Las Moradas de Zapata por Luis Fernando Chueca
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Miguel Ángel Zapata
Moradas de la Voz. Notas sobre la poesía hispanoamericana contemporánea
Lima, Instituto de Investigaciones Humanísticas de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Escuetamente define “morada” el Diccionario de la Real Academia Española como “Casa o habitación” o “Estancia de asiento o residencia algo continuada en un lugar”. Espacio de reposo y protección, podríamos añadir. La morada en nuestro imaginario tradicional, desde la serena fonética de su palabra, es el lugar en que encontramos la calma necesaria, el alimento y la bebida que sostendrán nuestro camino posterior. Reparación y compañía, descanso y tranquilidad.
Cabe la pregunta, en estos tiempos modernos (o posmodernos), de cuál es la morada del hombre. ¿Cómo es posible que encuentre sosiego en el fárrago cotidiano, en el apuro o la estrechez de la vida diaria? Porque la morada, la íntima habitación del ser humano, se llena muchas veces, en circunstancias como las que vivimos, del espacio de afuera, de la calle, y no se ofrece solo como el remanso necesario: la casa es, también, o puede serlo, tan infierno como lo que está cruzando el umbral de la puerta.
Así, el individuo habita en la calle; su casa es la ciudad. Y entonces, el tráfico, la contaminación, el bullicio, la rutina, los terribles contrastes, son sus referentes inocultables, su alimento cotidiano. La morada es la macrocefálica selva de cemento.
Quizás esta sea una lectura válida (y solo una, porque hay más) del título del libro de Zapata, sobre todo al tener en cuenta que la mayor parte de los ensayos de la primera sección de su libro (todos, me animaría a decir, incluyendo el texto dedicado a Parra, aunque sin explicitarlo) atraviesan el espacio de la urbe para develar cómo se instala (o desinstala) en ella la voz de los poetas. La ciudad violenta a punto del apocalipsis; la ciudad repetida, cual siniestro juego de espejos, en cada nueva urbe que se habita; la ciudad que obliga a llevar las marcas de su deshumanización sobre el propio cuerpo; la ciudad, en fin -como nos recuerda el autor a través de las palabras de José Emilio Pacheco, que se funda siempre en la violencia.

Miguel Ángel Zapata ha recordado cómo la experiencia de la modernidad ha dado origen a una mirada de horror -aunque fascinada al mismo tiempo- por el espectáculo de la urbe. Desde Baudelaire, desde Rimbaud, las voces de muchísimos poetas han hablado de su entorno, desde variados registros, pero casi siempre con cierta -o mucha- desazón. Por eso los sujetos que habitan los poemas recorren las calles espantados, alertas, preocupados, envueltos en un turbio desasosiego, en un eufórico odio o en una serena desesperanza; pero también dispuestos a cada instante a echar la vista hacia adentro para un breve instante de solaz: mirar la naturaleza (aunque desde la ventana, lo que no permite que olvidemos, finalmente, dónde estamos), auscultar el cuerpo en pos del placer arrebatado por el infierno alrededor, o buscar en la casa el espacio que proteja y reconforte.
Imposible hacer un recorrido detallado, más allá de los breves apuntes anteriores, sobre estas “moradas de la voz” que -en un registro que sin descuidar el rigor de un texto académico, se vale también de la lúcida intuición poética que permite asir, justamente, lo a veces inasible- dibuja Zapata en las páginas de la primera sección de su libro.

Pero “Moradas de la voz” es el título, y no “Moradas”, solamente, porque no es solo la ciudad lo que aparece a nuestros ojos de lectores, sino la factura de los poemas que hablan de ella y desde ella: la dimensión del arte de cada poeta que, como bien recuerda el autor en más de una oportunidad, no es (no puede ser) solo transcripción de la cartografía urbana que reconoce en su periplo vital el hablante del poema, sino reconstrucción, subjetivación; escritura, a fin de cuentas. No es posible ahora hacer esa revisión exhaustiva, repito; pero sí interesa destacar algunos de los muchos aportes de estos interesantes seis ensayos: la apuesta por captar la complejidad y la consecuente voluntad de discutir simplificaciones, como las que proponen mirar a Parra únicamente como antipoeta; el sugerente recurso de la intertextualidad, que nos permite apreciar diálogos no presentidos entre los poetas tratados en estas páginas y varios otros, contemporáneos o no; la atenta percepción de la textualidad del cuerpo o la corporeidad del texto; y el similar interés y profundidad tanto en el retorno sobre textos canónicos de la tradición hispanoamericana contemporánea, como los de Parra, Cisneros, Hahn o Pacheco, como en la propuesta de lecturas fundacionales, como en el ensayo sobre Carmen Ollé.
 
 

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