
una vendedora corrió para alcanzar a Elena. La muchacha tenía
como 25 años y estaba vestida con unos jeans apretados y
una blusa tan corta que seguro la había comparado en la misma
tienda con su descuento de empleada.
“Señora,
señora, perdone que la moleste pero ¿cuál es
su nombre?”
“Elena.”
“¡Ay,
cómo me alegra tanto conocerla! Y aquí en la tienda,
aquí en El Paso. Yo quería ir a su lectura de anoche
pero tenía que estar acá, ya sabe, trabajando.”
“¡Mucho
gusto!”
“Doña
Elena, usted ha hecho mi día”
Yo
no estaba seguro si la muchacha realmente conocía a Elena.
Nunca usó su apellido. (Yo todavía no podía
pronunciar su apellido)
Y
la muchacha le dijo a Elena “Que pena que no traje un libro
para que usted me lo firmara.”
Mientras
tanto, atrás de Elena colgaba una tanga para hombre que tenía
en el frente una trompa de elefante. El elefante tenía una
sonrisa y una trompa hueca que yo nunca podría llenar.

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