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. . . . No recuerdo transición alguna. De repente
estaba fuera de la ventana Mensaje Nuevo, de un lado a otro,
releyendo antigua correspondencia, un pesaroso vicio de nostálgico.
Llevaba ya una media hora de recuerdos que comenzaban a sacarme
del malestar con que había despertado, cuando un título,
en alguna de las once carpetas en las que por entonces se
organizaba mi comunicación con el mundo, me llamó
la atención. Metasexo, decía la casilla de Asunto.
Era un mensaje fechado cinco meses atrás, de Pablo,
corto, como acostumbraban a ser los suyo, en donde me anunciaba
la necesidad de contarme algo pero al final no decía
mayor cosa. Al menos eso comencé a recordar mientras
lo releía:
“Me tomo una cerveza y me pregunto qué pasa.
Me pregunto qué putas es lo que pasa. Ando extraño
hermano, y no sé cómo decírselo.
”Tengo algo que contarle. Bueno, tengo todo que contarle,
pero hay dos cosas que resaltan como pezones gigantes. Es
difícil hacerle comprender la complejidad del asunto
en tan pocas líneas como acostumbran a ser estas comunicaciones.
”Así que como niño construyendo un chantaje,
así me comportaré... porque lo he pensado, y
decido que a lo mejor es igual esperar hasta diciembre cuando
nos veamos. Las mujeres que intervienen en esta historia están
muy lejos... y ese consejo o golpe en la cabeza que usted
me pueda dar estará aun a tiempo entonces, porque de
acá a allá, no puede haber pasado demasiado
con ellas... usted sabe, por la distancia.
”Ahora releo y, claro, este mensaje no tiene mayor sentido
porque no dice mucho. ¿Lo mando? ¿No lo mando?
No sé qué hacer. Tiraré una moneda y
vos nunca sabrás cual fue el verdadero resultado.
Su amigo.”
.. . . . La claridad de la relectura
fue insoportable: se trata, pensé, de un intento anticipado
y equívoco en el tiempo por contarme toda su nueva
historia con Paula. Evidentemente era así, y yo como
un ciego estúpido, cuando lo recibí cinco o
seis meses atrás, no lo había notado. No recuerdo
mi reacción física ante el esclarecimiento epistolar;
recuerdo, sí, cómo el estado de pausa acabó.
Algo volvió a echar a andar el mundo y con su movimiento
invadió mi cuerpo de un venenoso tono que yo creía
olvidado. Me dije a mí mismo, ¡vaya!, el puto
cabrón construyó su mensaje con la estrategia
de los tenues velos, se sacó su mierda y yo como un
imbécil no me di cuenta. Me engañaba a través
del lenguaje, pensé, y eso me enfermó.
.. . . . Sorprendido por una
energía devastadora hice clic en la casilla de responder
y me puse a teclear. En un feroz y punzante tono recogía
una a una las expresiones del mensaje, las invertía
y en un cruel juego de palabras acababa por darle a entender
que no importaba que fuese tarde yo había descubierto
su artimaña, su regalo anticipado de dolor. Escribía
en forma de pregunta agudizando el sarcasmo. Donde el mensaje
hablaba de no decir mucho yo me preguntaba cómo podía
haber estado tan ciego para no haber visto que decía
todo; si hablaba de mujeres yo denunciaba el plural distractor
y construía juegos como los siguientes: ¡Por
Dios!, ¿las mujeres?, ¡si nunca se tratará
más que de una, de una en una, de cada una! Frente
al pasaje que decía que las mujeres que intervenían
en esa historia estaban muy lejos, me mostraba ofendido por
la artimaña de la distancia y me preguntaba cómo
no haber comprendido que, justamente, estaban bien cerca,
contagiosamente pegadas, incluso. Al final me despedía
con una inversión más, usando el pasaje que
hablaba del golpe en la cabeza como gancho para preguntar:
¿cómo no haber visto que si usted esperaba un
golpe en la cabeza como respuesta, era un abrazo, un único
y fuerte abrazo, lo que entonces iba a recibir, lo que recibió?
.. . . . Toda la virulencia de
la que era capaz la saqué con fuerza; escribiéndole,
gritándole, matándolo, sin saber bien qué
mierdas era lo que hacía. Releí el texto, corregí
un par de cosas y fascinado ante su agresividad lo envié
sin preámbulos. Una tensa paz atestó el aire
de mi diminuto cuarto. Esa misteriosa felicidad del desgraciado
(del hijo de puta malo porque sí y más malo
si le siguen preguntando) había dejado de sentirla
tiempo atrás, cuando mis pasos me habían ido
conduciendo (más con astucia que con indiferencia)
al respeto y la admiración por todos y cada uno de
mis amigos. Pero ahora volvía y yo sólo quería
disfrutarla. Algo debió suceder porque recuerdo que
me distraje, me levanté de la silla y hasta salí
del cuarto dejando pasar algunos minutos. Cuando regresé
a la pantalla de mi computadora lleno de ímpetu para
trabajar, la bandeja de entrada de mi Outlook marcaba 1, y
el azul vivo del número me resultó perturbador.
.. . . . Era mi propio mensaje,
lleno del mismo veneno y marcado como Re: Metasexo. La transición
entre la alarma y la comprensión no existió.
Una lectura rápida del encabezado me devolvió
al mundo. El De: y el Para: eran el mismo, en ambos estaba
mi nombre. El mensaje original no era de Pablo, lo había
escrito yo, en septiembre, para él, y desde su nacimiento
reposaba como un dinosaurio vivo en mis carpetas. La mujer
de la que hablaba sí era Paula, y recordé aquellas
dos llamadas suyas que había recibido por esos días,
en septiembre, después de más de un año
de no oír su voz. Las llamadas habían sido torpes
pero cariñosas, y yo quería contárselo
a un amigo. Porque ella me hablaba todo el tiempo en un tono
afectado que entonces no entendí. Como si redondeara
cuentas, como si estuviese a punto de tomar una decisión
que no me iba a consultar pero con la que yo tenía
que ver; y antes de hacerlo quería mi voz, darme la
tormentosa oportunidad (que en realidad no tenía, ¡que
nunca ha existido!) de evitar lo inevitable.
.. . . . En medio del polvoroso
silencio de la ciudad, en esa mañana que con paciencia
se hacía soleada como casi todas las de su noble invierno,
hice clic en reenviar y escribí la dirección
electrónica de mi amigo, en la casilla indicada, la
que decía Para:. Debajo de esa casilla había
otra y se leía: Asunto: Fw: metasexo. Cambié
la sintaxis de la mayoría de las oraciones volviendo
reflexivos los verbos y, sin quitar una sola gota de su lancinante
veneno, lo envié.
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