La palabra “moradas”, obviamente, no se agota en la alusión
al espacio real que se habita: la casa, y de ahí la ciudad en
la que está y la palabra que la construye como texto, como he
propuesto en mi lectura de la primera parte de Moradas de la voz. “Moradas”
convoca también la idea del espacio íntimo donde uno se
halla a gusto, en el encuentro consigo mismo o en el disfrute de la
compañía familiar o la cercana amistad. Este es, quizás,
el eje en la organización de la segunda sección del libro.
Se trata de notas breves, en su mayoría, que nos ofrecen revisiones
de poemas, vistazos a libros y pequeños homenajes a poetas. En
la sección se percibe algo así como un cierto aire de
familia, pero no en el sentido de que haya registros similares entre
los autores comentados, sino porque Zapata se siente o se ha sentido,
en uno u otro momento, cercano a ellos –sin que sean necesariamente
sus lecturas más frecuentes o tengan que ver con la configuración
de su propia escritura poética-. Los recuerda con aprecio, los
comenta con satisfacción, los reseña con entusiasmo. Y
este aire familiar permite que el autor se otorgue licencias autobiográficas,
como recordar sus primeras lecturas del poeta en cuestión o sus
impresiones al conocerlo, por ejemplo, que sirven como invitaciones
al lector a participar de ese “pequeño espacio de confianza”,
para utilizar una frase del poeta Watanabe en un poema aludido, justamente,
en esta sección.
En el primer número de la imprescindible revista Las Moradas
–inevitable referencia que se nos aparece con el título
elegido por Zapata- leemos: “Cuando salimos a la aventura, a la
caza de las presas espirituales, pensamos siempre que habremos de volver
a unas MORADAS, donde habrá amparo para lo atesorado, que no
habremos de llevar siempre a cuestas. Punto de reunión, para
el contacto, para el cambio, para la confrontación de hallazgos...”
Esta cita del maestro Westphalen, refleja, de algún modo, lo
que hallamos en el libro al que ahora nos acercamos: reencuentro con
poéticas con las que el autor ha dialogado muchas veces, reflexión
sobre lo leído y sobre la experiencia del hombre de estos tiempos,
regreso simbólico a ciudades de uno u otro modo conocidas y,
por supuesto, reunión, en un mismo libro, de varias voces que
conversan entre sí. No es casual, por ello, que Miguel Ángel
Zapata con Moradas de la voz practique varias operaciones simultáneas
de retorno, además de la que significa regresar sobre las huellas
de sus lecturas: Zapata hace un alto en su camino y regresa a Lima (su
ciudad, aunque no de nacimiento, sí de juventud), a su alma mater,
la Universidad de San Marcos, que ha editado el volumen, y a la reunión
con amigos como los que, en la presentación del libro, compartieron
sus poemas con los asistentes. También esto significa una morada
de la voz.