Me llamaban Eline de Valois y era hija menor del Se�or de Valois, soberano de las hermosas tierras de Darna. Ahora se me conoce como Ahil�n, la hechicera. Eline, la princesa sin reino, la repudiada, la proscrita, muri� hace mucho tiempo. Un grupo de nobles sedientos de poder, liderados por su t�o, el ambicioso duque, le arrebataron la vida, destruyeron su mundo y todo cuanto su corta existencia hab�a conocido, truncando todos sus sue�os y esperanzas. Durante a�os, gestaron en las sombras el perverso plan que cambiar�a para siempre el destino del reino y todos sus habitantes. Nadie pod�a imaginarse siquiera la cat�strofe que estaba apunto de sobrevenir. Cuando quisimos darnos cuenta, ya era demasiado tarde, el apacible mundo que hab�amos conocido hab�a empezado a desmoronarse: uno a uno, los guardias reales hab�an sido abatidos por los conspiradores; las vidas de los cortesanos m�s allegados al monarca, sesgadas; mis hermanos y hermanas, confinados en las mazmorras y ejecutados; el rey, v�ctima de la traici�n de sus familiares.
Por fortuna o desgracia, logr� escapar a mis verdugos y, con las manos desnudas, corr� en busca de mi se�or, con la esperanza de llegar a tiempo de alertarlo. Pero cuando alcanc� la sala del trono, el cuerpo de mi padre yac�a sin vida en medio de un charco de sangre... y no estaba solo. Su asesino se ergu�a sereno junto el cad�ver desgarrado, observ�ndolo indiferente, mientras sosten�a firme entre sus manos una espada ensangrentada. Era alto y esbelto, vest�a de negro de pies a cabeza y una misteriosa aura lo envolv�a como una segunda piel; era un despiadado asesino contratado por mi t�o, silencioso y letal, pero tambi�n un poderoso hechicero. Al percatarse de mi presencia, volvi� lentamente su rostro hacia m�, la viva m�scara de la inexpresividad, y descubr� con asombro que no era m�s que un muchacho tres a�os mayor que yo. Furiosa y rota por el dolor, clav� en �l mis ojos anegados en l�grimas, desafi�ndolo sin palabras, y nuestras miradas se cruzaron por primera y �nica vez; nunca olvidar� la escalofriante sensaci�n de aquellos fr�os ojos grises traspas�ndome el alma igual que dagas de hielo y la certeza de que iba a morir; a�n hoy, a�os despu�s, continuo revivi�ndolo en mis pesadillas con la misma intensidad. |