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Continuación Fábula de la abeja migratoria.

En espera de que una más refinada historia de la cultura permita elaborar nuevos mapas de las constelaciones artísticas y literarias, podemos sin embargo observar que desde el siglo XIX, y de manera clara durante el siglo XX, se introdujo en forma casi natural un cierto desorden en la relación entre territorios y creatividad. Para marcar este cambio me gustaría contrastar a dos creadores alemanes, uno atado durante toda su vida al estrecho territorio de su ciudad y otro en permanente movimiento e inestabilidad. Durante toda su larga vida, Immanuel Kant no se alejó más de unos pocos kilómetros de su ciudad natal, Königsberg, lo que no le impidió edificar un coherente sistema crítico: posiblemente fue su encierro en el reducto fortificado de esa montaña de poder real lo que facilitó al filósofo la construcción de sus tres castillos de racionalidad, diseñados para resistir los embates del tiempo. En contraste, Walter Benjamin tuvo una corta vida en constante migración y zozobra, viajando sin destino y sin llegar a establecer una residencia fija. El resultado fue una obra muy atractiva pero fragmentaria y contradictoria.

Desde luego no pretendo que hallemos una tendencia lineal que llevaría de la sólida ilustración moderna altamente territorializada de Kant a la postmodernidad inestable y fracturada de un Benjamin desterritorializado.

Pero me gusta jugar con las biografías de estos filósofos como alegorías de la relación entre creatividad y territorio. Así, me pregunto si la radical renuncia de Walter Benjamin al territorio no lo llevó a ese lugar tan temido por Kant: a los espacios eventualmente sublimes pero peligrosos del delirio fantasmático, a ese reino de las sombras donde han perdido la razón esos locos y visionarios como Swedenborg, una región ubicada más allá de los límites de la significación.

Esta inquietud ha acechado desde hace decenios a los científicos y a los pensadores. Se ha creído percibir un agotamiento de las estructuras significantes, la desaceleración del progreso ante la imposibilidad de las ciencias y las artes de crear nuevas ideas o cánones. Sucedería en todos los ámbitos de la creación y de la investigación lo que parece haberle ocurrido a los geógrafos: ya no habría territorios desconocidos por explorar. Hace ya muchos años, en 1969, el científico Gunther Stent, en su libro The Coming of the Golden Age,(1) planteaba la cercanía de los límites. En biología sólo quedan tres territorios por explorar: el funcionamiento de los sistemas nerviosos desarrollados, el origen de la vida y los mecanismos de diferenciación celular. En la física se ha perdido la noción de lo que se busca —creía Stent— y, como en las matemáticas, los investigadores están sometidos a los rigores de una ley de rendimientos decrecientes. Por otra parte, en las artes se disuelven los cánones de la narratividad, los caracteres, las figuras y las secuencias tonales. Desde otra perspectiva, el historiador Eric Hobsbawm ha llegado a conclusiones similares. El nuevo arte, a lo largo del siglo XX, no habría llegado a ninguna parte al abandonar el lenguaje de la representación, la reproducción y la interpretación.(2)

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