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. . . Una mañana intratable desperté
y me sentí muy mal. En aquella época llevaba
viviendo un año en los estados unidos, estudiando creación
literaria en medio del desierto fronterizo, lleno de locos,
de gente dedicada a la literatura por la artificial felicidad
de contar historias. Tenía que trabajar en la misma
universidad para financiar hasta la respiración. Era
un trajín agobiante, brutalmente acelerado y por entonces
poco esclarecedor de mi existencia. Un mes atrás había
estado de vacaciones en Colombia, justo para las familiares
fiestas navideñas que esconden, tras su dócil
apelativo, un corrupto atentado a la salud. No sé si
había soñado con ellos o si fue durante la vigilia,
lo cierto es que esa mañana su historia cruzó
mi mente con nitidez. Cuando puse los pies en el piso y trataba
de enfrentar el malestar con dignidad, entendí que
tenía que hacer algo: escribirles, gritarles, matarlos,
no sabía bien.
. . . .
Recién los había vuelto a ver en mi visita
(vivían en Barcelona pero estaban también de
paso por Bogotá) luego de más de un año
y medio sin la calidez de su presencia. La noche que llegué,
unas horas después de aterrizar y cenar en casa de
mi madre, aun prendido de la euforia del viaje y frente a
una botella recién destapada en algún ríspido
bar de la ciudad, me contaron que eran novios, que prácticamente
vivían juntos y que las cosas marchaban bastante bien.
Hablo de Paula y Pablo, en ese entonces dos de mis entrañables
amigos. Recuerdo que me quedé callado el resto de la
noche. Sin rabia, sin pasiones. Únicamente callado,
como si me hubiesen puesto en pause. Ni siquiera cruzó
por mi cabeza uno solo de los miles de recuerdos que tendría
que haber construido en los más de cuatro años
de noviazgo que compartí con ella.
. . . . La rumba siguió,
y no hablo exclusivamente de esa noche, hablo de las cuatro
semanas completas que estuve allí. Fuimos a Cartagena,
a Barranquilla, a distintos pueblos de la gran sabana y por
parajes recónditos de ese país cautivante entonces
asolado por la estupidez. Fuimos juntos, cada uno por su cuenta,
en grupos más grandes, en el ritmo propio de diciembre.
A veces recordaba sus besos, sus manos, el hecho distante
en el tiempo de haberla amado. Y lo veía a él
también, en medio de las borracheras más dulces,
sonriendo y metiendo verbo; con su energía, con su
implacable tozudez para recorrer las calles. Lo admiraba por
mil razones pero sobre todo por esa capacidad empresarial
que de la nada le surgía cuando se trataba de armar
los más extensos y disímiles parches de fiesta.
Era capaz de juntar una histérica y un payaso, una
poetisa mamona y un ingeniero pedante, y ponerlos a bailar
como si el mundo se quemara. Pero ese buen mes se acabó.
Regresé al desierto y sin ocasión a reflexiones
entré en mi rutina. Clases, revistas, congresos de
literatura, candidatos y suplicantes, libros y hojas en blanco,
muchas hojas en blanco tratando de llenarse como marranos.
. . . . Esa mañana en
medio del fastidio resolví que tenía que hacer
algo para distraer el duende atroz de la melancolía
que comenzaba a asolar. Encendí la computadora y me
dispuse a escribir un correo. En el destinatario me puse a
mí mismo y en CC: añadí cada uno de sus
nombres. Quizás producto de la estúpida pretensión
simbólica no se me ocurrió qué escribir.
Estuve más de diez minutos sin siquiera acabar la línea
de saludo y sin embargo con la misma sensación: escribirles,
gritarles o matarlos, no sabía bien.
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