Nadando con Elena Poniatowska : Antonio Garza
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No podía pronunciar su apellido pero iba a recorrer el centro de El Paso con ella. Sin conocerla, ni a ninguna de sus obras, conocía sus senos. No los senos actuales sino sus senos de otra época, representados en un retrato medio modernista. Después de una lectura sobre la literatura mexicana la noche anterior en la universidad, encontré ese retrato en una breve búsqueda en google. Buscaba alguna información para hacer preguntas a la famosa periodista y escritora. Pensé que por lo menos podía iniciar una discusión para romper el silencio. Le podría decir que sus senos de hace cuarenta años eran igualitos a los pechos de una querida amiga. Y tenía un print out del retrato y una foto de mi amiga tomando sol por si acaso había un momento para discutirlo.
         Con otra amiga, íbamos a encontrar a Elena en el museo de arte enseguida de su hotel. La encontramos saliendo de la exposición de Renoir. Nos comentó poco de la muestra. Le gustaron varios retratos pero le gustó mucho una escultura de un artista local en el pasillo.

         Luego nos dijo que no le gustaban los juguetes de museo. No son para niños y son muy caros, dijo. “¿Hay una tienda aquí cerca donde vendan juguetes? Mis nietos no quieren muñecas de Dalí. Yo vi más allá una tienda de dólar.”
         Y eso nos sorprendió. Elena vestida con un traje morado elegante y zapatos de hiking muy de moda; era obvio que no estaba vestida para recorrer el centro para buscar regalos en una tienda de coreanos. Pero seguimos caminando lentamente.
         En su lectura hablaba de sus personajes. Pero era la periodista la que nos estaba preguntando ahora sobre nosotros.
         “¿Y tu qué haces?” Nunca sé muy bien cómo contestar esa pregunta y, además esa era una temporada sin chamba. No dije nada.
         Sí, así es, hago nada. Que rico poder decirlo y estar caminando con Elena Poniatowska. Hago nada.
Mi amiga agregó: “Nadamos juntos.”
         Es cierto, hacemos nada juntos. Leemos libros y caminamos y vamos a la alberca.
         Que rico un verbo que viene de un sustantivo tan negativo. Hacer nada.
         “Y ¿dónde nadan?”
         Simultáneamente,
         Yo: “Donde sea, en las calles, en el jardín.”
         Mi amiga: “En la piscina publica.”
         Oh nada swimming no nada ni fu ni fa nada.
         La primera tienda de dólar no tenía juguetes. Nos comentó de sus preferencias con los juguetes. No le gusta comprar pistolas a sus nietos, ni juguetes muy elaborados porque hay mucha violencia en México y los niños pierden rápidamente interés en sus regalos. Decide comprar unos carritos amarillos con llantas rosadas para sus nietos y una muñeca que toca música para su nieta.
Nos faltaba un juguete para uno de sus nietos. Nos dice que uno tiene que comprar para todos para evitar celos.
         Salimos de la tienda y yo hice una pregunta sobre su retrato. “¿Quién la pintó desnuda?”
         “Nunca me han pintado desnuda.”
         “Sí usted aparece con arpa como una musa.”
         “No, no, esa fue mi tía Pita Amor”
         (Qué bueno que guardé mi silencio porque ya mero digo Pito de Amor)
         Entramos a una tienda donde no vendían juguetes para niños, sino para adultos. Era un sex shop con lencería hecha de poliéster, panties de malla, batas rojas. En las paredes colgaban panties sin entrepiernas.
         Sólo nos quedamos unos momentos, mi amiga y yo estábamos un poco incómodos sabiendo que los únicos juguetes que había ahí requerían pilas. Al momento en que salíamos, una vendedora corrió para alcanzar a Elena. La muchacha tenía como 25 años y estaba vestida con unos jeans apretados y una blusa tan corta que seguro la había comparado en la misma tienda con su descuento de empleada.
         “Señora, señora, perdone que la moleste pero ¿cuál es su nombre?”
         “Elena.”
         “¡Ay, cómo me alegra tanto conocerla! Y aquí en la tienda, aquí en El Paso. Yo quería ir a su lectura de anoche pero tenía que estar acá, ya sabe, trabajando.”
         “¡Mucho gusto!”
         “Doña Elena, usted ha hecho mi día”
         Yo no estaba seguro si la muchacha realmente conocía a Elena. Nunca usó su apellido. (Yo todavía no podía pronunciar su apellido)
         Y la muchacha le dijo a Elena “Que pena que no traje un libro para que usted me lo firmara.”
         Mientras tanto, atrás de Elena colgaba una tanga para hombre que tenía en el frente una trompa de elefante. El elefante tenía una sonrisa y una trompa hueca que yo nunca podría llenar.



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