Sin embargo, en vez de matarme, el asesino avanz� hacia m�, apres� mi rostro entre sus manos y me bes�, con una dulzura que parec�a imposible que residiera en un ser concebido �nicamente para destruir. Acto seguido dej� ir la espada y desapareci� ante mis ojos como la sombra que era. Turbada por todo lo sucedido, en un primer momento no comprend� por qu� se me hab�a permitido seguir viviendo, aunque no tard� en descubrirlo: los traidores necesitaban un inocente a quien imputar su crimen. Cuando los soldados supervivientes fieles a mi padre llegaron al lugar de los hechos, me hallaron arrodillada junto los restos mortales del rey, con una espada ensangrentada en el regazo, la espada del asesino que hab�a recogido del suelo sin saber muy bien por qu�. Sin perder tiempo, me encerraron en la torre m�s alta del castillo y all� aguard� pacientemente mi sentencia. No me hab�an dado la oportunidad de explicarme, aunque, de todas formas, nadie me habr�a cre�do; parec�a claro que la hija menor del monarca, con la ayuda de sus hermanos, hab�a contratado un ej�rcito mercenario para hacerse con el control del reino y que, al final, hab�a traicionado tambi�n a sus c�mplices para reinar en las tierras de su padre como �nica soberana. Finalmente, al amanecer se me comunic� sin ceremonias que hab�a sido condenada a morir decapitada en la plaza del pueblo; aquello no me sorprendi�, estaba segura que los conspiradores no iban a permitir que un testigo de su conjura pudiera contar tarde o temprano la verdad. De todas formas, tampoco me import�, pues ya estaba muerta, aunque ninguno de mis verdugos lo supiera todav�a; tan s�lo me dol�a no poder devolver alg�n d�a a todos los traidores el dolor que hab�an infligido a m� y mi familia. Tras concederme mi �ltima voluntad, sostener en mi regazo la espada con la que supuestamente hab�a dado muerte a mi progenitor, me subieron al cadalso y me obligaron a arrodillarme frente un ennegrecido toc�n de �rbol. Sonaron los redobles, el verdugo encapuchado alzo el hacha sobre mi cuello desnudo... Y, entonces, algo extra�o sucedi�. Un s�bito estallido de luz cegadora envolvi� el mundo de alrededor, precedido de cientos de gritos de desconcierto y miedo. Cuando abr� los ojos, me hallaba a cientos de metros del suelo, surcando los aires a lomos de una extra�a bestia alada; un hombre joven, envuelto en una t�nica verde botella, estaba sentando frente m� y la guiaba con �rdenes en un lenguaje que no conoc�a.


Era el que ser�a mi mentor, el hechicero m�s sabio y poderoso que jam�s he conocido. Sin pedirme nada a cambio, me acogi� en su casa, me tom� como su �nica pupila y me inici� en los secretos de la magia, los misterios antiguos, la alquimia; me ense�� a hablar y descifrar correctamente el lenguaje arcaico, el idioma de la magia, y a lanzar hechizos y maldiciones con los que defenderme. Todo lo que soy ahora se lo debo a �l. Jam�s podr� agradecerle lo suficiente todo lo que hizo por m�; mi persona s�lo aspira a convertirse un d�a en una de las m�s poderosas, temidas y respetadas hechiceras del mundo, para que mi maestro pueda sentirse orgulloso de su m�s amada obra, lo �nico que est� en mi mano para devolverle el favor que me prest� tiempo atr�s. Pero antes de que llegue ese ansiado d�a, he de llevar a cabo mi venganza y hacer pagar con creces a aquellos que me hicieron sufrir, a los que me arrojaron a los brazos de la muerte, me tacharon de asesina y me condenaron a vivir una existencia que no me hab�a impuesto el destino.


Han pasado varios a�os desde que abandonara a mi mentor e iniciara mi vagar por el mundo en pos del asesino de mi padre; una capa negra, un saquito de hierbas y la espada ensangrentada que recog� aquel d�a del suelo de la sala del trono son mis �nicas pertenencias. La he guardado desde entonces, exactamente igual a c�mo la recog�, con la sangre seca de mi padre empa�ando su brillante filo. Aunque no haya sido instruida en el manejo de las armas, con ella pretendo dar muerte al joven vestido de negro, al asesino-hechicero que os� robarme mi �nico beso y el coraz�n, el que con sus fr�os ojos de tormenta invade cada noche mis sue�os y pesadillas, y envenena mi alma con sentimientos contradictorios, pues le odio y le amo con la misma intensidad. Uno de los dos morir� en batalla, as� se lo he jurado a las estrellas. Despu�s, si resulto victoriosa, regresar� a las tierras que me vieron nacer y recuperar� el reino que por derecho y herencia me pertenece. Y por �ltimo ser� libre, para vivir mi nueva vida y terminar mis d�as como mejor lo desee.
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