EL ASUNTO DE LOS VENENOS
VENENO

El escabroso "Asunto de los Venenos"

Los años inmediatamente anteriores al anuncio oficial hecho por el Rey Luis XIV, en 1682, de que Versalles sería en adelante la sede del gobierno, estuvieron cargados de acontecimientos que influirían en su reinado. Aunque Luis XIV pasaba por un último arrebato amoroso (la marquesa de Maintenon iba afirmando lentamente su dominio sobre él), y ya andaba "persiguiendo" a los protestantes franceses tras anular el Edicto de Nantes promulgado por su abuelo Enrique IV, con el fin de "convertirlos" a la única Fe permitida, se fue transparentando una conexión siniestra entre los más humildes y los más encumbrados del país.
El veneno estaba en el aire...

Cuando la primera Madame, Enriqueta de Inglaterra, duquesa de Orléans, murió con terribles dolores, mucha gente, con o sin razón, pensó que había sido envenenada. Luego, Daubray, jefe de la Policía de París, fue envenenado por su esposa. Poco después, murió misteriosamente otro alto jefe de policía.
En aquel tiempo era difícil asegurar que se había administrado veneno, ya que aún se desconocían las técnicas para analizarlo. Cuando se presentaba como prueba unos polvos o un líquido, se administraban a un perro y luego se dictaminaba si eran o no venenosos según que el perro muriese o siguiese viviendo. Los médicos trataban continuamente de inventar antídotos seguros. A veces los probaban en prisioneros condenados a muerte: el experimento solo se hacía con el consentimiento del reo y se le ofrecía la libertad si sobrevivía. Por lo general, morían tras tan horribles agonías que hasta los médicos se compadecían de ellos. A pesar de la comprobada ineficacia de los contravenenos, todos creían firmemente en ellos y con frecuencia parecían dar resultado. Los venenos más en boga eran el arsénico y el antimonio. Solían ser éstos administrados por medio de enemas, procedimiento profiláctico de uso general para contrarrestar las pantagruélicas comilonas. Las esposas descontentas eran aficionadas a impregnar con arsénico los trajes de sus maridos para producir los mismos síntomas que la sífilis, fatal a veces, aunque no siempre. De cualquier modo, el hombre quedaba desacreditado muriese o no. Un objeto tratado con arsénico podía matar, pero sólo si la víctima se llevaba los dedos a la boca después de tocarlo.

La Marquesa de Brinvilliers: una viuda negra

En 1676, la marquesa de Brinvilliers, dama de apariencia dulce e inofensiva, muy dada a las buenas obras, fue llevada a juicio. Como toda la alta sociedad la conocía, el asunto tuvo enorme resonancia. Se le acusaba de haber envenenado y asesinado a su padre a lo largo de ocho angustiosos meses durante los cuales, al parecer, lo había cuidado abnegadamente. No contenta con ello, luego hizo lo propio con sus dos hermanos y había tratado de eliminar a su marido, el marqués de Brinvilliers. Por fortuna para él, el amante de la marquesa y su cómplice, que no deseaba casarse con alguien tan malvado como él mismo, administraba un antídoto al marido cada vez que ella le administraba el veneno. El resultado fue que el marqués de Brinvilliers sobrevivió, pero con el aparato digestivo tremendamente destrozado.
Ya con anterioridad, Madame de Brinvilliers también había matado a gente en los hospitales, que solía visitar dulcemente, ensayando en los internados varios venenos para estudiar sus efectos.
La marquesa, denunciada por su marido, fue arrestada y encerrada. En la cárcel, fue sometida a "la cuestión" por el juez instructor... bonita palabra para designar un interrogatorio lleno de suplicios para obtener su confesión. Sometida a tortura, confesó todos sus crímenes y proclamó su arrepentimiento.
Toda la alta sociedad esperaba su juicio y su ejecución: fue decapitada y su cadaver quemado, "asi que -dijo la marquesa de Sévigné- todos la respiramos ahora."
Sus últimas palabras fueron que le parecía injusto que ella fuera la única en sufrir semejante condena, considerando que la mayoría de la gente de alcurnia hacía, cuando le convenía, lo que ella había hecho.

El Jefe de Policía La Reynie
Al asesinado Daubray, le sucedió como Jefe de Policía Nicolás Gabriel de La Reynie. El hombre y el cargo eran hechos el uno para el otro... La Reynie era uno de esos hombres brillantes, ricos, corteses, que caracterizaron la sociedad del reinado de Luis XIV. El Rey depositó en él tanta confianza que transformó la jefatura de policía en una especie de extraministerio. De hecho, a La Reynie, le era potestativo hacer mucho bien o mucho mal a los más encumbrados del país, en tanto que tenía bajo su poder a los humildes. Afortunadamente, hizo el menor daño posible a todos, y en lugar de ser aborrecido, como suelen serlo los policías, fue universalmente estimado. Durante los 30 años que ejercio su cargo hizo milagros en París, limpiándolo fisica y moralmente: le entregaron una inmunda ciudad medieval, una cloaca de vicios, y legó la ciudad mejor gobernada del mundo. Actuó en favor de los desgraciados, mendigos y vagabundos, e hizo cuanto pudo por ayudarles; y también de los numerosos expósitos que eran abandonados en iglesias o solares, que hasta entonces habían estado con frecuencia expuestos a morir.
Antes de la Revocación del Edicto de Nantes, protegió a los protestantes y sus iglesias contra la persecución de sus compatriotas católicos, incluso después de la Revocación llegó a salvarles de lo peor.
Era bibliófilo: coleccionaba y cotejaba manuscritos griegos y latinos.

De la Marquesa de Brinvilliers a La Reynie

Ya desde la extraña muerte de su cuñada la duquesa de Orléans, Luis XIV había ordenado una investigación secreta a Nicolás Gabriel de La Reynie. No sería hasta el sonado escándalo del caso de la Marquesa de Brinvilliers, en 1676, que Francia empezaría a estremecerse conociendo los tenebrosos negocios que se iban cociendo entre la corte y los bajos fondos de París.

Marie Madeleine d'Aubray (1630-1676), Marquesa de Brinvilliers, era hija nada menos que de un secretario de Estado al que había envenenado durante 8 meses seguidos administrándole unas 30 dosis de arsénico hasta matarle. El móbil era la venganza: su padre había conseguido hacer encerrar a su amante, Gaudin de Sainte-Croix, un apuesto caballero iniciado en el arte de la alquimia y del veneno. No contenta con deshacerse de su odiado padre, arremetió contra sus dos hermanos con los que había mantenido relaciones incestuosas desde los 7 años de edad! De pasada, intentó envenenar a su propia hija por considerarla una idiota insoportable, y deshacerse de un marido engorroso. Gracias a los antídotos de Gaudin de Sainte-Croix, el marqués de Brinvilliers pudo sobrevivir al paulatino envenenamiento del cual era víctima, despertando en él dudas razonables sobre las intenciones de su esposa. Aunque sospechaba, el marqués no pudo probar nada y no fue hasta la muerte accidental del amante de su mujer, tras un peligroso experimento de laboratorio, que las sospechas tomaron realmente cuerpo: la policía registró la casa de Sainte-Croix y puso los sellados. En las pesquisas, encontraron numerosas botellitas con arsénico y una extraña carta de éste rogando que se entregara una caja sellada a la marquesa de Brinvilliers si muriera antes que ella. Al reunirse tantas pruebas implicando a la marquesa, el marido decidió denunciarla, pero ésta huyó a Inglaterra y luego a los Países-Bajos, consiguiendo cobijo en un convento. Luis XIV no dudó entonces lanzar una orden de búsqueda y captura contra ella: fue finalmente hallada, secuestrada y puesta a disposición de la Justicia. A pesar de las pruebas incriminatorias, la marquesa lo negó todo, incluso bajo tortura, soportando los interrogatorios estoicamente. Ante la resistencia de ésta, los jueces intentaron ablandarla introduciendo en su celda a un cura... entonces se derrumbó y confesó.
Ante el inevitable desenlace de su juicio, y a pesar de sus intentos de corromper hasta el propio comisario para tapar el asunto, denunció a sus dos lacayos como cómplices de envenenamiento creyendo que así evitaría la pena capital. Ambos criados acabaron colgados y ella escuchó, sin desfallecer y con gran entereza, la lectura de su condena: primero debía expiar públicamente su crimen llevando una camisa de tela blanca, un crucifijo y un cirio en ambas manos, para luego ser llevada al patíbulo donde sería decapitada con espada (privilegio reservado a la aristocracia) y su cuerpo quemado en la hoguera. Sus cenizas serían lanzadas al Sena al día siguiente.
En el momento de ser decapitada, el tajo fue tan rápido y ágil que su cabeza permaneció durante unos segundos inmóbil sobre sus hombros, para luego caer al suelo.
La marquesa de Brinvilliers era la primera víctima del caso de los venenos...
Pero antes del caso Brinvilliers, un cura de Notre-Dame advirtió a La Reynie que cada día había más personas que confesaban asesinatos por envenenamiento. El sacerdote había vacilado antes de revelar secretos de confesionario, aún sin citar ningún nombre, pero le preocupaba aquel horrible estado de cosas: para él era un cargo de conciencia. La Reynie trató de averiguar más, pero fue en vano. Solo las últimas palabras de la marquesa de Brinvilliers parecían confirmar lo que el sacerdote le había confiado, y convino en que se cocían siniestros asuntos en París. Arrestó a uno o dos tipos sospechosos pero sus indagaciones no prosperaron hasta que un joven abogado, por casualidad, fue a comer a casa de una tal Madame Vigoureux. Nunca se aclaró cómo ese hombre al parecer respetable tenía tal amistad, pues era obvio que el más ligero trato con ella descubría que Madame Vigoureux era lo peor de París. Ocurrió pues, que una de las invitadas de aquella cena, una tal Madame Bosse, se embriagó durante la velada y declaró repentinamente: "¡Qué comercio tan encantador!¡Qué clientes!¡Duquesas y Príncipes! Tres envenenamientos más y haré una fortuna: podré retirarme."
De no haber observado una expresión de contrariedad y alarma en el rostro de la anfitriona, el abogado bien pudo haber creído que aquella mujer bromeaba. Le faltó entonces tiempo para ir a ver a La Reynie y contarle la curiosa historia.
El jefe de policía envió entonces a una mujer como "gancho" a Madame Bosse, la cual obtuvo fácilmente de ésta un frasco de veneno con que despachar a un imaginario marido cruel.
Con semejante prueba, La Reynie hizo detener a Bosse y Vigoureux en plena noche, encarcelándolos en el castillo de Vincennes.
La caja de Pandora quedó entonces abierta......

La Caja de Pandora

En plena noche, La Reynie mandó detener a Madame Bosse, Madame Vigoureux, el hijo y dos hijas de ésta última, mientras dormían todos en la misma cama, y llevados prestamente a la prisión medieval del Castillo de Vincennes, entonces a las afueras de la capital francesa.
Se abrió la caja de Pandora: Bosse y Vigoureux fueron muy locuaces, deseosas de sacudirse parte de culpabilidad ayudando en todo lo posible a la policía. Declararon ser adivinas y admitieron que había por lo menos 4.000 personas practicando ese tenebroso oficio en París y a la sombra de la Corte con fácil acceso a las residencias del Rey Luis XIV. Dieron nombres, muchos, y entre ellos, el de una tal Madame Voisin, apodada "La Voisin", y que había experimentado con ellas dos los efectos letales de un sinfín de productos químicos. Una de las clientes más adeptas de La Voisin y a la cual le había adivinado en repetidas ocasiones el futuro, era Madame de Poulaillon.
Los nombres de La Voisin y de Madame de Poulaillon así revelados, dejaron entrever a La Reynie que estaba precisamente sobre la pista de un negocio tan complicado como siniestro, con ramificaciones harto comprometedoras. De hecho, el nombre de La Voisin era conocido por todos.... Todo el mundo sabía de ella y de sus clientes de las más altas esferas. En cuanto a Madame de Poulaillon, era nada menos que una bonita dama perteneciente a un ilustre linaje de la nobleza de toga de Burdeos (alta magistratura); su marido la había hecho encerrar en un convento tras constatar que había ella intentado repetidas veces envenenarlo.
Con semejante informe, La Reynie acudió a informar al ministro Louvois del resultado de sus pesquisas, y Louvois, a su vez, informó debidamente al Rey. Los tres celebraron consulta y decidieron unanimamente que más valía no pasar el asunto al Parlamento (la suprema asamblea judicial del reino) por dos razones muy concretas y comprensibles:
1º-Cuanta menos publicidad se diera al caso, mejor y eso desde todos los puntos de vista.
2º-El Parlamento, siempre dispuesto a castigar con rigor a la gente humilde, se mostraba siempre reacio a castigar a las personas de alcurnia, más si éstas eran del sexo femenino. ¿Por qué? sencillamente era porque muchas damas y grandes señores se encontraban emparentados con lo más granado de la magistratura parisina y provincial.
Si el procedimiento de envenenar estaba realmente tan extendido en París, como La Reynie empezaba a temer, debía de extirparse a toda costa entre la nobleza, no sólo la de Espada (nobles terratenientes y miembros del Ejército) sino también la de Toga (magistratura y miembros del Parlamento). Ambas clases se habían casado tanto entre sí desde que "los Franceses habían dejado de preferir la cuna al dinero" que empezaban a estar inextricablemente emparentadas y mezcladas.
Así pues, se recreó un tribunal especial llamado "Chambre Ardente" o Cámara Ardiente, bajo la presidencia del respetado Monsieur de Compans, futuro canciller de Francia. Digo "recreó", ya que dicha cámara judicial ya había sido formada en el siglo XVI por la Corona Francesa en tiempos de la Contrarreforma durante el reinado de Francisco I, para contrarrestar el avance del protestantismo.
Compans eligió a sus auxiliares, dos magistrados muy conocidos: el barón de Breteuil y el señor d'Ormesson. El 10 de abril de 1679, se reunía por vez primera la Cámara Ardiente, en sesión secreta para que no se difundieran los detalles de las investigaciones...

La Cámara Ardiente se activa...

Fue pues el 10 de abril de 1679 cuando por vez primera, y en el mayor de los secretos, el tribunal especial o "Cámara Ardiente", se reunió bajo la presidencia del Sr. de Compans, asistido por otros dos magistrados, el barón de Breteuil y el Señor d'Ormesson. El procedimiento consistía en arrestar a los que La Reynie tenía por sospechosos y en someter el interrogatorio a los ojos del procurador general. A éste incumbía la decisión de carearlos con otros acusados. Si se diera tal caso, había que enviar un detallado informe de los careos a los jueces del tribunal, que decretarían la libertad de los sospechosos o la continuación del interrogatorio de éstos. Si se producía la última opción, la de continuar con el interrogatorio, tras llevarlo a su conclusión, el informe pasaría de nuevo a los jueces quienes debían decidir o la absolución o la continuación del proceso. Los que no fueran absueltos, pasarían a un 3er interrogatorio llamado "la Cuestión", un eufemismo para disfrazar, en realidad, una horrenda sesión de tortura en la que el verdugo demostraba ser un virtuoso del sadismo. Si tras el tormento, el sospechoso hablaba, los jueces debían dictaminar su sentencia de forma definitiva e inapelable. De hecho, bajo tormento, cualquier reo soltaba lo que fuese, incluso repitiendo lo que le soplaban, con tal de que el dolor cesara y le dejaran en paz.
Desde luego, a los distinguidos magistrados del Parlamento de París, no les gustó ni un pelo esta serie de medidas emprendidas por la Corona. El Primer Presidente, en representación de sus colegas, redactó un informe para el Rey donde se quejaba amargamente de que la Corona vulnerara los canales ordinarios de la Justicia, pasando por encima de ellos (y sin contar con ellos, claro!). Luis XIV, desde lo alto de su metro noventa, rechazó de plano las "quejas" del presidente..... y con razón, como veremos más adelante, pues finalmente pocos criminales fueron llevados a juicio por la Cámara Ardiente, gracias a los obstáculos puestos por los magistrados. Ya desde 1643, el Parlamento era un hervidero de intrigantes nepotistas que traficaban con influencias e intentaban socavar las prerrogativas de la Corona en beneficio propio, fuese en materia de Justicia como en materia financiera y política. De hecho, la única razón de existir del Parlamento estribaba en los poderes judiciales delegados por el mismísimo rey a sus miembros (magistrados), para administrar en su nombre la Justicia y aplicar debidamente los decretos promulgados.
La Cámara Ardiente se puso a trabajar sin demora. Registraron la casa de Madame Bosse, donde encontraron cantidades de arsénico, cantáridas, recortes de uñas, polvos de cangrejo y demás inmundos potingues supuestamente afrodisíacos. Bosse era víctima y centro de la atención de las investigaciones policiales gracias a la locuacidad de Madame Voisin, a la que señaló como auténtica criminal. Ambas comadres fueron careadas: Bosse acusó entonces a La Voisin de haber envenenado a su marido, igual que a los ya difuntos esposos de Mesdames Dreux y Leféron.
Estalla el escándalo: Madame Dreux era prima del señor d'Ormesson, uno de los jueces instructores, mientras que Madame Leféron era la viuda de un presidente del Parlamento y que ahora se hallaba casada con su ex-amante. Pero la sensacional noticia no acaba ahí... ; la señora Dreux, locamente enamorada del Marqués de Richelieu, trató de envenenar a la marquesa y a las muchas amantes de éste, para llegar a su fín.
Ante tamaña declaración, las señoras Dreux, de Poulaillon y Leféron fueron inmediatamente arrestadas y encerradas en Vincennes.

La Aristocracia del Veneno

A medida que los interrogatorios llevados a cabo por La Reynie se hicieron cada vez más jugosos, las presas de Vincennes, siempre más locuaces, acabaron por destapar la "olla" de lo increíble. Hablaron, vaya si hablaron, y no contentas con ello, dieron nombres, pero no nombres banales sino los que ornaban la flor y nata de la alta aristocracia cortesana de París: la condesa du Roure, la vizcondesa de Polignac, la duquesa de Angulema (prima del rey), la duquesa de Vitry, la princesa de Tingry, la condesa de Gramont, el conde de Cessac, el conde de Clermont-Tonnerre... El asunto parecía una bolsa de pus a punto de reventar; cada vez se hinchaba más y amenazaba con estallar en la cara de los jueces. Saltó a la palestra el nombre de Mademoiselle Claude de Vin des Oeillets, la mismísima camarera de la Marquesa de Montespan que, para colmo, había tenido un "affaire" con el rey y, resultado de ello, parió una pequeña bastarda en 1676, conocida como Louise de La Maison-Blanche (1676-1718). La lista no parecía acabar nunca... la mismísma duquesa de Vivonne, cuñada de la marquesa de Montespan, fue nombrada y también dos hermanas que pertenecían al círculo íntimo del Rey, Ana María Mancini, duquesa de Bouillon, y Olimpia Mancini, Condesa Viuda de Soissons, sobrinas del difunto Cardenal-Duque de Mazarino. La duquesa de Bouillon era la consorte del jefe de la ilustrísima Casa de La Tour d'Auvergne, soberana del principado de Sedan, y era la cuñada del mismísmo mariscal-príncipe de Turenne, el héroe de la Fronda y hombre de confianza de Luis XIV. En cuanto a la condesa vda. de Soissons, pertenecía nada más y nada menos por matrimonio, a la Casa de Saboya-Borbón-Condé, rama colateral de la Familia Real Francesa y rama colateral también de la Casa Ducal de Saboya-Carignano. El difunto tío político de Olimpia Mancini, el Conde de Soissons, había muerto en acto de servicio dejando un bastardo y una hermana que se convirtió en la heredera universal de su casa, casando con un hijo menor del duque de Saboya, el príncipe Francisco Tomás de Saboya-Carignano, a la sazón conde consorte de Soissons. El hijo y heredero de ambos se convertiría en el marido de Olimpia Mancini, y fallecería en más que extrañas circunstancias y de forma repentina, levantando serias sospechas sobre la naturaleza de su muerte. Es más, Olimpia había sido amante del entonces joven Luis XIV, y era famosa por ser una intelectual que reunía en su casa lo más granado y selecto de la alta sociedad francesa en París, casa que el propio monarca frecuentaba con asiduidad. Había hecho mucho por la cultura y por la difusión de las refinadas maneras que anunciaban la legendaria cortesía francesa. Ella misma formó al rey en el gusto por las obras de arte y el refinamiento de los modales.
Pasada la aventura, las relaciones entre Olimpia y Luis XIV se tornaron cariñosas, delicadas, sentando las bases de una gran amistad. De hecho, la condesa de Soissons gozaba de mucha consideración por parte del monarca, aunque menos suerte correría uno de sus hijos, el príncipe Eugenio de Saboya-Carignano, un cabeza loca que prefería los tugurios parisienses a los dorados salones versallescos. Tampoco pasaba inadvertido su pronunciado gusto por el "vicio italiano" y el travestismo; organizaba con otros gentilhombres calaveras, fiestas lo suficientemente depravadas como para disgustar al rey, donde las orgías con robustos jóvenes de su edad estaban al orden del día y levantaban no pocos y jocosos comentarios entre los cortesanos.
A pesar de que todos los nombres citados eran de amigos cercanos del rey, éste ordenó firmemente al tribunal que prosiguiera con sus investigaciones. Quería llegar al fondo del asunto y el envenenamiento, añadió, debía atajarse.
Cuando el interrogatorio de La Voisin finalizó, La Reynie, horrorizado, confesó haber perdido su fe en la naturaleza humana: "Las vidas humanas están a la venta y se negocia con ellas a diario como con cualquier artículo; se tiene al asesinato como único remedio cuando una familia atraviesa dificultades; se practican hechos abominables en todas partes: en París, en los suburbios y en provincias."
Todos los que, por los rumores que corrían cual reguero de pólvora por París o a través de relaciones con los jueces del tribunal, conocieron lo que había estado pasando, quedaron consternados. Hasta la marquesa de Sévigné, escritora incansable y observadora de todo lo que pasaba en París y en el resto del país, no pudo evitar hacerse eco de lo que se estaba cociendo en la Cámara Ardiente, dejándolo patente en su correspondencia con su hija la condesa de Grignan.

Arsénico y Encajes

Un amigo del Conde de Bussy le escribió, al enterarse de los casos de envenenamiento que salpicaban a altos personajes de la aristocracia: "A pesar de la vida mundana e insensible que he llevado, no puedo sobreponerme al horror de lo que me contáis."
La alta sociedad parisiense estaba conmocionada por los rumores, al constatar que el "Caso de la Brinvilliers" no había sido otra cosa que la punta del iceberg.
Entre los otros crímenes de Madame Voisin, al parecer, figuraban los de haber practicado por lo menos 2.000 abortos y la eliminación de muchas criaturas indeseadas. Se habían sacrificado al Diablo niños vivos secuestrados en los barrios más pobres de la urbe, desapariciones que ya habían sido registradas por la policía al recibir aluviones de denuncias. Hasta la propia hija de La Voisin había ocultado a su hijo por miedo a que fuera sacrificado en aras de un pacto diabólico. Si La Voisin mencionó una nutrida lista de nombres importantes, nunca y aún bajo tortura, citó el de la Marquesa de Montespan. Esta omisión tiene entonces dos explicaciones: o bien la marquesa tan solo participó a unos cuantos hechizos inofensivos o bien la bruja, aterrorizada por la espantosa muerte reservada a cualquiera que cometiese el menor atentado contra la vida del Rey, no quiso que se viera implicada con persona tan allegada al monarca.
Las tres brujas, La Voisin, Bosse y Vigoureux, fueron sentenciadas a muerte. La última, Vigoureux, falleció bajo tortura, mientras que las dos otras, tras sobrevivir a los tremendos tormentos, fueron quemadas vivas. Madame de Poulaillon, Madame Dreux y Madame Leféron, salvaron el pellejo: fueron encerradas de por vida en tres conventos distintos de Bélgica, para expiar sus crímenes. El tribunal de la Cámara Ardiente se había mostrado tan pusilánime cuando se trató de amigas y parientes, como lo hubiera sido el Parlamento en similares circunstancias. No hay duda que el señor d'Ormesson, olvidándose de la justicia ciega y ecuánime, distinguió a sus parientes y amigas de las tres brujas a la hora de dar su veredicto.
La Reynie llevaba haciendo investigaciones cosa de un año ya cuando, en 1680, en los círculos de la corte estalló la verdadera bomba y corrió la increíble noticia de que se habían dictado órdenes de arresto contra la Condesa de Soissons por el asesinato de su difunto marido, muerto en 1673; contra la duquesa de Bouillon por envenenar a un lacayo que sabía de sus amores y por intento de envenenamiento de su marido el duque; contra la marquesa d'Alluye por envenenar a su suegro; contra la princesa de Tingry, dama de la reina Maria-Teresa de Austria, de quién se decía que había envenenado a su propio hijo recién nacido; contra el poderoso y popular duque de Luxemburgo-Piney, mariscal de Francia, y contra otras varias personas más de la misma clase social.
Cuando la policía fue a por la Condesa de Soissons, no la hallaron en ninguna parte; se había esfumado de su domicilio del Marais (barrio aristocrático de París). El mismísimo Luis XIV, contra su propia opinión de acabar con las envenenadoras fuesen quienes fuesen, había enviado un recado a la condesa diciéndole que podía optar por ir a la Bastilla y ser procesada, o desterrarse permanentemente del reino. La condesa huyó llevandose cuanto pudo en joyas y dinero, recalando en Bruselas, bajo protección española, llevando consigo a su amiga íntima la marquesa d'Alluye. Una vez a salvo en suelo español, la condesa se puso a negociar con el Rey las condiciones de su rendición. Su principal condición era que no fuera encarcelada en la Bastilla mientras se abriera e instruyera su juicio, sino que se efectuara el proceso judicial de forma inmediata. Luis XIV le replicó que tendría que ir a la cárcel como todas las demás y que no podía garantizarle ninguna rapidez en la instrucción de su juicio. Las negociaciones se rompieron y la condesa de Soissons nunca volvió a pisar suelo francés, por lo que no cabe duda alguna de que era tan culpable como se sospechaba.
El Rey dijo entonces a su prima la condesa viuda de Soissons, suegra de Olimpia, que por haberle permitido escapar de la Justicia tendría que rendir cuentas a Dios y a su pueblo... Un lamento que bien parece tardío.
Otros dos implicados de la lista de La Reynie, el conde de Cessac y la vizcondesa de Polignac, lograron escurrir el bulto y escaparse al extranjero; los demás fueron detenidos a tiempo y encarcelados en la Bastilla.

La Flor y Nata de la Aristocracia en el banquillo

La Condesa de Soissons, Olimpia Mancini, refugiada en Bruselas y gozando de la protección española (sin duda porque supo hábilmente seducir al gobernador), no volvió a pisar suelo francés. Es más, viajó a Inglaterra y a España de donde fue expulsada al ser acusada (sin pruebas) de haber envenenado a la reina Maria-Luisa de Orléans, consorte del rey Carlos II... Definitivamente retirada en Bruselas, moriría allí sola y olvidada. En cuanto a su amiga y comparsa, la marquesa d'Alluye, después de expiar sus crímenes en el exilio, conseguiría obtener su rehabilitación, mientras el conde de Cessac y la vizcondesa de Polignac proseguían con sus peregrinajes por el extranjero, intentando hacerse olvidar.
Mientras, en París, los juicios contra los "importantes" hacían las delicias de la opinión pública y despertaban gran interés...
La duquesa de Bouillon comparecía en la sala del tribunal con sus mejores galas, encantadora, optimista, sonriente, rodeada de admiradores, con su marido a un lado y con su amante al otro, el duque de Vendôme (primo del rey), a causa del cual se alegaba que la duquesa había intentado asesinar al primero. Para colmo, el duque de Bouillon idolatraba a su esposa a pesar de que sus hermanos le instaran en reiteradas ocasiones que la mandara encerrar, por los escándalos que daba con sus múltiples aventuras amorosas. El duque, desoyendo los ruegos de su familia, siempre respondía que mientras no le faltase su parte, su mujer era libre de hacer lo que quisiera.
Al ser interrogada la duquesa de Bouillon por los jueces, ésta admitió haber visitado reiteradas veces a Madame Monvoisin "La Voisin" (en realidad se llamaba Catherine Deshayes y se había desposado con un tal señor Monvoisin), del brazo del duque de Vendôme "para ver las Sibilas"... Cuando uno de los jueces insinuó que había intentado envenenar a su marido, ella soltó con mofa: "preguntádselo a él!"
La Reynie inquirió entonces a la duquesa si había visto al Diablo y, si lo había visto, cómo era, replicándole ella: "Pequeño, negro y feo, exactamente como vos!" ; y se desencadenaron las carcajadas entre la asistencia. Haciendo gala de su ingenio y natural gracia, la duquesa se pasó el resto del juicio exasperando a sus jueces con sus ocurrencias, recibiendo los aplausos de una asistencia presta a reírle todas sus gracias. Como no se pudo probar nada, fue finalmente absuelta y puesta en libertad.
Con aire ufano y triunfador, se le ocurrió entonces publicar sus ingeniosas ocurrencias dando a entender que había derrotado a los jueces y ahí cometió un grave error. El rey, que no estaba dispuesto a tolerar esta clase de dislates, la desterró por rebeldía. El "esprit d'escalier" de la duquesa le costó varios años de mortal hastío en provincias, lejos del mundanal ruido.
Más largo fue el juicio del duque de Luxemburgo-Piney, mariscal de Francia: duró 14 meses!!! Fue acusado, no de envenenar, pero sí de emplear hechizos para librarse del administrador de una rica viuda con la que planeaba casarse; de causar la muerte de su propia mujer; de hacer que su cuñada, la princesa de Tingry, se enamorase de él y le proporcionase victorias en el campo de batalla. Aunque no fue un testigo astuto y habló más de la cuenta, fue exculpado de todos los cargos y desterrado a sus dominios durante una semana... En compensación, mandaron a su secretario a galeras! Cuando el duque volvió a la corte, Luis XIV le recibió sin mencionar una sola vez el juicio, le concedió importantes mandos y éste obtuvo a su vez grandes triunfos en los campos de batalla.

Ridículo...

Las otras personalidades implicadas fueron igualmente absueltas. Todos dijeron con entera franqueza que habían sido clientes de Madame "La Voisin", pero en cambio no había pruebas de que ninguno de ellos fuera envenenador; la siniestra cuadrilla de Vincennes se reveló poco digna de confianza como testigo... Todo el mundo, en general, opinó que la impopular Cámara Ardiente se había cubierto de ridículo.

Sodomía, arsénico y filtros de amor

Por París corrió el rumor de que el rey quería hacer una limpieza general de costumbres y poner fin a la sodomía, vicio que se sabía le era aborrecible y que se castigaba con la hoguera. En repetidas ocasiones, durante su reinado, estuvo a punto de tomar medidas enérgicas contra él pero, al parecer, sus consejeros le indicaron que sería difícil hacerlo, ya que en este asunto en particular todos los caminos llevaban a Monsieur, duque de Orléans y hermano menor de Su Majestad.
Desde luego, el hombrecito, dividiéndose entre el servicio militar y el hampa parisina, con sus coloretes y perfumes, con sus broches de diamantes que regalaba a los muchachos, proporcionaba magnífica protección a sus congéneres.
Ciertamente cundió un malestar general y muchas personas, no sólo los pervertidos, durmieron mal durante ese periodo. Del gran Jean Racine mismo se llegó a sospechar, él, el gran dramaturgo de la corte autor de memorables tragedias. Había sido incluso cliente de La Voisin y su amante había muerto de repente (puede que por culpa de un aborto?). Se dictó una orden de arresto contra él, pero nunca tuvo lugar su ejecución.
Súbitamente toda la investigación se vino abajo. La razón era que todos los criminales encerrados en Vincennes empezaron a nombrar a la marquesa de Montespan. Desde la muerte en la hoguera de La Voisin y de sus compinches, se habían arrestado alrededor de 150 adivinas, secuestradores de niños, alquimistas, falsificadores, sacerdotes privados de su ministerio, practicantes de abortos, traficantes de venenos y "filtros de amor", y otras siniestras criaturas de los bajos fondos de París. Entre ellos figuraba un tal Lesage, que se había librado de las galeras gracias a la mediación de uno de los poderosos "clientes" de La Voisin. En contra de la opinión de La Reynie, el ministro Louvois ofreció a Lesage la libertad si hablaba, y vaya si habló!!! Fue la primera persona en nombrar a la marquesa de Montespan, afirmando que La Voisin le había proporcionado con cierta regularidad unos "polvos" que le había encargado. Otro testigo, una tal Madame Filastre, admitió bajo tortura, que la favorita real solía adquirir filtros de amor y otras mixturas del estilo pero, terminada la tortura, ésta se retractó.
A raíz de aquello, como si de un tácito acuerdo entre presos se tratara, todos empezaron a denunciar a la marquesa de Montespan como principal cliente de brujas y adivinas. Afirmaron con muchos detalles que La Voisin había acudido reiteradas veces al castillo de Clagny (residencia de la marquesa) y a Versalles, para entretenerse con Madame de Montespan. Se afirmaba que ambas habían participado en toda clase de conspiraciones y siniestras ceremonias: la marquesa había estado suministrando al rey filtros de amor para retenerle en sus redes y participado en una misa negra para obtener el apoyo y la ayuda del Diablo. La Voisin propuso celebrar dos más para asegurarse así del éxito, y por lo visto, la marquesa rehusó al carecer de tiempo... Así pues se celebraron otras misas negras y se sacrificaron niños en su nombre, aunque fuera en su ausencia.
Las acusaciones se hicieron cada vez más espeluznantes: La Voisin iba a poner en manos del Rey una solicitud extendida en papel saturado de veneno, el mismo día que la arrestaron, y había dado a la duquesa de Fontanges, rival de la marquesa, un par de guantes igualmente impregnados de veneno...
Profundamente turbado, La Reynie sintió la obligación de informar al Rey. Se produjo entonces una crisis de gobierno: Luis XIV convocó a sus ministros en consejo extraordinario, cuyas sesiones duraron días y días, deliberando acerca de las medidas que había que tomar al respecto. El caso era muy grave porque atañía directamente a la mismísima persona del monarca y a su amante oficial; si se llegaban a difundir las acusaciones y todas esas historias, la cosa podría agravarse aún más.

El "Carpetazo Real"

Cuando La Reynie informó de que los acusados señalaban a la marquesa de Montespan como la principal cliente de La Voisin, el Rey reunió urgentemente su consejo de ministros para debatir si era necesario actuar en consecuencia. Durante días debatieron los ministros en presencia de Su Cristianísima Majestad, y en el mayor de los secretos. Si para Luis XIV la marquesa de Montespan empezaba a ser un engorro como favorita y amante, se tenía en cuenta que era la madre de 8 de sus hijos, que aún existía una relación afectuosa y que vivía en palacio. Era como una segunda esposa para él. Por tanto, Luis XIV no concebía llevarla ante los tribunales para cerciorarse de la auténtica relación "comercial" de ésta con la difunta La Voisin, y eso a pesar de que se sostenía la más que probable posibilidad de que le estuviera administrando esos "filtros de amor" para retenerle en sus redes. Bien pudiera ser que el Rey sufriera de extrañas migrañas a consecuencia de esos brebajes que le suministraba la marquesa...
Si llevaba a la favorita ante los tribunales, por muy inocente que resultara, quedaría para siempre señalada como posible "envenenadora" y practicante de la horrible magia negra que exigía sacrificios humanos. Tampoco resultaba agradable pensar en las posibles bromas que circularían por París y el resto de Europa si la historia de los "filtros de amor" se divulgaba.
Así pues, con la aprobación de sus ministros, el Rey concluyó que había que dar carpetazo al asunto y quemar los archivos.
La Reynie fue el único en pronunciarse contra esa decisión, basándose en que había que poner fin a los envenenamientos en Francia y también que maniatar al tribunal, llegados a este punto, era injusto. "Un castigo diferente por los mismos crímenes empañaría la gloria del rey y deshonraría su justicia."
Alegó, además, que la quema de los archivos conteniendo las declaraciones, se perderían exculpando a ciertos prisioneros. El rey manifestó que los juicios podían continuar mientras toda prueba relacionada con la marquesa de Montespan fuera suprimida. Pero como los archivos estaban llenos de esas pruebas, esto hubiera sido una simulación de justicia. Entonces La Reynie dijo que solo había una cosa que pudiera hacerse en vista de las circunstancias: obtener contra todos los prisioneros una "Lettre de cachet" (carta sellada por el rey en la que se ordenaba prisión sin juicio de la persona nombrada en ella). Esto significaba que 147 personas que en su mayoría habían cometido , al parecer, abominables crímenes y que, de ser halladas culpables, habrían sido torturadas y quemadas vivas, escaparían a todo castigo, excepto la cárcel; pero también que los pocos que pudieran ser inocentes, no podrían probarlo y consumirían el resto de sus vidas en prisión. Guibourg, el cura privado de su ministerio que pretendía haber dicho misas negras por cuenta de la marquesa de Montespan y que quizá la ayudara en sus sacrílegos rezos; Trianon, envenenador abominable; Chapelin, que enseñó a Filastre el espantoso arte del aborto; todos se beneficiarían de este sorprendente golpe de suerte. Si La Voisin, Bosse y Vigoureux no hubieran estado ya muertas, también se habrían librado. Sin embargo, no parecía haber otra solución al dilema.
La Cámara Ardiente cerró sus puertas en 1682, con un balance total de 36 personas torturadas y quemadas vivas; 4 enviadas a galeras; 36 desterradas y multadas (en su mayoría gente de alcurnia, claro) y 36 absueltas. Las afortunadas 81 personas que se beneficiaban de las cartas selladas, pasaron el resto de sus vidas encerradas e incomunicadas en los varios calabozos de las prisiones francesas. Si hablaban era azotadas. Treinta y siete años más tarde aún vivían algunas de estas personas.

Consecuencias funestas

El asunto de los venenos tuvo varias repercusiones, la más seria de las cuales fue que el rey, furioso con la Condesa de Soissons, refugiada en Bruselas, se negó a admitir al príncipe Eugenio de Saboya-Carignano en el ejército francés. Estimaba necesario prescindir de un muchacho que le miraba como un gallito insolente, y que arrastraba la fama de sodomita de sus calaveradas en los tugurios parisinos; en cualquier caso, su mala reputación estaba indudablemente justificada. De haberse quedado la condesa de Soissons en la corte, a Luis XIV le habría resultado difícil rechazar a su hijo para cualquier empleo militar, teniendo en cuenta la gran amistad que les había unido durante tantos años. Al arrojar al principe Eugenio en brazos del emperador Leopoldo I de Austria, Luis XIV cometió uno de sus mayores errores. El prestigio de su ministro Colbert sufrió a causa del asunto, ya que toda la gente encumbrada, incluída Madame de Montespan, eran amigos suyos. Colbert murió en 1683, desengañado, agotado y triste.
A pesar de todas las precauciones tomadas para evitar la publicidad, el escándalo entero acabó por trascender a todo el reino, hasta tal punto que la gente se volvió más suspicaz que nunca sobre los envenenamientos y les atribuyó toda muerte misteriosa. La paranoia triunfó.
Sin embargo, se llegó a un resultado positivo: se reguló de manera muy estricta la venta de venenos en toda Francia con el Real Decreto del 31 de agosto de 1682. Los laboratorios privados fueron prohibidos terminantemente, del mismo modo en que se penalizaban las artes ocultas y las prácticas supersticiosas.

Epílogo

¿Era pues culpable la Marquesa de Montespan? George Mongrédien, cuyo libro sobre el asunto es con mucho el mejor, cree era inocente de los cargos criminales, o sea del intento de envenenar al rey y a la duquesa de Fontanges, y de consentir al sacrificio de niños en las misas negras. La Reynie, en conjunto, parece que fue de esta opinión; el rey y la marquesa de Maintenon, que la conocían a fondo, ciertamente lo fueron. Sus testigos de cargo fueron hombres y mujeres de la peor calaña; mientras estuvieron encerrados en la prisión de Vincennes, se cometió la imprudencia de tenerlos hacinados, y lo más probable es que se conjurasen para acusarla, con la idea de que, si se creía que ella estaba envuelta en el asunto, nunca serían ellos llevados a juicio; y en efecto, así fue.
Mongrédien señala también que a Madame de Montespan nunca se le dió la oportunidad de defenderse. Pero no hay duda de que jugó con fuego. Todos los envenenadores y curas privados de su ministerio que más vociferaban al acusarla, dijeron que habían estado en tratos con su camarera, Mademoiselle des Oeillets. Interrogada por La Reynie, Mademoiselle des Oeillets negó tajantemente haber visto a ninguno de ellos y pidió un careo. Sin embargo, cuando La Reynie la llevó a Vincennes para el careo, todos, del modo más desconcertante, la reconocieron y dijeron su nombre. Cayó entonces sobre ella la sombra de la sospecha, aunque sin consecuencias. La bella Athénaïs ciertamente había intentado hechizos, con los excelentes resultados que se habían notado; y el rey todavía recordaba aquellas horribles jaquecas que había sufrido en la época que ella le había estado administrando los polvos proporcionados por Galet.
Si eso era bastante negativo para la marquesa, no era, obviamente, un crímen. Por fortuna para ella, el rey siempre estaba dispuesto a perdonar a las mujeres, porque las consideraba seres inferiores tan encantadores como irresponsables. La Marquesa de Montespan no era solo la madre de sus hijos sino uno de los mejores ornamentos de su corte. Deslumbraba a los embajadores. Cuando no le exasperaba, le divertía de maravilla. Quemó todos los papeles relativos al asunto, sin darse cuenta de que las anotaciones de La Reynie se guardaban en los archivos de la Policía (hoy se conservan en la Biblioteca Nacional de Francia) y lo arrinconó todo. Tal vez creyera que, si Athénaïs hubiese sido envenenadora, por lo menos una de sus rivales habría muerto o enfermado de modo misterioso, y que habría envenenado haría mucho tiempo a la Marquesa de Maintenon, a quien aborrecía en el fondo de su alma por arrebatarle al rey.
La prueba de que el rey creía en su inocencia fue que la conservó en Versalles durante 10 años más, aunque la mandó del primer piso al de abajo (una alegoría de su descenso a los "infiernos"). Nada podía haber sido más fácil para él que enviarla a un convento, destino habitual de las favoritas depuestas. Los historiadores que atribuyen el fin de la mutua aventura amorosa al papel que a ella se le atribuyó en el caso de los envenenamientos, no han examinado las pruebas; el rey se había distanciado por completo de ella después del nacimiento del Conde de Toulouse, casi un año antes del arresto de La Voisin. Voltaire, con su gran conocimiento de la naturaleza humana, resumió la cuestión en pocas palabras: "El Rey se había reprochado su unión con una mujer casada, y cuando dejó de estar enamorado, su conciencia se lo hizo sentir más agudamente."
En cuanto a la pobrecilla duquesa de Fontanges... Athénaïs tenía razón al creerla demasiado estúpida para retener a un hombre a quien sólo gustaban las personas inteligentes e ingeniosas, una vez su deseo físico se había extinguido. Esto ocurrió antes de lo que podía esperarse al perder ella la salud. Al año de iniciarse el idilio, tuvo un niño que murió. Los médicos se hicieron un lío con ella; nunca dejó de perder sangre, se tornó achacosa y no hacía más que llorar y quejarse. El rey, que no podía sufrir a los enfermos, la mandó a un convento del cual era abadesa la hermana de la duquesita. No se llevó nada excepto una pieza de encaje veneciano, en recuerdo de sus pocos meses de gloria. El rey la visitaba cuando salía de caza por los alrededores; y cuando vió lo que había hecho, se dignó llorar. Al poco, murió ella en marzo de 1681, diciendo que abandonaba feliz este valle de lágrimas por haber visto al rey llorar arrepentido. Tenía 20 años.
Tal vez los rumores de envenenamientos llegaron hasta el convento, pues su hermana la abadesa, mandó exhumar su cadáver para practicarle una autopsia en presencia de 7 médicos: tenía el hígado enfermo y los pulmones en muy mal estado, pero los intestinos, el estómago y la matriz estaban perfectamente sanos. Los galenos dictaminaron que había fallecido de neumonía originada por la cuantiosa pérdida de sangre.

NOTAS

Enriqueta Ana de Inglaterra, Duquesa de Orléans (1644-1670). La cuñada del rey Luis XIV, falleció en extrañas circunstancias en 1670, después de beber una jarra de agua con chicórea tras bañarse en el Sena con sus damas. Faltó tiempo para que los rumores de su envenenamiento corrieran por las calles de la capital...

Nicolas Gabriel de La Reynie (1625-1709), Jefe y Teniente de Policía de París. Durante sus 30 años en el cargo, supo sanear una capital en la cual el crimen y el vicio reinaban a sus anchas. Fue él quien abrió la caja de Pandora al investigar los casos de envenenamiento cada vez más frecuentes...

Maria-Magdalena d'Aubray, Marquesa de Brinvilliers (1630-1676). Fue la primera víctima de las investigaciones de la Justicia en el asunto de los venenos.

Louis Le Tonnelier, Barón de Breteuil (1648-1728), fue uno de los jueces auxiliares del tribunal especial formado para investigar el asunto de los venenos, junto con el señor d'Ormesson. A raíz de sus brillantes servicios a la Corona, Luis XIV le nombraría Controlador General de las Finanzas del Reino, un cargo muy lucrativo y de mucho peso...

Françoise Athénaïs de Rochechouart de Mortemart, "Mademoiselle de Tonnay-Charente", Marquesa de Montespan (1641-1707). Hija de Gabriel de Rochechouart, 1er duque de Mortemart, y hermana del duque de Vivonne, pertenecía a uno de los más antiguos linajes galos. Casada con el marqués de Montespan, heredero de la ilustre Casa de Antin y pariente del mariscal-duque de Albret, la marquesa fue admitida como dama de honor de la reina Maria-Teresa de Austria y, poco después, en la cama de Luis XIV como sucesora en la sombra de la duquesa de La Vallière, entonces favorita oficial del Rey. Pero, aparte de su temible ascensión en la corte de Versalles, la marquesa se vió envuelta en el asunto de los venenos...

Príncipe Mauricio Eugenio de Saboya-Carignano, Conde de Soissons (1633-1673). Hijo del príncipe Francisco Tomás de Saboya-Carignano y de la princesa Margarita de Borbón-Soissons, Condesa de Soissons, fue tempranamente destinado a la carrera clerical pero, por decisión suya opta por abrazar la militar. Casado en 1657 con Olimpia Mancini, sobrina del cardenal Mazarino, el conde recibiría el grado de coronel-general de los Suizos y el gobierno militar de Champaña. Distinguiéndose en la batalla de las Dunas (1658), donde consigue derrotar a la infantería española, sobresale por su intrépida valentía y determinación durante la campaña de Flandes y en el Franco-Condado, al lado del rey Luis XIV. Sus gloriosos hechos de armas le valdrán su promoción como teniente general en 1672. Tras participar en el pasaje del Rhin, se disponía a reunirse con el ejército de Turenne cuando muere repentinamente en su cuartel general de Champaña en 1673. Los galenos, al examinar su cadáver, determinaron un posible envenenamiento sin que se aclararan las circunstancias... De Olimpia Mancini había tenido 8 hijos, uno de ellos siendo el célebre príncipe Eugenio de Saboya-Carignano, el general tránsfuga que pasaría al servicio de Austria.

François Henri de Montmorency-Bouteville, Duque de Luxemburgo y de Piney, Conde de Bouteville, Mariscal de Francia (1625-1695); su padre, célebre duelista, fue ajusticiado por el cardenal de Richelieu por haber desafiado la prohibición de batirse en duelo, batiéndose con el conde des Chapelles en plena calle y en hora punta. Pertenecía a una de las más antiguas y reverenciadas familias de la aristocracia francesa, muy ligada a los reyes desde la Edad Media. Gran general y siempre victorioso en la guerra, era apodado "el tapicero de Notre-Dame" tal era la cantidad de estandartes arrancados al enemigo en el curso de sus batallas, y que ofrecía siempre a la catedral de París...

Marie Angélique de Scorailles de Roussilles, Duquesa de Fontanges (1661-1681). Nacida en el castillo de Cropières, cerca de Raulhac en Auvernia, era hija del conde de Roussilles, teniente del rey para la provincia, y pertenecía a una de las más eminentes familias de la región. Su primo el barón de Peyre, teniente general del Languedoc, reparó en la extraordinaria belleza de la muchacha y la introdujo en la corte de Versailles el 17 de octubre de 1678, siendo admitida como dama de honor de la princesa Palatina, cuñada del rey y esposa del duque de Orléans. Luis XIV se enamoró de ella al poco de aparecer en la corte, manteniendo en secreto su amor hasta abril de 1679, provocando la ira de la marquesa de Montespan. A pesar de la "guerra de favoritas", Luis XIV la mostró públicamente como su nueva amante; el mismo año daba a luz un niño sietemesino que murió poco después. En abril de 1680 era obsequiada con el título de duquesa de Fontanges con 80.000 Libras de pensión anual. Mal repuesta de su embarazo, su salud se fue deteriorando paulatinamente con hemorragias cada vez más frecuentes, declarándose un mal pulmonar que degeneraría en pleuresía galopante, escupiendo sangre y pus. Moría la noche del 27 al 28 de junio de 1681 a la edad de 20 años... Extraños rumores de envenenamiento empezaron entonces a correr, acusando a la marquesa de Montespan, su gran rival y enemiga.

Jean Racine (1639-1699), este dramaturgo fue el autor de las más admiradas tragedias teatrales de la corte de Versailles, pero sus "conexiones" sospechosas con La Voisin levantaron rumores que hicieron peligrar su exitosa carrera...

Luis XIV, Rey de Francia y de Navarra (1638-1715); el monarca se vió salpicado por el asunto de los venenos hasta tal punto que, como víctima, sopesó las consecuencias negativas para su prestigio y decidió tapar el escándalo que amenazaba con cubrirle de ridículo...

El Príncipe Eugenio de Saboya-Carignano (1663-1736); el hijo de Olimpia Mancini, Condesa de Soissons, pagó las consecuencias derivadas de la huída de ésta al verse acusada de la muerte de su esposo. Tachado de insolente y sodomita, Luis XIV le negó la posibilidad de hacer carrera en el ejército, condenándole al más absoluto ostracismo...
Françoise Athénaïs de Rochechouart de Mortemart, Marquesa de Montespan, 1641-1707
Luis XIV, Rey de Francia y de Navarra , 1638-1715
Eugenio, Príncipe de Saboya-Carignano, 1663-1736
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